Laurel y rosas Mirar la Bahía desde el cerro del Castillo

Desde el cerro del Castillo, sobre la Iglesia Mayor de San Juan Bautista, va a nacer un nuevo centro de interpretación. Y va a sorprender. No solo será el espacio que cobije la memoria del yacimiento arqueológico que se reparte por todo el Barrio Nuevo, sino que desde la modernidad, va a difundir –o así lo pretende– la importancia del asentamiento fenicio de Chiclana, del recinto amurallado que indudablemente marcan los restos existentes. Un edificio sin duda atractivo y sorprendente con la fachada en kryon donde confluirán, ya en su interior, las últimas tecnologías expositivas para descubrir un “enclave tapado por el tiempo que todo lo olvida, descubierto accidentalmente en el siglo XXI cuando se intentaba delimitar la extensión del antiguo cementerio del Egido aprovechando las obras de demolición de las bodegas El Castillo”, como acertadamente narra la memoria de puesta en valor del Cerro del Castillo, que firma la Oficina de Proyectos Urbanísticos del Ayuntamiento de Chiclana, con Juan Antonio de la Mata al frente.

El nuevo centro de interpretación se va a llamar “Nueva Gadeira”, una denominación que no solo es pertinente, sino que a la luz de los últimos hallazgos en Cádiz, de ese muelle de Puerto Chico que ya se equipara al de Pompeya, es más que oportuna. Gadir, sí, era un archipiélago de recintos amurallados, de ahí esas islas Gadeira, con la que se denominaba a Erytheia, Kotinoussa y, como parece ser, la Ínsula Iuononis o Aphrodisías que mencionaba Plinio el Viejo, en la que se ha descubierto los restos portuarios bajo la Cueva del Pájaro Azul. Aquellas tres islas, junto a Antípolis, más al sureste, tenían indiscutiblemente, según los arqueólogos –Paloma Bueno, por ejemplo– una inevitable interacción con la línea de costa, con los asentamientos también fenicios que hoy conocemos como el Poblado de Doña Blanca, en El Puerto de Santa María, y el Cerro del Castillo, es decir, el origen del centro urbano de Chiclana. Frente al cerro, ante la desembocadura del río Iro, emergía el espléndido templo de Melkart, al sur de Kotinoussa, es decir en el entorno de lo que hoy es el islote de Sancti Petri.

Todos los últimos descubrimientos muestran esa realidad: Gadir concebida como un archipiélago que conformaba con los asentamientos de la península un todopoderoso triángulo, que era defensivo, ante todo, pero también comercial y, como diríamos hoy, residencial. Si Cádiz, el poblado de Doña Blanca, Sancti Petri y Chiclana conformaban las islas Gadeira de la que hablaron Posidonio, Estrabón, Diodoro de Sicilia o Heródoto, esa misma realidad –y ya lo he escrito alguna vez– convive todavía en la realidad urbana que conocemos como Bahía de Cádiz. Es decir, una “Nueva Gadeira”. Y esa es, sin duda, la primera lección histórica que quiere difundir el nuevo centro de interpretación, que abrirá sus puertas, según la previsión municipal, en diciembre de 2021.

Desde el asentamiento de Chiclana, como parte fundamental de esas islas Gadeira, los hallazgos del Cerro del Castillo mostrarán la propia Bahía de Cádiz, entendida como una misma realidad socio-económica y de convivencia, arraigada hace más de tres mil años, por más que la evolución geológica de la ínsula gaditana e indiscutiblemente de lo que hoy conforma el parque natural de la Bahía de Cádiz, con el aterramiento de la costa, nos hagan correr el riesgo de ver aquella Gadir como una realidad histórica únicamente delimitada a la actual Cádiz. No era así. Evidentemente que la ciudad de Cádiz era su eje, pero la colonia fenicia –como ocurre sin ir más lejos en Tiro, la cosmópolis– se repartía por el resto de la Bahía. Bastaría con comprender el asentamiento del templo de Melkart, el gran herakleion, al sur de la gran isla de Kotinoussa, a la que aún entonces permanecía unido el actual islote de Sancti Petri, en cuyo entorno marítimo –probablemente, en lo que denominamos hoy Rompetimones– estuvo ese templo, famoso en todo Occidente.

Es posible establecer significativas similitudes, evidentemente salvando las diferentes realidades geomorfológicas. Aquellas islas –Erythea, Kotinoussa y Antípolis, más la pequeña Aphrodisías si se quiere– tenían evidentemente una constante interacción con la costa. Si Doña Blanca era en el estuario del río Guadalete un asentamiento portuario y comercial vinculado a la cercana Gadir, del mismo modo Chiclana lo era para el todopoderoso templo de Melkart. Aquella Chiclana que se reducía al asentamiento del Cerro del Castillo, pero establecida en la costa y con una posición defensiva privilegiada. A sus pies, a través del río Iro, la navegación interior hacia Medina la favorecía aún más.

El nuevo edificio será, en este sentido, un centro de interpretación, pero nacerá como “Espacio arqueológico”. Porque el propio cerro es todavía un yacimiento en excavación, pero también porque quiere ser un espacio sorprendente, moderno y singular que recupere, que devuelva un “paisaje histórico” a la realidad cultural y turística de la Bahía de Cádiz. Ya se ha licitado el proyecto de obras, y está abierto aún el periodo para las propuestas museográficas a partir del Proyecto de Intervención Expositiva en el que he tenido el privilegio de contribuir. En la fachada resurgirán unos versos de Fernando Quiñones, que desde el primer instante han guiado el proyecto del Ayuntamiento de Chiclana: “Como un río de rostros, como un río / de sucesos, nos tunde y nos aleja. / Todo es un ayer y nunca ya.” (Del soneto “Niño en la playa”, 1964).

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