Crónicas del retornado

El retornado y las Américas

El martes de esta semana que finaliza celebraba España su fiesta nacional, celebración que se produce en muchos otros países. Es curioso que la principal actividad en tal efemérides consista en un desfile militar, ocasión que aprovechan los verdaderos patriotas para insultar al presidente de Gobierno de esa Patria, llamada España. Otra peculiaridad de la fiesta es que la celebración se efectúa exclusivamente a un nivel institucional, porque lo que es los ciudadanos de a pie se limitan a irse de puente, como ha coincidido este año, y no se les da un ardite de la importante fecha en sí. Solamente hay fiesta familiar en el caso de que haya alguien de la familia que se llame Pilar.

La fiesta conmemora lo que se suele llamar “descubrimiento de América” y antes se llamaba “Día de la Hispanidad”. Sucedió que unos aventureros españoles guiados por un genovés fantasioso patrocinado por la monarquía española toparon casualmente con un enorme continente, que nadie sabía que estaba allí. Iban a buscar especias, pero, lo que son las cosas, lo que encontraron fueron metales preciosos, oro y plata en concreto. Procedieron entonces a hacer lo que han hecho todos los conquistadores desde que el mundo es mundo: saquear, sojuzgar a los naturales e imponer su cultura y su religión.

Ya sé que estoy simplificando y que toda simplificación conduce inexorablemente al error. Admitido. Añadiré que gracias a aquel casual encuentro ahora me estoy fumando un cigarrillo y a su hora me comeré unas patatas y unos tomates. Y algo mucho más importante: cada vez que he cruzado el Atlántico he podido entenderme a la perfección con las personas en una lengua muy hermosa a la que se puede llamar castellano o español.

Y, como cada uno habla de la feria según le va en ella, debo afirmar que mi relación con la América Latina ha sido magnífica, me gusta ese mundo desde el Norte de México hasta la Patagonia.

Y eso que el primer encuentro fue más bien un encontronazo, porque acaeció en Panamá, justo cuando la invasión de este país por los Estados Unidos de América en 1989. Yo había ido a un congreso, del que me olvidé inmediatamente para ponerme a averiguar en lo posible qué diantres estaba pasando allí, para lo que conté con la ayuda de un taxista muy lanzado que me mostró lo que quedaba de “El Chorrillo” arrasado por las bombas, el agujero que había hecho un misil de lo que fuera la emisora de radio y unas cuantas barbaridades más. Había por todas partes soldados gringos armados hasta los dientes, los mismos que la víspera se habían cargado a un fotógrafo español: Juantxu Rodríguez. Procuré contar todo aquello en el periódico en que escribía por aquellas fechas.

Otros viajes a América resultaron mucho menos traumáticos y de ellos la principal conclusión que pude extraer es el concepto “las Américas”, porque son muchas, tantas como países ocupan el Continente. Sin salir de América Central comprobaremos cuán diferentes entre sí son países muy próximos: El Salvador nada tiene que ver con Costa Rica, ni Costa Rica con Honduras, ni Honduras con Nicaragua. Ya no te digo nada si avanzamos hacia el Caribe, nos movemos hacia Los Andes o nos adentramos en el Cono Sur.

Sólo algunas cosas en común, que a mi me fascinan: por ejemplo, la extraordinaria vitalidad de las gentes y lo bien que habla todo el mundo. Y no hablo de profesores ni de políticos, sino de campesinos, camareros, obreros de fábrica o señoras amas de casa. Emplean un léxico y una gramática de enorme riqueza y gritan mucho menos que nosotros.

En cualquier país de América latina me he sentido muy cómodo y, desde luego, nunca he experimentado el sentimiento de soledad, porque casi todo el mundo me ha parecido amable y acogedor. Hasta el extremo a veces. Por seguir con las anécdotas hospitalarias, nunca voy a olvidar el desayuno cochabambés con que me obsequió un intelectual boliviano: caldo de nervio (imaginen qué nervio), caldo de riñones, todo regado con dos cervezas negras a las seis y media de la mañana. Mejor no imaginen lo que pasó cuando tuve que pronunciar seguidamente una conferencia ante numeroso auditorio.

En Paraguay las señoras del Mercado 4 de Asunción me invitaron a “tereré” y yo les correspondí con unos extensos reportajes sobre la llamada “economía informal”. Estas señoras llenas de dignidad y simpatía estaban sindicadas.

En Brasil fui objeto de igual hospitalidad y fui testigo de un congreso de la CUT, el sindicato de Lula da Silva, a quien conocí allí. La sala del congreso era importante, pero más lo era el entorno de guitarras, caipiriñas y demás. Por cierto: en un determinado momento el escenario fue invadido y allí se cruzaron más que palabras. Luego todo siguió como si tal cosa. ¿Barbarie? Creo que no, la vitalidad a la que antes me refería.

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