Crítica de Cine

Las guerras perdidas

Pablo Rivero, en 'Neckan'. Pablo Rivero, en 'Neckan'.

Pablo Rivero, en 'Neckan'. / d. s.

Con el aval de Michel Gaztambide (guionista habitual de Enrique Urbizu) en sus créditos argumentales, aromas clásicos y producción modesta, Neckan nos traslada al Tetuán español de 1956 para proponerse como relato de aventuras, intrigas y búsqueda de identidad en los rescoldos de nuestro último periodo colonial, con la sombra del franquismo y la Guerra Civil planeando sobre una historia de desarraigo, mentiras y suplantación. Materiales a priori estimulantes e insólitos en nuestra filmografía a los que el asturiano Gonzalo Tapia (Lena) no consigue insuflar la suficiente expresividad cinematográfica como para que su propuesta no deje de parecer un correcto telefilme.

El protagonismo de Pablo Rivero, atenazado entre la dicción de escuela y el vestuario de percha, tal vez subraye la condición plana y demasiado limpia de la producción, que se adentra en los callejones y rincones de una Tetúan de postal nostálgica que no respira nunca la turbiedad y la autenticidad que sus materiales dramáticos y sus personajes de novela de espionaje (con especial atención al que interpreta Hermann Bonnin sin apenas salir de un café) podrían apuntar sobre el papel.

Demasiada luz, demasiada limpieza y demasiada verbalización explicativa de una pesquisa que esconde los ecos y secretos de la contienda fratricida, crímenes políticos, ajustes de cuentas, robo de niños, mentiras piadosas e incluso el apunte de un romance frustrado e imposible que nos permite al menos descubrir y enamorarnos un poco de Natalia Plasencia.

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