Crónicas del retornado Buena voluntad

Creo que es el Evangelio de san Lucas el que atribuye a los ángeles aquello de “paz a los hombres de buena voluntad”. Me parece una buena idea, aunque los que deberían de tranquilizarse y no jorobar son los otros, los de mala voluntad, que los hay, y unos pocos. Los partidarios del lenguaje políticamente correcto tal vez quisieran enmendarles la plana a los ángeles, obligándoles a decir “personas de buena voluntad”, y yo no voy a perder el tiempo en disquisiciones latinas distinguiendo entre “homo” (miembro genérico de la humanidad) y “vir” (varón, específicamente masculino).

En la práctica, no es tan fácil concretar en qué consiste la buena voluntad y en qué se diferencia de la mala, pero de vez en cuando se evidencian situaciones de buena voluntad. Por ejemplo, cuando escribo estas pocas palabras está muy reciente el abrazo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que a mi me confortó bastante. Me gusta mucho más ver a personas abrazándose, que tirándose los trastos a la cabeza, o acusando al otro de no sé qué maldades. Por otra parte, ambos me parecen dos buenas personas, dos “hombres de buena voluntad”. Claro que la política es un territorio complicado, que obliga a personas de buena fe a discrepar de otras de no peor intención. Muchos dirán que me gustó el gesto y el acuerdo porque me saben hombre de izquierdas; pero argumentaré que también me gustaría la concordia entre personas de buena voluntad de ideas distintas. Conozco y aprecio a muchísimas personas de derechas de voluntad excelente.

En otros términos creo que es bueno que mi País, España, pueda alcanzar una situación estable, con Gobierno y Parlamento, y no se vea abocado a unas ridículas y penosas nuevas elecciones. También me gusta que el principio de acuerdo se haya formulado en positivo: a favor de esto y aquello, y no contra lo de más allá. Espero que se vaya concretando.

En lo que respecta a Chiclana, me ha producido inquietud el relativo éxito electoral de VOX, un partido al que discuto la buena voluntad. Eso de “a por ellos”, que coreaban tras el recuento electoral, es evidentemente agresivo y, por añadidura, me temo que mi humilde persona iba incluida en ese “ellos”, cosa que no me hace ninguna gracia. Veo que estos sujetos (y sujetas, nada de discriminar) se pronuncian “contra” permanentemente: contra los inmigrantes, contra la igualdad, contra libertades individuales y colectivas de todo tipo. Ignoro cuáles sean sus propuestas políticas en positivo. Para colmo ondean nuestra bandera, la bandera de todos, contra los que no piensan como ellos, con cierto aire de amenaza que no me gusta ni un pelo. También manejan la Constitución Española de forma torticera y mendaz, con una falta de pudor abrumadora.

Digo yo que nuestros políticos locales, los de las izquierdas y los de las derechas democráticas tomarán buena nota y harán por enmendar este desagradable fenómeno.

Otros que me parecen de mala voluntad son esos individuos (e individuas) que, para manifestar su patriotismo catalán se dedican a hacer la vida imposible a sus conciudadanos también catalanes o de otros orígenes. Si uno ama a su “patria”, habría que suponer que también aprecia un pelín a sus conciudadanos, y manifestar su aprecio impidiéndoles circular por sus calles y carreteras, no dejándoles abrir sus negocios o comprar en ellos no parece a primera vista una gran muestra de cariño. Más lamentable aún es que estos enemigos de las libertades cuenten con el aliento y el aplausos de unos gobernantes irresponsables y necios, que abandonan al pueblo que deberían gobernar en manos de estas hordas de descerebrados agresivos. La Historia se ocupará de los unos y de los otros. Un tsunami es malo en sí, pero un gran oleaje de excrementos es todavía peor.

Por suerte, la vida sigue y los hombres de buena voluntad intentan seguir viviéndola de la mejor manera posible, cosa no siempre fácil. Aquí tenemos un paro galopante, con muchas personas en riesgo de eso que ahora se llama eufemísticamente “exclusión social”, y en términos más vulgares “pobreza severa”. Los servicios públicos muestran insuficiencias muy notables, porque falta personal sanitario y docente, los centros médicosy educativos tienen carencias muy importantes y un largo etcétera de necesidades perentorias a las que urge atender.

Una de los más candentes es el asunto de las pensiones. El futurible Gobierno de coalición y el resto de las administraciones públicas habrán de hacer frente a él más allá de la retórica; igual que se verán obligados a recuperar derechos laborales perdidos tras las sucesivas “reformas”, o, más bien “recortes”. Espero que Pedro y Pablo no se anden con chiquitas y las deroguen sin matices de “las más lesivas” y otras triquiñuelas. Espero muchas cosas.

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