Maixabel | Crítica

Demasiadas palabras para el diálogo

Luis Tosar y Blanca Portillo, asesino y víctima en 'Maixabel'.

Reabierta de nuevo la veda cinematográfica y televisiva (Ane, Patria) para hablar de las víctimas de ETA y el dolor sembrado durante tantas décadas, Maixabel aborda el caso real del encuentro entre Maixabel Lasa y el asesino de su marido, el gobernador civil de Guipúzcoa Juan María Jáuregui, once años después del crimen en julio de 2000.

Todo en el filme de Icíar Bollaín se encamina y dirige hacia ese momento preciso, duelo actoral en la cumbre resuelto en plano-contraplano entre Blanca Portillo y Luis Tosar, grandes atractivos y principales valores de un filme desigual, previo paso rápido por el crimen, el juicio y los años en prisión del etarra contrito. Un camino bifurcado por el montaje entre ambos personajes, sus etapas y circunstancias, el de Maixabel marcado por la gestión del duelo en su entorno familiar e íntimo, siempre vigilado por los escoltas y cuestionado por la hija, el del terrorista en su paulatino amansamiento y alejamiento de la banda armada en la prisión y en la toma de conciencia sobre sus actos y consecuencias.

A pesar de que Paul Laverty ya no anda por aquí, lo que sin duda nos ahorra una buena dosis de maniqueísmo, el guion de Isa Campo y la propia Bollaín incide demasiado en su vertiente superficial, verbalizada y didáctica a la hora de contar la historia y exponer los temas de un filme que apuesta decididamente por la reconciliación y el diálogo fiel al credo del propio Jáuregui y su esposa. Un cine una vez más filmado con una excesiva literalidad ilustrativa e incapaz, salvo en contados momentos, de emancipar lo dicho del cómo se dice (se filma) y, por tanto, de adentrarse en lo que de irracional, inefable y complejo tiene un caso como éste. Y bueno, tampoco es que esos momentos, como el paseo en coche del etarra por los lugares del crimen con el sonido de los disparos y las bombas de fondo, sean precisamente muy sutiles.

Es Maixabel por tanto un filme de buenas intenciones, interpretaciones de premio y memoria viva para tiempos en calma, pero igualmente lastrado por ese mal endémico de cierto cine español, incapaz de encontrar soluciones de puesta en escena que, más allá de los rostros, los cuerpos y los gestos, distingan el trabajo radiofónico del cinematográfico, el dolor verdadero del decir lo mucho que le duele a uno.