El niño que pudo ser rey | Crítica Los chavales de la Mesa Redonda

Vaya por delante un respeto a una película para el público juvenil capaz de citar en su título al mismísimo Kipling y una de sus obras magnas, llevada al cine por Huston en la no menos magistral El hombre que pudo reinar.

Y vaya por delante también la admiración incondicional por una manera artesanal y analógica de concebir el cine de aventuras con y para chavales aún no anestesiados o fritos por la tecnología y el fragmento corto, en un producto capaz de traer al presente británico y su crisis de identidad nacional las mismísimas leyendas artúricas (Excalibur, Merlín, Morgana…) para actualizarlas a través de un puñado colegiales empoderados de fantasía, compañerismo y ganas de superar complejos a golpe de determinación lúdica y sentido de la experiencia iniciática.

El segundo largo de Joe Cornish, que debutó con aquella simpática aventura adolescente de arrabal llamada Attack the block!, tiene mucho más de El secreto de la pirámide (1985) que de Stranger Things, o lo que es lo mismo, asume su condición extemporánea y su nostalgia por el (cine del) pasado sin demasiadas coartadas posmodernas ni necesidad de hacer guiños a espectadores poco curtidos.

El niño que pudo ser rey viaja así con paso firme, la candidez justa, sentido del ritmo y la narración por una Inglaterra contemporánea con las puertas abiertas a su pasado mítico y al subsuelo tenebroso donde se forjan las pesadillas reconstituyentes, un más que grato reencuentro con la aventura con guiños cultos como camino de entretenimiento, revelación y aprendizaje.