Crónicas del retornado

Nos inventamos

"…Y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.” (Pedro Calderón de la Barca)

Pues andaba el retornado estos días leyendo “La Invención de España”, un libro de Henry Kamen, celebrado por unos y denostado por otros. Creo que este señor británico nacido en Birmania tiene toda la razón; otra cosa es que guste la idea a todo el mundo. Particularmente disgustará a quienes tengan una visión épica, heroica, o cosa semejante de nuestra querida Patria. Vamos, los de la Formación del Espíritu Nacional.

Sin embargo, me veo obligado a puntualizar algunas ideas, tanto de Kamen, como de Calderón. En realidad todos sueñan, o soñamos, precisamente aquello que no somos, porque lo contrario resultaría muy aburrido y nada imaginativo; así que lo siento, Don Pedro. Y la España imaginaria es, qué duda cabe, una patraña tendenciosa, pero me consta que hay un montón de personas que sufrirían mucho si les privasen de ella. Por ejemplo los naturales de Numancia, los modernos numantinos. El Club Deportivo Numancia marcó un hito en la historia del fútbol español, y eso no me lo puede negar nadie, cuando la copa de 1996. Mi añorado amigo  Quintín Cabrera, siempre tras lo fantástico o imposible, lucía la bufanda del club en sus recitales, y eso que él era uruguayo. Algunos mitos nacionales, como los de Don Pelayo o Viriato pastor lusitano, mantienen en un cierto estado de optimismo a algunos compatriotas nuestros, lo que no es moco de pavo. Lástima que la invasión institucional eche a perder lo del monarca (¿?) astur.  Mi me pareció bastante grotesca la epifanía de la pequeña Princesa de Asturias en compañía de sus papás y su hermanita en Covadonga, por ejemplo.

En Chiclana también nos inventamos y eso no me parece mal. La Batalla de la Barrosa, o Batalla de Chiclana, es una de las ensoñaciones locales de más raigambre; incluso existe una asociación local consagrada a ella. El caso es que nuestra Ciudad no tuvo especial protagonismo en la batalla; se limitó a prestar su término municipal, entonces aún no demarcado, para que españoles, ingleses y franceses se zurrasen la badana con resultado de empate técnico. Acabada la contienda, los gabachos se volvieron a Chiclana tan campantes y ahí se quedaron un buen rato. Pero, ¿qué sería de nosotros sin aquella ensoñación bélica? Es bueno que los pueblos y las personas disfruten de sus propias invenciones, porque la pedestre realidad suele ser poco alentadora.

No debemos olvidar que nuestro personaje literario más importante: Don Quijote de la Mancha,  no es sino el sueño de Alonso Quijano el Bueno, que se atrevió a soñar precisamente lo que él no era; incluso logró contagiar al buen Sancho, que increíblemente sí vio cuajada su propia invención cuando gobernó la Ínsula Barataria. ¿Qué la ínsula no fue más que una broma pesada de los Duques? ¡Y qué más da! Si Sancho y su amo pensaron que era ínsula, ínsula fue, y la Dueña Trifaldi, Dueña Trifaldi. También Aldonza Lorenzo fue Dulcinea, en tanto que el caballero de la triste figura la imaginó Dulcinea. Lope de Vega se inventó su linaje y Valle Inclán se montó su propia leyenda.

Yo tuve una vez un alumno francamente malo como tal. Se llamaba Cristóbal y debía de andar por el tercer curso del Bachillerato antiguo, por aquello de las repeticiones. Cristóbal siempre había soñado con ser un vaquero del Far West y casi lo consigue; porque su madre, que le amaba apasionadamente y tampoco era de muchas luces, le confeccionó un atuendo completo de cowboyy le regaló dos pistolones de juguete. De tal guisa tomó el chico el autobús de línea de Marcilla, su pueblo, a Pamplona y se dedicó a pasear por las calles la mar de contento. El hecho de que nadie se fijara en su transfiguración y le tomasen por un chico normal jugando, no quita para que él hubiera logrado su sueño, me parece a mi.

Me contaron que el propietario y trabajador único de un taller de bicicletas local, viendo cruzar el cielo un potente avión a reacción, comentaba: “hay que ver las cosas que hacemos los mecánicos…” Una anécdota preciosa.

Las invenciones de don Alonso Quijano, de Cristóbal y del mecánico de bicicletas son inofensivas y entrañables.  Necesitamos inventar e inventarnos. Otras ensoñaciones pueden resultar grotescas y, en ocasiones, ofensivas. Todos hemos visto algún concejal o monterilla de pueblo convencido de que él es un gran político y, en consecuencia, se halla instalado a una altura de muchos pies respecto a sus modestos conciudadanos, a los que se permite menospreciar, el muy cretino. Claro que, en justa correspondencia, esos conciudadanos tomarán al engreído personaje por el pito del sereno, pero como él no se entera, seguirá haciendo el ridículo.

Por cierto: la expresión “reinventarse” es un sarcasmo puesto de moda por los que cortan el bacalao y significa que nos busquemos la vida como podamos, cuando hayamos perdido nuestra forma habitual de ganar las habichuelas. ¡Tiene guasa!

 

 

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