Crónicas del retornado Salvar la patria

Salvar a la Patria no siempre es una buena idea. Mejor dicho: suele ser una mala idea. Cualquier imbécil puede caer en la tentación de ponerse a la faena y, como es imbécil, nunca habrá calculado las consecuencias de su feliz iniciativa. Pues suelen ser casi siempre nocivas, pero eso no se le habrá pasado por la cabeza, porque para eso es imbécil.

En España hemos tenido unos cuantos salvapatrias con los resultados de todos conocidos. El más reciente fue un general bajito, tripudo y de voz aflautada, y los resultados de su intento fueron estupendos: un millón de muertos aproximadamente, miles de exiliados, otros miles de encarcelados, una hambruna de mil pares de narices y, por último, la privación de libertades públicas durante unos cuarenta años.

Pues dicen que era un patriota y hasta hay algunos contemporáneos nuestros que le tienen en muy alta consideración, porque ellos sí que son patriotas, y no como otros, que por lo visto no lo somos.

Entonces es cuando uno comienza a preguntarse si es o no patriota y se realiza un test de patriotismo, por si las moscas. En lo que respecta al retornado, creo que le gusta mucho España por razones de lo más elemental: me gustan nuestros disparatados horarios de comida, me gusta lo comunicativos y familiares que solemos ser, me gusta que nos guste tanto andar por la calle, me gustan el cocido, la fabada y el gazpacho y hasta me gusta nuestra historia imaginaria, sea o no sea verdad. Después de haber conocido bastantes países del mundo, decido que prefiero vivir en España, mejor que en ningún otro país, con la excepción de alguno de América Latina. Y eso que me he adaptado bastante bien a las costumbres de otros lugares. Si ser patriota consiste en esto, entonces sí que lo soy; pero si consiste en envolverse en la bandera y fanfarronear y poner los ojos en blanco cuando suena la Marcha Real, pues entonces, no, no lo soy.

A un salvador de la Patria no le basta con decidir serlo, porque necesita una panda de pelotas y aprovechados que le ayuden a creérselo y, en su caso, a perpetrar el correspondiente golpe de estado conducente a la salvación de marras. Desde luego no se le pasa por la cabeza preguntar a la Patria si desea ser salvada y, si lo hiciera, la Patria no diría ni pio, porque es un ente abstracto incapaz de opinar sobre ningún asunto. “El que calla, otorga”, dirá entonces el mequetrefe en cuestión, y se meterá en el lío, arrastrando tras de sí a los bobalicones que le corean, con daños frontales o colaterales para el resto de la ciudadanía.

Por otra parte esto de la salvación no suele emprenderse a favor de algo o alguien, sino más bien en contra. El tirano Pisístrato lo hizo contra la democracia ateniense y Lucio Cornelio Sila contra la república romana. Y, si me equivoco, que me corrija mi amigo Mariano Martínez, que sabe mucho más que yo de la antigüedad clásica. Algunos salvadores de la Patria han pasado a la historia con éxito, por muy perjudiciales que hayan resultado; como sucede con Napoleón Bonaparte y con Julio César, por ejemplo. Otros, creo que la mayoría, no han tenido tan buena fortuna, porque les salió mal la jugada, como, por ejemplo, el infame Adolf Hitler, el grotesco Benito Mussolini o el asesino Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin).

Con esto me propongo desanimar a los actuales candidatos a salvadores de la Patria, para que vean que no todo el monte es orégano y que lo más normal es que no sean aplaudidos o jaleados por la posteridad. ¡No se molesten ustedes, muchachos!

A mi sagaz lector no se le escapará el por qué de traer a colación el asunto de los salvadores de España, pues está claro que algunos políticos del momento están aprovechando sin decoro alguno la aflictiva circunstancia sanitaria y social que atravesamos para proponer Gobiernos de salvación capaces de acabar por arte de birlibirloque de los males que nos rodean; a cuyo fin y efecto se haría preciso descabalgar al Gobierno que bien o mal intenta sacarnos del atolladero. Éste es el quid de la cuestión, porque me pega que lo que nos pase a los ciudadanos de a pie les importa un puñetero pepino. Éstos lo que pretenden es quedarse con el santo y la limosna aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. No me fío de Santiago Abascal, no me fío de Rosa Díez, no me fío de ningún redentor, sea del color que sea.

No seré yo quien defienda a capa y espada la gestión que el actual Gobierno está realizando de la crisis, porque me parece que están haciendo lo que buenamente pueden sin más, porque, a decir verdad, esto del virus nos ha pillado a todos meando, con perdón. Pero que no me venga con cuentos ningún patriota de pacotilla.

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