Crónicas del retornado Televivencias

Teleexistir no es una cosa fácil. Estos últimos meses he podido comprobarlo hasta la saciedad. Es probable que personas de generaciones más jóvenes lo hayan llevado mejor, porque ya llevaban mucho tiempo existiendo de forma virtual, comunicándose y relacionándose a través de sus “tablet” y otros ingenios tecnológicos, lo cual tiene sus efectos positivos, supongo, pero no acabo de tenerlo claro.

Hemos sabido de jovencitos que se recluían en su habitación con todo un aparataje telemático y no salían de allí ni para comer, lo que me parece una auténtica aberración. A estos lo del confinamiento les habrá dado igual, porque ya se habían confinado por su cuenta y riesgo, pero la gente normal y corriente ha tenido que aguantarse sin charlar con los amigos ni besar a sus nietos. Claro está que era completamente necesario, pero no deja de ser una monserga.

Habrá que reconocer, no obstante, que sin la tecnología el encerramiento hubiera sido mucho más duro y difícil, y que la facilidad de las comunicaciones en nuestro mundo de hoy ha resuelto o, al menos, aliviado, los terribles efectos de la incomunicación, de la soledad en muchos casos.

Sirvan las anteriores afirmaciones para manifestar una posición más o menos ecléctica, ya que no soy nadie para defender o condenar la utilización masiva de la comunicación a distancia. Una coletilla: aborrezco el verbo “interactuar”; me gusta más decir “comunicarse” o “relacionarse”.

La más próxima y llamativa teleexistencia que he experimentado en calidad de espectador muy implicado ha sido la de la enseñanza a distancia. He visto de cerca el descomunal trabajo llevado a cabo por profesores y alumnos durante estos meses de involuntario alejamiento. Mi profesora predilecta tiene unos doscientos alumnos de música, a los que ha atendido con grandes dificultades día a día, mañana y tarde, fines de semana incluidos. En un curso normal hubiera tenido horario de mañana, con la excepción de tardes para reuniones de un tipo u otro; con los fines de semana, en principio, libres. Ahora, no. Las autoridades educativas, con un criterio razonable, establecieron esta forma de educación para que no se perdiera un curso completo. Sin embargo, esas autoridades, en concreto las de la Junta de Andalucía, se han dedicado a emitir instrucciones erráticas, contradictorias a menudo, que han podido volver locos a los distinguidos miembros de la comunidad educativa. Por añadidura, dieron por descontado que maestros y discípulos disponían de los recursos tecnológicos necesarios y sólo a muy última hora cayeron en la cuenta de que bastantes niños carecían de ellos y trataron de echar un remiendo sobre tal carencia. Desde luego, la equipación necesaria entendieron que corría por cuenta del docente y del discente. Curioso. ¿No?

Tal situación a puesto al descubierto algunas cuestiones ya denunciadas anteriormente en muchas ocasiones. Por ejemplo, el hacinamiento existente en los centros de enseñanza, los públicos en particular. Cuando se habló de un hipotético retorno a la enseñanza presencial con limitación de alumnos por aula, descubrimos que los actuales colegios e institutos no disponen de metros cúbicos por clase suficientes para llevar a cabo semejante utopía. Anécdota: en el momento en que escribo este artículo, los tutores de un instituto chiclanero han sido convocados para repartir los boletines de notas, y van a tener que hacerlo al aire libre, en las zonas de recreo, porque no se dispone de espacios interiores suficientes para realizar la tarea con un mínimo de seguridad. Otra anécdota: la Consejería de Educación determinó que los estudiantes acudiesen a su centro para entregar los libros de texto ahora, en junio. Ignoro si el docto equipo del Consejero Imbroda habrá dado marcha atrás en semejante disparate. Cualquier cosa ha podido suceder, porque el despiste de esta administración se ha puesto en evidencia a lo largo de todo este periodo.

No sé cómo habrán sido las cosas en la enseñanza privada, esa excelente enseñanza que la autoridad competente se dedica a ensalzar y recomendar. De este asunto se ocupó con gran solvencia mi amigo Pepe Pettenghi en este mismo Diario.

Algunas televivencias han sido menos molestas, incluso han resultado muy gratas. Por ejemplo, algunos voluntariosos comerciantes y hosteleros han realizado esfuerzos muy loables para seguir en la brecha. En casa hemos podido comer muy buen telepescado merced a la joven y guapísima pescadera Sara, que nos lo traía a casa. También hemos disfrutado de tele-cuscús, gracias a Ramón, de “la Medina de Tetuán”. Esas manos netamente tetuaníes de su esposa y la diligencia del propio Ramón…

Durante un largo tiempo de confinamiento charlé a distancia con amigos, escribí y difundí más de cincuenta cuentecillos, lo que tampoco ha estado nada mal.

De todos modos en esta fase de “desescalada” o retorno incipiente a la normalidad, debo decir que he disfrutado de lo lindo volviendo a la terraza de siempre para encontrarme con los amigos. Y hasta he podido hacer una tremenda paella para hijos y nietos. Mejor así.

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