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Crónicas del retornado

Clases

Por supuesto que hay clases. Por ejemplo, primero G de la ESO, segundo B de Primaria, y así sucesivamente. Comienzo con esta pequeña divagación en el ejercicio del derecho a divagar inexplicablemente no contemplado en nuestra sacrosanta Constitución, ese documento al que se agarran hasta los gatos a la hora de hacer de su capa un sayo. Y tampoco es tan divagatorio acordarse de los alumnos y profesores que están realizando su trabajo en condiciones heroicas en estos tiempos de peste. Largas jornadas con la mascarilla puesta, aulas congeladas con las ventanas necesariamente abiertas, privación de cosas tan esenciales como jugar al balón en los recreos. Siete sombrerazos… ¿O no, amigo chiclanero?

Pero yo en realidad había pensado escribir sobre otras clases, las clases sociales. Claro que hay quien asevera que ya no existen, y menos la denostada lucha de clases. Eso son cosas de un pasado que no debemos resucitar. Ahora todos somos clase media, más o menos baja, pero clase media. A mi que no me llamen proletario, que me enfado y la emprendo a guantazos.

Y el caso es que en todas las sociedades conocidas hasta la fecha ha habido clases y hasta lucha de clases “avant la lettre”. Un sociedad tan ejemplar como la antigua Roma asistió al permanente enfrentamiento entre patricios y plebeyos, personificados en los cónsules frente a los tribunos de la plebe; eso sin mencionar a esclavos y libertos. Tito Livio lo explica estupendamente. La cacareada democracia ateniense también fue una sociedad esclavista, en la que muy pocos eran los ciudadanos que disfrutaban de derechos.

Pero habría que llegar al denostado marxismo para que el materialismo histórico definiera con bastante acierto en qué consistía una sociedad clasista y se propusiera construir otra diferente, en la que clases y estado fueran abolidos. Con el escaso éxito finalmente obtenido, como sabemos.

Porque la revolución comunista, que, contra lo que había previsto don Karl Marx, no tuvo lugar en los países industrializados, sino en Rusia, acabó en un perfecto fiasco. En cuanto los antiguos revolucionarios se encontraron en el poder, procedieron a construir una nueva clase dominante aún más tiránica e implacable, si cabe, que el destruido zarismo. Se ve que nos va la marcha.

Paréntesis: en estos tiempos nuestros la palabra “comunismo” se ha convertido en un insulto de lo más denigrante. Especialmente en boca de personas que no tienen ni puñetera idea de qué diablos es eso del comunismo; como, por no nombrar a nadie, doña Isabel Díaz Ayuso, que me parece a mi que lo confunde con el infierno aquel que le enseñaron a ella las monjas del cole. Sin embargo afirmo que el comunismo, como utopía, no está nada mal traído. Otra cosa es que la doctrina topara en su momento con los aspectos más negativos de la condición humana. Stalin, desde luego, no era comunista, sino un mal bicho cruel y autoritario.

De vuelta de esta agradable excursión por los cerros de Úbeda, un paraje por cierto encantador, me gustaría preguntarme contigo, amable lector, en que se manifiesta hoy la diferencia de clases, con o sin lucha visible.

Personalmente y mediante un análisis nada científico he concluido que en nuestras modernas sociedades hay dos clases de personas: las que realizan tareas domésticas y las que no se ocupan de ellas. Estoy en la convicción que muchos políticos y otros poderosos piensan que los huevos se fríen por persuasión, que la lavadora echa a andar por instinto y que los platos se friegan por arte de birlibirloque. Pues no: la mayoría de los ciudadanos sabemos que, si quieres comer, tienes que hacerte unas lentejas (con chorizo a ser posible) y que, si no barres o pasas la aspiradora, acabarás conviviendo con una desagradable colonia de ácaros.

Tengo la impresión de que la ya constatada separación entre la política y la ciudadanía bien pudiera remediarse mediante la inmersión de los dirigentes en algunas de las tareas domésticas más corrientes.

Claro que donde más claramente se manifiesta tal división es en la existente entre hombres y mujeres. Todavía hoy el peso de las faenas caseras descansa mayoritariamente en el sexo femenino, dicho sea con las crecientes y honrosas excepciones. Por recurrir a la anécdota, mi amiga María (así la llamaremos), chiclanera de pro, dedica su jornada laboral a limpiar pisos y, cuando acaba, o por anticipación, tiene que ocuparse de hacer la comida, limpiar la casa, lavar la ropa y todo lo demás. “Es que mi Antonio y el niño no me hacen nada en casa”. ¿Es que están trabajando? ¡Qué va, Antonio está prejubilado y el niño estudia una carrera que arrastra desde hace años sin resultado visible.

Lo de “ama de casa” es un auténtico sarcasmo. ¿No será más bien “esclava de casa”?

Pero, a lo que íbamos. Sigo sosteniendo que nuestra sociedad se divide entre los que se hacen el desayuno y aquellos a los que se lo ponen por delante.

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