Godzilla: rey de los monstruos | Crítica La perdida inocencia de los monstruos

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

Sólo mi generación está autorizada para juzgar las películas de monstruos más o menos prehistóricos, sobre todo las de Godzilla. Porque teníamos entre 5 y 14 años durante la década prodigiosa en que la productora japonesa Toho inició su ciclo de monstruos con Godzilla. Japón bajo el terror del monstruo en 1954, a la que siguieron El rey de los monstruos (1955), Los hijos del volcán (1956), Varan el increíble (1958), Mothra (1961), King Kong contra Godzilla (1962) o Godzilla contra los monstruos (1964).

Sin olvidar que a esa década pertenecen también las mejores creaciones monstruosas de Ray Harryhausen y otras apariciones antediluvianas memorables como las de El mundo perdido de Irwin Allen (1960) o La bestia de tiempos remotos (1953) y Gorgo (1961) de Eugene Lourie. Así pues desde la autoridad en monstruología que da haber crecido con estas criaturas de la Toho, de Harryhausen, de Allen o de Lourie, se le puede conceder sólo un aprobado a esta carísima megasuperproducción que intenta lograr con dinero, muchísimo dinero, lo que las otras -no sólo las japonesas- lograban con artesanal imaginación.

Todas las nuevas irrupciones americanas de Godzilla, desde la dirigida por Roland Emmerich en 1998 a la de Gareth Edwards en 2014 y esta de Michael Dougherty (realizador de escuálida filmografía: Truco o trato: terror en Halloween y Krampus: maldita Navidad), pecan de esta misma obsesión por rellenar con dinero los vacíos de la imaginación artesanal.

Las películas de los años 50 eran bastante malas y muy toscas técnicamente; pero tenían ese encanto artesanal y, sobre todo, hacían soñar. La pantalla ponía un 50% y el espectador el otro 50: si era un niño completaba con su imaginación lo que faltaba o arreglaba lo que fallaba en la pantalla, y después las rehacía una y otra vez jugando con monstruos de plástico en su casa; si era un adolescente, interactuaba con rechifla en los cines de verano o de reestreno.

Al crecer, estas películas adquirieron la cálida importancia que tiene todo lo referido a los momentos felices de la infancia. Fue mi generación la que las convirtió en películas de culto y les buscó orígenes nobles hurgando en el árbol genealógico de los monstruos de cine hasta llegar al venerable Willis O'Brien y su estupenda El mundo perdido de 1925 o su magistral King Kong de 1933 que creó bajo la dirección de Merian C. Cooper -posterior productor de los mejores westerns de John Ford, incluyendo la trilogía de la caballería y Centauros del desierto- y de Ernest B. Schoedsack.

Otra imagen de esta nueva versión hollywoodiense del monstruo japonés. Otra imagen de esta nueva versión hollywoodiense del monstruo japonés.

Otra imagen de esta nueva versión hollywoodiense del monstruo japonés. / D. S.

Echar dinero a paletadas sin poner igual cantidad de imaginación y creatividad ha arruinado todos los Godzillas hollywoodienses. Spielberg logró una obra maestra dinosaúrica en Parque Jurásico porque inversión, técnica y creatividad estaban a la par. En los tres Godzillas sólo hay pasta. Y un gigantismo desquiciado (aunque hay que reconocer que las dos últimas son mejores que la de Emmerich). Se agradece que en esta ocasión junto a Godzilla, como sucedía en la larguísima serie de películas japonesas que nunca dejaron de rodarse, aparezcan otros monstruos clásicos nipones como Rodan (que debutó en Los hijos del volcán, mi favorita de los años 50), Mothra y King Ghidorah (también presentes en muchas entregas japonesas).

En este sentido este es el más fiel de los tres Godzillas hollywoodienses a los antiguos originales japoneses. El universo es de los monstruos que luchan alternando sus superpoderes con mañanas de artes marciales o de sumo. Los humanos casi no existen. El guión es menos que un pretexto (aunque en el fondo de las películas latieran traumas post-bélicos y post-atómicos).

Hasta aquí bien, porque no es cosa de ponerse trascendente. Pero le falta la inocencia artesanal (llámenla imperfección técnica o limitación presupuestaria si quieren) y no la sustituye -como inteligentemente sí hizo la estupenda Kong: la isla de la calavera- por el humor un punto gamberro (como si, no pudiendo ya apelarse a la mirada inocente de los niños de los años 50, se apelara a la guasa de los adolescentes que veían aquellas películas). Hubiera sido el mejor camino para esta evocación de las viejas concentraciones de monstruos.

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