Crítica 'Caballo dinero'

La decencia del cine

caballo dinero. Fantasmas, Portugal, 2014, 104 min. Dirección y guión: Pedro Costa. Fotografía: Leonardo Simões. Intérpretes: Ventura, Vitalina Varela, Tito Furtado. 

Pasado ya su ciclo festivalero, el estreno comercial de Caballo dinero (cortesía de los valientes distribuidores de Númax) plantea no pocas cuestiones sobre la labor de la crítica, especialmente aquella que, como la que aquí hacemos, trabaja en las distancias cortas. Y es que es poco probable que quede ya algún cinéfilo militante que no haya visto la película de Costa o no haya leído las decenas de buenos textos y entrevistas publicados sobre ella desde su presentación, desde Lumière a Jot Down. Como también es poco probable que el espectador de a pie vaya a rendirse fácilmente a un filme que, en su singular y hermosa radicalidad, lejos de toda tendencia o estética a la moda, requiere una mirada y una atención para la que tal vez no esté preparado.

En esa coyuntura, al crítico local sólo le queda celebrar con entusiasmo el acontecimiento extraordinario del estreno y situarse en un lugar intermedio entre el prescriptor de turno y el especialista erudito, a saber, alentando a ese lector y espectador aún vírgenes a adentrarse en una película que, posiblemente, no se le parecerá a ninguna otra que haya visto en una sala: una película poblada de sombras y fantasmas que remite a un nuevo episodio (un episodio mental) en la vida de Ventura, heroico protagonista y cómplice de ese sendero emprendido en La habitación de Vanda y Juventud en marcha que ha recogido las esencias del lenguaje cinematográfico más primitivo y elocuente para traducirlo a una nueva y personal forma contemporánea, artesanal y precisa hasta la extenuación, con las accesibles herramientas del digital.

Caballo dinero es una película de fantasmas en la herencia terrorífica de Tourneur y los grandes cineastas del plano que entendieron la materia del cine como territorio de espectros y colisiones, como negro del que arrancar formas y figuras, como dimensión plástica donde situar los cuerpos temblorosos de esos nuevos olvidados sobre cuyo esfuerzo, sufrimiento y sacrificio se ha cimentado el bienestar de los espejismos fugaces.

Caballo dinero es, así, un filme-memoria, encabalgamiento libre de espacios cincelados en luz y sombra y atravesados por las capas del recuerdo colectivo, un filme-memoria que le devuelve el rostro, la voz y la palabra musical a los secundarios de la Historia (de Portugal, su herencia poscolonial y su Revolución contada a medias), inmigrantes caboverdianos que se reencuentran y cruzan en un abismado no-lugar de ultratumba para recordar sus heridas, sus separaciones, sus canciones y sus desamores. Ahí, en ese laberinto ignoto, el espectador podrá encontrar la barrera de la lógica, pero no podrá nunca, a poco que su sensibilidad esté alerta, obviar la belleza orgánica y tenebrista de unas imágenes y unos relatos desgarradores atravesados por la propia memoria material del cine (también de la fotografía: Jacob Riis), imágenes e historias que anudan el pasado y el futuro del cine, o mejor dicho, de lo que aún le queda a éste de decencia.

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