Crítica 'The Master'

Paul Thomas Anderson es el maestro

The Master. Drama, EEUU, 2012, 144 min. Dirección y guión: Paul Thomas Anderson. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern. Fotografía: Mihai Malaimare Jr. Música: Jonny Greenwood.

En las películas verdaderamente grandes los argumentos son siempre pretextos, los guiones son soportes de discursos puramente visuales y los personajes o hechos reales aludidos o invocados son excusas. Las películas verdaderamente grandes siempre tratan únicamente de dos cosas: de su director y de nosotros, sus espectadores. O lo que es lo mismo: del arte llevado a sus límites conocidos para agrandarlos transgrediéndolos, de una parte; y de la vida que todos -el director y nosotros- vivimos, gozamos y padecemos, de otra.

¿De qué trata esta grandísima El maestro? ¿Del creador de la Iglesia de la Cienciología, encubierto bajo otro nombre para evitar querellas? ¿De la América de los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial? ¿De la ambición de un astuto embaucador y la angustiada estulticia de sus víctimas? ¿De la oscura, violenta y autodestructiva personalidad de un excombatiente alcoholizado que se integra en la secta? No. Estos son los pretextos que la ponen en marcha, los cimientos que la sostienen. ¿De qué trata, entonces? Exactamente no podría decirlo. O necesitaría un espacio mucho mayor que el de esta crítica. Y aún así dudo que lograra hacerlo. Por eso es una gran película. Otra obra maestra que se suma a la filmografía que Paul Thomas Anderson está construyendo como una suma de grandes (Boogie Nights) o magistrales (Magnolia, Pozos de ambición) películas.

Todo empieza en 1945 y termina en 1950. Todo empieza en el Pacífico en los últimos días de la guerra y termina en Londres. Y entre esos principios y esos finales, ¿qué hay, además de la ya referida expansión de la secta y la oscura relación entre el ambicioso maestro y el violento alcohólico? Hay el dolor de vivir, el miedo a morir, la rabia, el engaño, la ambición, la soledad. Hay formas distintas de huir de la vida: el sexo y el alcohol en el caso del personaje de Joaquin Phoenix; el poder, el dinero y la manipulación (y también el sexo y el alcohol, aunque bajo cierto control) en el del personaje de Philip Seymour Hoffman; el autoengaño de acogerse a una pseudociencia, un tramposo psicoanálisis y una degradada religiosidad en el de las víctimas/mecenas del maestro de la secta.

Los personajes existen como pararrayos que atraen los fogonazos de las pasiones y los miedos humanos. Todos los intérpretes logran que sus caracteres, ambiciones, miedos o tormentos se visualicen gestualmente sin necesidad de verbalizarlos. En la cumbre un Philip Seymour Hoffmann complejo, oscuro e inmenso. Y por encima de él, en la estratosfera de la interpretación, un Joaquin Phoenix que parece haber nacido para interpretar este papel, por completo reinventado como actor por P. T. Anderson. El cuerpo expresa su derrota, el rostro su drama. La disociación entre ambos; el gesto es siempre de rabia, de furia y de odio, mientras que el cuerpo se mueve como una marioneta sin hilos, un zombi o un herido de muerte al que le van faltando las fuerzas. En los muchos primeros planos -de una infrecuente intensidad dreyeriana o eisensteiana- el rostro de Phoenix parece esculpido o pintado por Miguel Ángel, como si fuera el de uno de los condenados del Juicio Final de la Sixtina. Y no exagero. 

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