Crítica 'Ático sin ascensor'

'De senectute' en versión ligera

ÁTICO SIN ASCENSOR. Drama, EEUU, 2014, 92 min. Dirección: Richard Loncraine. Guión: Charlie Peters. Fotografía: Jonathan Freeman. Música: David Newman. Intérpretes: Morgan Freeman, Diane Keaton, Cynthia Nixon, Claire van der Boom, Korey Jackson, Carrie Preston, Sterling Jerins. 

Richard Loncraine es un buen artesano que ha realizado muy estimables biopics televisivos -La relación especial sobre Blair y Clinton, Amenaza de tormenta sobre el matrimonio Churchill- cuyo atractivo mayor son sus grandes repartos muy bien dirigidos: Michel Sheen y Dennis Quaid en la primera y los enormes Albert Finney y Vanessa Redgrave en la segunda. En cine también se ha caracterizado por los grandes repartos bien trabajados: Maggie Smith y Trevor Howard en El misionero; Ian McKellen, Anette Bening y Kristin Scott Thomas en Ricardo III; Harrison Ford, Paul Bettany y Virginia Madsen en Firewall. Viene este repertorio a cuento porque el mayor valor de Ático sin ascensor es la muy buena interpretación (como siempre) de Morgan Freeman y la buena interpretación de Diane Keaton, una actriz que sólo está bien en manos firmes que frenen su tendencia a las morisquetas. Loncraine filma con corrección esta historia sencilla para ponerla al servicio de sus dos intérpretes.

Freeman y Keaton son un matrimonio obligado a vender su hogar -no sólo su vivienda- porque es un ático sin ascensor y los años no pasan en balde. Hay quien habita con indiferencia casas y ciudades. Y hay quien tiene apego a su vivienda porque forma parte de su vida, porque esta la ha ido moldeando a lo largo del tiempo hasta convertirla en un juego de espejos en el que espacios, muebles, fotografías, cuadros o libros le devuelven su imagen a la vez que la preservan, viéndose tal como es, es decir, tal como ha sido y ha ido siendo a lo largo del tiempo, persistiendo en sus afectos y emociones. En esta película la casa es a la vez vivienda y hogar, algo extremadamente importante que puede ser hasta esencial cuando se van soltando otras amarras que ligan a la vida. Si al dolor y a la desubicación por dejarla se suma la impertinencia de los potenciales compradores que la visitan -la visión de la película sobre las jóvenes parejas es más bien pesimista- y las presiones de la agente para que compren otra casa, el trago se hace amargo. 

Este buen argumento, que por su concentración en tiempo y escenario podría ser una obra de teatro que recuerda a las de Neil Simon, pide buenas actuaciones. Freeman y Keaton se las dan con sensibilidad, sutileza, encanto y emoción. No es poco. Le sobran los flashbacks y, unida a ellos, la subtrama que pretende enlazar los prejuicios raciales de los 60 con una supuesta xenofobia post-11-S.

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