Crónicas del retornado

Al final de la jornada...

Aquel que se salva sabe / y, el que no, no sabe nada. Así reza la copla tradicional, ratificada y refrendada por todos tras la jornada electoral del pasado domingo. Y es que todos han ganado, todos están felicísimos, y, en el peor de los casos, si sus resultados son menos buenos de lo esperado, es por culpa del otro, que no supo o no quiso hacer las cosas como era debido. Los esfuerzos para manifestarse encantado con el magro o pingüe fruto obtenido resultan a menudo cómicos; frecuentemente, grotescos y, eventualmente, patéticos. Yo creo que por falta del sentido del humor, es decir, por una incapacidad de mirarse al espejo sin maquillaje y sin hacer gestos forzados.

Hay un permanente e impúdico “mecachis, qué guapo soy” ajeno a la más liviana autocrítica. Engañarse y engañar. ¿A quién? Probablemente a los seguidores o partidarios, a quienes en principio se considera tontos de capirote, exclusivamente dotados de las capacidades de jalear y agitar banderitas; en segundo lugar, a los ciudadanos en general, no tenidos en mucha mayor consideración.

– Que dice mengano que ha ganado, que todos tenemos que celebrarlo.

– Pero si ha perdido no sé cuántos concejales y va a tener que realizar ejercicios en la cuerda floja para aguantar en el cargo.

– Pues él dice que no nos preocupemos, que todo va viento en popa.

– Si él lo dice... Supongo que nos lo explicará.

– Todo a su debido tiempo, no nos precipitemos. Tal vez…

– Es que los caminos del señor son inescrutables.

Claro está que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, pero habrá que reconocer que presenta algunas imperfecciones, digan lo que digan sus exégetas y profetas. La sacralización de cualquier orden político suele conducir con frecuencia al disparate o, al menos, a la paradoja.

Por ejemplo, el reciente anuncio por parte del rey emérito de su retirada de la vida pública ha provocado un coro de loores y ditirambos sobre su más que discutible figura y sobre la monarquía constitucional en sí. Dicen que le debemos a ese señor nuestra gloriosa transición y los años de democracia, y lo dicen con un desparpajo y una falta de criterio francamente asombrosos. La imperfecta transición política desde la dictadura ominosa de Franco a una situación política homologable a las históricamente consagradas en Occidente fue un proceso complejo, fruto de diversas circunstancias sociales y económicas, asociadas a presiones políticas de muy dispar origen. Sería sumamente ingenuo considerar que ese monarca impuesto por el dictador Franco echó mano de su varita mágica y nos hizo así de felices en un abrir y cerrar de ojos.

Pero volvamos a esto de la santa democracia, excelente como principio, pero que ocasionalmente ofrece resultados cuando menos, sorprendentes. Por ejemplo lo que acaba de suceder en la Comunidad de Madrid. La confrontación entre un intelectual de peso, moderado e inteligente, como es el señor Gabilondo, y esa especie de calabaza parlanchina, que atiende por Isabel Díaz Ayuso, puede resolverse con el triunfo de esta última merced a la vigente aritmética electoral. Del mismo modo, una mujer de gran peso político llamada Manuela Carmena puede verse desplazada de la Alcaldía de Madrid por la derecha apoyada por la extrema derecha, que lo es por más cintas y lazos que le pongan sus presumibles cómplices.¿Es que usted no acepta democráticamente los resultados de las urnas? Pues claro, qué remedio me queda, pero reclamo mi derecho a decir que en este caso no me divierten en absoluto. Y no es sólo cuestión de color político, sino de personalidad frente a personalidad.

En fin, ahora, al final de la jornada, nos metemos de lleno en tiempo de pactos. Un pacto viene a ser una especie de intricado cambalache a base de “do ut des”. En las altas esferas eso tiene que ser complicadísimo y al que suscribe no le haría maldita la gracia tener que verse involucrado en la faena. Sin embargo, peor aún ha de resultar en un ámbito más pequeño, como sea una población mediana, en la que todo el mundo se conoce y, por tanto, profesa odios y amores, compatibilidades y compatibilidades personales. Por ejemplo, en una localidad de las características de nuestra querida Chiclana (y, claro, no me refiero a la misma Chiclana, sino a varias ciudades o pueblos gaditanos).

Verse en un Concilio para elegir Papa debe de tener lo suyo, con tanto purpurado enredador orando e intrigando a partes iguales, pero anda que verse implicado en la constitución de un Ayuntamiento de pueblo o pequeña ciudad, eso sí que tiene guasa. Que Dios se la depare buena a los negociadores o apañistas.Total, que no hay mal que por bien no venga, y no deja de ser una suerte que las cosas se resuelvan en las cumbres y cumbrecillas, sin que uno vaya a tener arte ni parte en la cuestión.

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