Crónicas del retornado

En espera

No es cierto eso de “el que espera, desespera”. Precisamente lo que no tenemos que hacer es desesperarnos, aunque sea recurriendo a enseñanzas de sabios orientales o al admirable ejemplo de los ascetas cristianos más cualificados. Por ejemplo, Khalil Gibrán dice que “por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.” Y así debe de ser. Y es que en España y en Chiclana siempre andamos esperando algo. También en el Universo Mundo.

Ya no voy a molestarme en hablar de la larga espera electoral, que más se parece a un túnel sin salida cierta. La única ventaja que le veo es que mantiene ocupados a los amigos periodistas, y no te digo nada de los tertulianos. Un tertuliano es lo más parecido a uno de esos derviches giróvagos que se ganan la bienaventuranza dando vueltas y vueltas en torno a un mismo punto sin detenerse ni para echar un pitillo o para tomarse un cafelito. De hecho, he llegado a pensar que esos individuos e individuas han resuelto el viejo problema del movimiento continuo. Auténticos campeones del tedio, me ahorran una pasta en “dormidina”. Sin ellos, una siesta no sería una verdadera siesta.

Personalmente, espero que al pájaro de Donald Trump le caiga un trumpazo de los gordos, que les salga a los demócratas lo del empichamiento y que se vaya a hacer gárgaras con tachuelas con receta de urgencia. De momento, yo acabo de irme a comprar un bote de aceitunas negras, un litro de aceite de oliva, cuarto de jamón de bellota y otro cuarto de payoyo. ¡Mira que tomarla con unas cosas tan ricas! Y por un puñado de votos. Los salvajes aranceles que este bellaco quiere imponer a todo bicho viviente son una evidente muestra de su ignorancia sobre lo que es la economía global y espero que le salga el tiro por la culata y se pase el resto de su vida alimentándose de hamburguesas y de manteca de cacahuetes. Seguro que, si los norteamericanos consiguen sacárselo de encima, en Guatemala y en México estarán esperándole con los brazos abiertos.

También, y eso afecta en especial a nuestros amigos del Campo de Gibraltar, esperamos a ver qué diantres pasa con el Brexit del hermanito gemelo de Trump, don Boris Johnson. ¿Piensa mi amigo chiclanero que eso no nos afecta a nosotros. Pues, para empezar, nos sacude de lleno en el turismo, que es de lo que vivimos básicamente en este pueblo, ¿Y nuestros convecinos británicos? Porque se habla mucho del efecto mariposa, formulado siglos ha por los sabios chinos: “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. El proverbio lo actualizó y puso de moda Edward Lorenz, asociándolo con eso de la teoría del caos, que han intentado explicarme, sin éxito, bastantes amigos. Pero, ¿qué me dicen del “efecto mentecato”? Si un mentecato menea en su pueblo la neurona que tiene menos averiada, se desata una tempestad de mil pares de narices en todas las economías del mundo y la onda expansiva rebota con muy mala leche en El Colorado, sin ir más lejos.

Pues a esperar qué deciden los británicos, si es que les dan lugar a ellos, y a ver qué piensan del asunto los irlandeses y los escoceses. De momento seguiremos disfrutando de la “Guinnes” y del scotch; no hay que ponerse nerviosos.

Claro que en eso de esperar aquí estamos más que acostumbrados. Por suerte en Chiclana perduran restos de nuestro sentido del cachondeo y vamos tirando. Es que si no, lo de esperar al tranvía nos iba a tener muy cabreados todo el tiempo. Pero, cuando pasamos con algún amigo por los restos fósiles de la famosa catenaria, solemos soltar alguna broma tonta y no nos molestamos en enfadarnos. ¿Para qué? También se especula superficialmente sobre las responsabilidades de cada administración y cada gestor privado, y siempre se concluye con la socorrida frase: “entre todos la mataron…” “¿Quién mató al Comendador…?

Algo parecido sucedió con lo del Centro de Salud de los Gallos, ente médico – fantasmagórico que ha ocupado los comentarios de la población y de los medios locales durante años. Ahora parece que está funcionando; no con toda la eficacia que debiera, pero funciona. ¿Ven por qué no había que desesperar? La impaciencia es muy mala para el hígado, para el colesterol y para la paz familiar, que se lo digo yo.

En cambio el optimismo es saludable y positivo. Si no, fíjense ustedes en las declaraciones de los políticos de cualquier nivel. Todo va a pedir de boca, todo se va resolviendo, aunque queden algunos pequeños cabos por atar. Parece que cobran cada día más vigencia las opiniones del volteriano doctor Pangloss: “todo marcha a lo mejor en el mejor de los mundos posibles”.

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