En los 90 | Crítica La escuela de la calle

Para su primera película detrás de las cámaras, el actor Jonah Hill regresa a los años noventa para sumarse a una de las familias más reconocibles del indie norteamericano, a saber, a esa escuela de la calle, el barrio suburbial y las infancias difíciles o marginales del cine de Gus Van Sant, Larry Clark o Harmony Korine.

Hill encuentra en esa filiación el camino y la estética vintage (1:33, colores desaturados, una excelente banda sonora de pop-rock de la época) para una historia con mimbres autobiográficos y generacionales que tiene una proyección universal en el retrato del coming of age de un chaval de los barrios multiculturales de Los Ángeles a través de cuya mirada cándida y transparente, préstamo impagable de Sunny Suljic, asistimos a un relato de iniciación marcado por esa clásica dialéctica entre el hogar disfuncional (una madre joven e inmadura, un hermano mayor maltratador y frustrado) y las aceras del juego, la dinámica de las pandillas, el skate y el coqueteo con lo prohibido como escuela de vida alternativa.

En los 90 transita así por terreno conocido con una pasmosa solidez naturalista, bañada en la luz del verano y con un cariño infinito por sus criaturas, entre el humor extraído de la observación de los pequeños detalles, unos diálogos estupendos y el asomo de la violencia y la amenaza de muerte. Hill se mueve con soltura y fluidez por ambos mundos, siempre fiel a ese universo y a sus personajes contradictorios, chavales inseguros y confusos que pasan por rituales que todos podemos reconocer aunque no hayamos tocado un patinete en nuestra vida.

En su aparente pequeñez indie de prestado, En los 90 se revela como una hermosa y honesta película de debut que sabe bien quiénes son sus padres y que sabe aún mejor quiénes y cómo son esos niños, esos chavales que no quieren volver a casa, esos jóvenes en busca de una identidad entre golpes y pequeños destellos de felicidad.