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Crónicas del retornado

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Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como dice don Sebastián en “La Verbena de la Paloma”. Los abuelos de mi generación nos damos cuenta de ello con desconcierto y algo de envidia. Mi nieto Álvaro hubo de desplegar una paciencia de santo para explicarme cómo se jugaba en la “tablet”, lo que consiguió a duras penas. Lo malo es que este tipo de cosas me ocurre cada vez con más frecuencia.

Cuando uno jugaba de niño lo hacía por temporadas: la del trompo, la de las canicas, la de rayuela, la de las chapas, y así consecutivamente. La fija, fija era la del balón, normalmente de fútbol, que practicábamos ora en un solar, ora en mitad de la calle, por la que discurrían muy contados automóviles. Como juegos de mesa, el parchís y la oca eran reyes y se practicaban normalmente en la mesa camilla, ese mueble casi extinto. Cuando salieron los “juegos reunidos” aquello fue todo un acontecimiento y no te digo nada cuando mi padre trajo a casa el proyector “Nic”, que funcionaba a manivela con películas de papel engrasado. Los niños más sabihondos y repipis pasamos del parchís a las damas y al ajedrez, pero eso no era lo normal.

Yo no padezco la menor nostalgia, nunca pensé que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque en mi más remoto tiempo pasado se comía bastante peor que ahora y los pantalones que usábamos solían proceder de unos de nuestro padre vueltos y apañados por el sastre del barrio. Lo que fueron los años del bloqueo, con sus cartillas de racionamiento y las colas para todo. Un regalo autosuficiente de Su Excelencia el Generalísimo.

En estas fechas asisto a la impartición de clases a distancia por los abnegados profesores, que están trabajando más que con las clases presenciales. Pues cuando uno iba a la escuela le tocó saludar con júbilo al bolígrafo “Bic”, sustituto de la plumilla, traidor artefacto que se complacía en arrojar borrones de tinta sobre la redacción o el dictado. Otro ser abominable era el lápiz de tinta, que había que chupar para que escribiese, con resultado de labios y dedos morados.

Mis primeros libros los escribí a mano y, más tarde, a máquina. En la editorial había unas señoritas mecanógrafas que pasaban laboriosamente nuestros escritos. Al periódico (Diario 16 entonces) le llevaba los artículos personalmente o, en el mejor de los casos, me enviaban un chico motorizado a recogerlos. Cuando le sugerimos al director que nos proporcionase un fax a los columnistas y afines, casi le da un ataque de la risa. Todo lo que uno iba escribiendo ocupaba archivadores y archivadores de cartón. Una pesadez.

Como uno no ha perdido del todo la capacidad de asombro, se queda atónito cada vez que constata que toda su producción literaria cabe perfectamente en un chisme pequeñajo, que se enchufa al ordenador y que, para mandar un artículo a Diario de Cádiz, no hay más que adjuntarlo como archivo al correo electrónico. Siento que haya personas que no gocen de la adecuada ingenuidad y que no se maravillen cada día con estas cosas. Están hechos a que los aviones vuelen, pese a ser unos pajarracos metálicos y a que la televisión nos ofrezca imágenes de lugares remotos. Ellos se lo pierden.

Nosotros somos la generación que vio aparecer el primer televisor en casa cuando ya era un mozalbete bien crecido, porque antes nos apañábamos con la radio para escuchar “Diego Valor”, “Dos hombres buenos” y los chistes de Gila. Y lo del móvil, ni soñarlo. Tampoco había teléfono normal en todas las casas; pero, como en la mía sí que teníamos, bastantes vecinos y, sobre todo, vecinas, le pedían a mi madre que les permitiese utilizarlo para poner una conferencia a su hija de Huelva. La demora en el establecimiento de línea daba tiempo y ocasión para comentar las cosas del vecindario. Esas dificultades comunicativas acarreaban problemas de vez en cuando.  A mi me los provocó la telefonista de Marcilla, que era la hermana del secretario del Ayuntamiento, y tenía la costumbre inveterada de escuchar desde su centralita todas las conversaciones. Fue por un asunto de novias, si no recuerdo mal, y me puso en un grave aprieto.

Lo del progreso tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y, si no, que se lo digan a Galileo Galilei, que tuvo que retractarse para no acabar convertido en chicharrón por un exceso de celo del santo Oficio.

Por eso me parece mal que la gente se escandalice cuando ve a los chavales enganchados a sus artefactos telemáticos, porque a  lo mejor es pura envidia o incomprensión. Todo se irá encajando en su justo lugar, supongo yo, y hasta llegará (va llegando) la compatibilidad entre la consola de juegos y el balón de fútbol.

Un poco de optimismo y de paciencia, damas y caballeros, que buena falta nos va haciendo.

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