Crítica 'el callejón'

Generación 'Giallo' 2.0

El callejón. Terror-giallo, España-Colombia, 2012, 75 min. Dirección y guión: Antonio Trashorras. Fotografía: Javier Salmones. Música: Alfons Conde. Intérpretes: Ana de Armas, Diego Cadavid, Leonor Varela.

Anecdótico o no, algo parece estar mutando en las referencias cinéfilas de cierto cine español. Cintas como Diamond Flash, de Carlos Vermut, El cuerpo, de Oriol Paulo, algunos títulos del proyecto #littlesecretfilm como Piccolo Grande Amore, de Jordi Costa, y Undo infinito, de Álex Mendíbil, y ahora El callejón, debut en el largometraje del ex crítico y productor televisivo Antonio Trashorras, parecen tener muy clara su deuda con el Giallo italiano de los Argento, Bava, Fulci y compañía y también con cierto cine del exceso ochentero (pienso en Brian de Palma) a la hora de afrontar sus respectivos homenajes cinéfilos que han desterrado el habitual realismo ramplón made in Spain para abrazar sin complejos (aunque con sus limitaciones) las formas, los tonos, sonidos y argumentos del cine fantástico y de terror europeo de serie B.

Así, El callejón, coproducción hispanocolombiana, se pertrecha con cierta inteligencia conceptual en un único escenario (una siniestra lavandería) para desplegar su paleta de colores saturados, neones, ángulos aberrantes, pantallas partidas, ojos en primer plano, músicas susurrantes, efectos sonoros y demás señas juguetonas del subgénero para lanzarse a una celebración del estilo y las formas que hace de la necesidad virtud y del mixtolobo genérico (añadan una coda vampírica) toda una declaración de intenciones sobre el potencial del lenguaje cinematográfico para materializar delirios y pesadillas.

Podrá objetársele a Trashorras que en su lisérgico ejercicio de estilo descuide la escritura, no le ponga al asunto un poco más de humor (más aún tratándose de un chanante en la sombra) o descuide a sus actores, más allá del esplendor natural de Ana de Armas. Ahora bien, El callejón tiene a su favor un desparpajo y una generosidad barroca muy fuera de lo común en nuestro cine, una capacidad de abstracción (convertir Benidorm en escenario fantasma es todo un hallazgo) y un sentido de la forma que la convierten no sólo en una rareza sino en toda una gozosa experiencia sensorial que posiblemente vaya a pasar desapercibida en pleno repliegue de la marea pos Goya. Y no lo merece. Y ahora, a esperar que algún distribuidor valiente estrene en España Berberian Sound Studio, que esa sí que es la buena.

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