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Crónicas del retornado De amigos y cartas

Un porcentaje significativo de la población de Chiclana anda asustado, otro porcentaje significativo, cabreado; un tercer porcentaje, asustado y, además, cabreado. El porcentaje menos significativo está compuesto por imbéciles e inconscientes que siguen a su bola, ignorando cualquier precaución de las recomendadas por el Gobierno y por la Junta. Qué le vamos a hacer.

Esta precisa valoración es extensible a la población española en general, porque Chiclana es un fiel reflejo de lo que en toda España sucede, o casi siempre lo es. Los españoles somos muy callejeros, vamos, que no se nos cae la casa encima. Cosa muy mediterránea, a un lado y al otro del Estrecho; porque las calles de Cádiz no suelen estar ni más ni menos repletas que las de Tetuán (Marruecos); sólo que aquí andamos de cervezas o vinitos hombres y mujeres y allá, más bien de té y café, mayoritariamente hombres. Por eso lo de andar encerrados no nos hace maldita la gracia.

No sé cómo lo llevarán mis amigos noruegos de Kristiansand, población costera de unos veinte mil habitantes, en la que hay un bar (a lo mejor han abierto alguno más) y dos teatros, un museo y un zoológico. Mis amigos noruegos pasan muy poco tiempo en la calle y mucho en casa o en el trabajo, así que supongo que lo llevan mejor.

Pues, hablando de amigos, a mi siempre me ha venido estupendamente tener amigos, y ahora, todavía más. Amigos presenciales y amigos telemáticos, porque estamos teniendo la suerte de comunicarnos con ellos por las denostadas redes sociales. Eso no sucedía en otros momentos de aflicción, esos en los que, según Ignacio de Loyola, “no hay que hacer mudanza”. Por ejemplo estoy comunicándome mucho con un viejo amigo de Girona, que ahora anda por Bolivia, querido País. Hacía años que no sabía de él, y ahora, confinados y todo, intercambiamos artículos filosóficos de los suyos y cuentos de los míos. También hablo y me escribo con el gran titiritero Guaira Castilla, que está en Salta (Argentina), con Juan Pablo, Mariano, Luis y Darío, que andan por Madrid. Juan Pablo es un músico excepcional, que ha creado “La Banda Inaudita”, Mariano es un experto en el mundo clásico y viejo compañero de enseñanza en el Poeta García Gutiérrez. Luis es probablemente el mejor poeta español vivo y Darío, su compañero, el hombre del buen tiempo y excelente cantor. Es muy bueno poder hablar a distancia con tantos y tan buenos amigos. También suelo hablar de personas muy importantes con Mónica y Elena y así sucesivamente.

Claro que echo de menos las tertulias directas con mis chiclaneros y gaditanos, aunque algo sé de Curro, leo lo que escriben Pepe Pettenghi y Juan José, charlo de vez en cuando con Fernando y otros próximos. Eso sí, me he propuesto tomarme un montón de cervezas con todos ellos en cuanto escampe un mínimo.

Mientras tanto, nos queda el teléfono y la correspondencia.

Por seguir con amigos, soy el hombre afortunado que tiene a sus cuatro hijos como los mejores de sus mejores amigos. Supongo que a otros les ocurre lo mismo, así que saben perfectamente de lo que estoy hablando. Y, por qué no decirlo, igualmente afortunado me siento por convivir con una mujer que es amiga, esposa, cómplice y todo lo imaginable. La verdad es que no tengo de qué quejarme y me gustaría compartir el optimismo que estas cosas me infunden con los queridos lectores.

Cuando hablo de cartas no me refiero a las de la baraja, que abandoné hace muchos años, desde que no encuentro compañeros para el mus de cuatro reyes y cuatro ases, que es muy navarro. Guardo la añoranza, compartida con el gran Pedro Salinas, de las cartas propiamente dichas, las epístolas, preferiblemente las escritas a mano. Ya ni me acuerdo de cuándo escribí o recibí la última. Y mira que me gustaban. Mi padre era un gran escritor de largas cartas manuscritas, frecuentemente monitorias y morales, como corresponde a un padre de la vieja escuela. Tenía una letra preciosa e igual, no como la mía, que es casi ilegible. Pues ilegible o no, todos mis corresponsales solían entenderla. Desde que comencé con la máquina de escribir y, más tarde, con el ordenador, me privé del placer de tomar una buena pluma estilográfica (tengo unas cuantas) y emborronar cuartillas a mis anchas, vaya tontería.

¿Y qué me dicen de las cartas de amor? Antaño era casi inconcebible que los enamorados no las intercambiasen con frecuencia. Cuando uno andaba sirviendo a la Patria en condición de soldado de Infantería, siempre veía a compañeros afanándose en escribir a la novia en condiciones de franca incomodidad, porque aquello era un páramo poblado de tiendas de lona. Pues anda que no había empujones cada vez que llegaba el cartero de la compañía con su saca.

Los amigos y las cartas son muy buena cosa.

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