crítica de cine 'Nos vemos allá arriba' La guerra contada a los niños

Basada en la novela de Pierre Lamaitre ganadora del Goncourt 2013 y con hechuras de superproducción para el gran público, lo que le permitió llevarse hasta cinco premios César, Nos vemos allá arriba supone la sexta incursión en la dirección del también actor Albert Dupontel (Le vilain, 9 meses… de condena), que se asegura aquí bien las riendas y el sello de qualité de un gran relato-fábula sobre los horrores (físicos y morales) de la Primera Guerra Mundial protagonizado por él mismo y Nahuel Pérez Biscayart y su catálogo de máscaras anti-pánico, un relato sobre la amistad y la camaradería soldadesca, las complejas relaciones paterno-filiales y la denuncia de toda esa mezquina maquinaria de aprovechamiento del dolor que acompañó a la Gran Guerra.

Dupontel enseña pronto sus cartas de estilista enfático a la manera de un Jeunet (pienso en Largo domingo de noviazgo), filmando la batalla por todo lo alto y con abundancia de pirotecnia y efectos especiales. Lo suyo es dejar clara una potente impronta visual y una caligrafía de filigrana sobre unos materiales melodramáticos con apuntes de picaresca que tienden a una cierta simplificación en aras de la claridad del mensaje sobre la resistencia de los grandes valores en tiempos de crueldad y miseria moral.

Con todos estos elementos en liza, lanzada a una dinámica narrativa lineal y efectiva, Nos vemos allá arriba se sustancia en un relato a lo largo de los años en el que buenos y malos están claramente delimitados, a veces en el límite de la caricatura, en una historia de clandestinidad y juego de roles (niña incluida) que funciona como un cristalino alegato antibelicista y en la que tramas y peripecias parecen conducir irremediablemente a la redención y el reconocimiento de (todas) las víctimas y donde la tragedia queda acolchada por el canto a la amistad, la reconciliación, el amor y la oportunidad de un nuevo reinicio.