Crítica 'Un largo viaje'

Con dos sabores: buen melodrama y mediocre filme bélico

Un largo viaje. Drama, Australia, 2013, 116 min. Dirección: Jonathan Teplitzky. Guión: Frank Cottrell Boyce y Andy Paterson. Intérpretes: Colin Firth, Nicole Kidman, Jeremy Irvine, Stellan Skarsgard y Hiroyuki Sanada. Fotografía: Garry Phillips. Música: David Hirschfelder.

El tendido del ferrocarril entre Tailandia y Birmania -también llamado el ferrocarril de la muerte- fue uno de los muchos episodios negros protagonizados por Japón durante la Segunda Guerra Mundial. 60.000 prisioneros aliados y 180.000 civiles asiáticos trabajaron en él en condiciones de esclavitud, muriendo a causa de accidentes, malnutrición, enfermedades, torturas o ejecuciones 16.000 prisioneros y 90.000 civiles.

En 1952 Pierre Boulle dio una enorme popularidad a esta tragedia con su novela El puente sobreelrío Kwai. Cinco años más tarde David Lean la hizo inmortal. Y donde Lean ponga la mano, mejor abstenerse de ponerla. Las comparaciones son tan odiosas como inevitables. El río Kwai es un territorio tan cerrado de Lean como la vida real del coronel E. T. Lawrence o la ficticia del doctor Zhivago. Spielberg fracasó con El imperio del sol, un proyecto abandonado de Lean. Alistar Raid y la BBC convirtieron en serie el Nostromo de Conrad, durante cuya preproducción murió Lean, y salió una nadería. En cuanto a rodar lo por él rodado, me remito al churripuerco Doctor Zhivago que Giacomo Campiotti realizó como miniserie televisiva.

Un largo viaje no rompe la maldición Lean. El punto más fuerte de la película, su argumento basado en una sorprendente historia real, es dañado por un guión de Frank Cottrel Boyce (autor de la interesante conversión de El alcalde de Casterbridge de Hardy en El perdón de Winterbottom) y Andy Paterson (productor -también de esta película- que debuta como guionista). El daño lo producen sobre todo los mal resueltos saltos en el tiempo.

La esposa de un ex combatiente británico, que fue uno de los prisioneros obligados a trabajar en el ferrocarril de la muerte, intenta salvar a su marido de la progresiva locura en la que sus traumáticos recuerdos le van hundiendo. Todo cambia cuando descubre que su torturador vive. Los flashbacks que recrean la construcción del ferrocarril no están bien resueltos ni bien ensamblados con el presente. La sensación es la de estar viendo dos películas mal cosidas. Mantener la tensión en tres tramas extremas y paralelas (la tortura de los prisioneros esclavos, el matrimonio amenazado por los traumáticos recuerdos y la venganza de la víctima) requiere más fuerzas cinematográficas de las que Jonathan Teplitzky tiene. Todo lo empeoran algunas licencias oníricas: hay formas más sutiles de representar que el protagonista no puede escapar de su pasado que colocando a un soldado japonés en su dormitorio durante su noche de bodas o plantarlo -literalmente- en medio de un prado inglés.

La historia actual tiene tanta fuerza en sus dos partes (la de amor y sacrificio: el descubrimiento del infierno de recuerdos que enloquece al esposo y la lucha de su mujer por salvarlo; y la de venganza y redención: el encuentro entre Firth y su verdugo) que sobran las recreaciones del campo de prisioneros. Pero esto, supongo, se entendía como esencial para el espectáculo (la guerra) y el morbo (las torturas). Jonathan Teplitzky domina la parte ambientada en el presente como un buen melodrama que culmina en una tragedia de venganza y redención. Pero se muestra débil para recrear la guerra, agravando las torpezas del guión en sus juegos con el tiempo.

Muy bien un sobrio Colin Firth, pese a la desmesura a la que invita su atormentado personaje, y la siempre sorprendente Nicole Kidman, convincentemente reinventada como su comprensiva esposa. Solo correcto Jeremy Irvine como el joven Firth prisionero. Bien Hiroyuki Sanada (aunque las fotos reales, al final, demuestran que Firth y él son demasiado jóvenes para los papeles) como el torturador. Y soberbio, como siempre, Stellan Skasgard. Muy mal el uso (la paliza sin sonido y con coro) de una música tan excesiva como rutinaria.

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