Crónicas del retornado Batallas y batallitas

Por estas fechas se está celebrando en Chiclana el 208 aniversario de la Batalla de Chiclana, o Batalla de La Barrosa, según versiones. Celebro la presencia en nuestra ciudad de los fusileros irlandeses, porque los irlandeses me caen muy bien. De hecho algunos de mis amigos irlandeses son capaces de ingerir tantas pintas de cerveza como mi amigo Peter Andreas Reuter, lo cual no es ninguna tontería.

Me gustan las baladas irlandesas, también el cine irlandés y me encanta oír hablar en gaélico, aunque no me entere de una sola palabra. Así que bienvenidos Royal Irish Fusiliers Old Comrades Association. Sin embargo no creo que ninguna batalla deba ser celebrada: solamente conmemorada. Por aquello que decía el viejo Cicerón de que la Historia es maestra de la vida, hecho continuamente contrariado por la realidad, ya que seguimos sin aprender y persistimos en los mismos errores con bastante menos inteligencia que un burro manchego, muy sabio animal que no tropieza dos veces en la misma piedra.

Personalmente opino que un águila dorada, por muy napoleónica que ella sea, no vale la vida de un solo fusilero irlandés, o de un voltigeur francés, o de un granadero español. Así que les hubiera recomendado a don Arthur Wellesley, luego Duque de Wellington, y a su honorable hermano que vieran cómo sienta de bien este decorativo objeto utilizado a modo de supositorio.

En esa batalla, como en casi todas, hubo un montón de infelices que se dejaron el pellejo a la salud de no sé qué ideales patrios, de los que solamente unos pocos tenían conciencia cabal. A mi esa batalla me parece de alto valor pedagógico, porque pone de relieve algunos de los rasgos más importantes de nuestra Guerra de la Independencia, que los ingleses no entendían como tal, sino algo así como la Guerra Peninsular, ya que habían elegido nuestra Península como espacio adecuado para dirimir sus diferencias con la Francia de Napoleón Bonaparte. Se trataba de decidir quién iba a ser el baranda de Europa y del mundo en general, y a los españoles nos tocó poner la cama, por decirlo de forma suave. Lo de nuestra independencia o dependencia para mi que les traía al fresco.

De hecho el señor Duque despreciaba soberanamente a nuestro ejército y a los españoles en general y la Constitución de Cádiz se la tomaba a choteo. Verdad que el ejército español de la época era una perfecta calamidad: desentrenado, mal abastecido, descalzo y desnudo. Por añadidura, dirigido por unos jefes y oficiales de muy dudosa capacidad con contadísimas excepciones.

Nuestros soldados hicieron lo que pudieron con bastante valor en muchos casos, por más que las deserciones, como sabemos, fueran muy abundantes, aunque esas cosas no se cuentan en ninguna historia de enfoque patriótico – heróico. En la Batalla de Chiclana (o de La Barrosa) se vio perfectamente la falta de coordinación, incluso de respeto, entre los aliados españoles e ingleses. El General Graham acusaba al Brigadier Lapeña de no haberle prestado apoyo y nuestro General en Jefe pasaba de Graham, y ambos a dos no hacían caso especial a lo que opinaran las Juntas de Defensa. Eso sucedió con perfecta regularidad durante toda la larga y durísima campaña.

En ella se dieron casos extremos, como el saqueo y atropellos de Badajoz por tropas inglesas con ayuda de sus aliados coloniales portugueses (no olvidemos que la oficialidad de estas tropas era británica).La batalla en cuestión no se puede decir con propiedad que la ganara nadie, puesto que los combates librados en La Loma del Puerco y en la playa hicieron retroceder efectivamente a los franceses hasta sus anteriores posiciones, pero los aliados ignoraron las sabias enseñanzas de Clausewitz sobre el aprovechamiento del éxito.

En menos de diez días los napoleónicos habían recuperado tranquilamente el terreno perdido, los ingleses se volvieron tan frescos a La Isla y a Tarifa, los españoles se retiraron a Cádiz. ¿Y qué pasó con Chiclana? Pues que ni los británicos ni los hispanos se preocuparon de un sitio tan irrelevante y siguió ocupada por el gabacho durante el resto de la Guerra. No sé yo muy bien qué diantres tenemos nosotros que celebrar.Lo que sí se puede atestiguar es que hubo numerosas bajas en los tres contendientes, pese a la escasa eficacia del armamento de la época: mosquetes de pedernal, carabinas y fusiles de chispa, cañones utilizados más o menos como escopetas de caza y cosas semejantes.

Pero es que la ineficiencia de la medicina y de la cirugía de la época, con total ignorancia de recursos asépticos, podía convertir cualquier herida leve en mortal de necesidad. Total: que cascaban como chinches. Por añadidura, la forma de combate con aglomeración de tropas en columna contra enemigo en similar actitud, o en cuadro de infantería contra la caballería se prestaba a carnicerías importantes. ¿Valió la pena?

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