Laurel y rosas

Los "Apuntes de Chiclana" de Díaz de la Torre

José Luis Díaz de la Torre (Madrid, 1953) ha creado un extraordinario libro donde refleja una visión particular y emotiva de Chiclana. La de un paseante que mira siempre con ojos de artista –y encuadres muy personales– la ciudad en la que lleva ya residiendo 42 años. La calle del Arco, Francisco Ignacio y sus buganvillas, Ánimas, Plaza del Obispo, las casuarinas en la calle Goya, las macrocarpas del Mayorazgo, el parque de Santa Ana con la ermita surgiendo entre el verde. En este sentido, estos “Apuntes de Chiclana” (La Gata Editorial) reflejan una Chiclana única que emerge en cuarenta bocetos, croquis, en los que Díaz de la Torre plasma con inmediatez y resolución su singular punto de vista. “Lo he hecho con mucho cariño. Es mi personal homenaje a la ciudad donde vivo desde 1977, cuando vine a incorporarme como catedrático de Dibujo al Tuto, al Instituto Poeta García Gutiérrez”, explica. “Personal porque no he pretendido –prosigue– hacer una relación de monumentos o vistas típica, y tópicas, no está por ejemplo la Iglesia Mayor, sino que responde a un criterio más espontáneo. He pintado con lo que me apetecía”.

La plaza Patiño, las calles Larga, García Gutiérrez, Cabezo, Arquillo del Reloj, la ermita de Santa Ana desde la Huerta del Rosario, el mercadillo de los domingos frente a San Telmo, el jardín del Museo Paquiro, el parque del Retortillo, la Cañada de los Marchantes. La mirada siempre es peculiar, paciente, nostálgica a veces, sorprendente siempre, en la que, pese a la rapidez del trazo, el artista aprecia el detalle de una reja, un vecino que cruza, fachadas en las que no nos habíamos detenido en Carmen Picazo, Constitución, Larga, Fierro o Francisco Ignacio. “Son apuntes realistas siempre, unos más y otros menos matizados por la imaginación y la libertad expresiva”, afirma Díaz de la Torre. Y así es. Este ramillete de bocetos, en cualquier caso, también contiene esa ciudad que todos compartimos, que todos amamos, que todos sentimos nuestra. Sin embargo, Díaz de la Torre, además la piensa, con el trazo medita sobre ella y nos invita a que reflexionemos: “Chiclana tiene muchos paisajes, muchos rincones, muchas fachadas que mostrar, por ejemplo, y que al artista sí que le apetece pintar. No todos los sitios, no todas las calles, evidentemente, pero muchos, sí. La marisma, por ejemplo, yo he pintado mucha marisma”.

El coto de la Isleta, la salina de Carboneros, la Torre del Puerco, Sancti Petri, el castillo, La Barrosa, el Paseo Marítimo, bañistas en la playa, turistas frente al monumento de Pepe Marín de Mariano Roldán en la Gran Plaza, la “Venus al Sol” de José Hermida en el Puente Azul, el Puente Chico con el levante desatado, el “skyline” de la ciudad desde el Puente de la Concordia. “Son dos meses de trabajo, algunos apuntes me han llevado una hora, otros tres. Todos los he dibujado sobre un bloc pequeño, de 14 por 21 centímetros”, reconoce el pintor. Son las limitaciones de tiempo y tamaño que se ha fijado Díaz de la Torre para que las estampas no pierdan la frescura del apunte. “Se trata de crear apresuradas y sintéticas visiones anticipadas a la que espera luego desembocar en obra definitiva. Pero en muchas ocasiones el apunte se revela, inesperadamente, y… desde su modestia, como esa obra final o definitiva”, reconoce. Inevitablemente es así. Como también que, más allá del amor a Chiclana, en estos croquis anida también un ejercicio de amor a la practica del dibujo y la pintura.

Esta Chiclana sobre la que José Luis Díaz de la Torre vuelca su arte y su atenta mirada está trazada al óleo, a lápiz, a tinta china con caña de bambú, a lápices de colores, a acuarela, a gouache, a grafito, a rotulador… “Me permito emplear las técnicas con entera libertad, según cada apunte me pida. Sé que las combino de manera muchas veces heterodoxa y poco académica. Libertades que por otra parte que hacen posible el hallazgo y la espontaneidad”, manifiesta. No solo en esta diversidad está volcada la pasión por el arte, sino también en un preciso –y precioso– ejercicio teórico por el que cada apunte de Chiclana se completa con una cita sobre la técnica elegida, el ejercicio del dibujo, la pintura o el cómic de Miguel Ángel, Goethe, Dalí, Van Gogh, Leonardo, Alejandro Dumas hijo, Rembrandt, Álvaro Siza, Picasso, John Berger…

“Muchas maneras y técnicas del dibujante de cómic se revelan eficaces en la renovación actual del apunte…”, dice José Luis a propósito, por ejemplo, de una vista del Arquillo desde la calle Cabezo con tinta china sepia, grafito acuarelable y óleo. Pero en esa Chiclana también camina la admiración de Díaz de la Torre por Edward Hopper y Antonio López. Como, del mismo modo, mientras que uno va pasando páginas vienen instantáneamente a la memoria algunas de las numerosísimas obras, ya emblemáticas, del propio Díaz de la Torre que habitan en edificios públicos, sucursales bancarias, empresas o domicilios particulares de Chiclana. A través de ellas –como lo hace en estos “Apuntes– habita su íntima relación con la ciudad. Y la que la ciudad tiene con él, con su pintor.

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