Laurel y rosas Farina y brillantina... solos en La Barrosa

La playa ya no parece la playa. Ocurre todos los otoños, cuando La Barrosa se transforma en un solitario desdén. Indiferencia o desapego, al menos, es lo que la transita ahora que llega el otoño y abandonamos la orilla, la sombrilla y el bañador. Ya solo la recorren, si acaso, turistas que siguen en éxtasis haga sol o nuble, levante o poniente, mirando el océano y dejando huellas que borrarán las olas hasta el verano que viene.

Sale la Virgen de los Remedios y en la ciudad es como si sonara un toque de queda –vetusto, sin duda– que nos prohíbe disfrutar de la costa, de la playa, del paseo frente al mar. Y ahí, de paseo en la orilla sin nadie, me acordé de un relato de Fernando Quiñones, en el que Juan Faraco baila al compás de las olas en una Barrosa solitaria ante un fotógrafo que capta el instante: “Está bonita pero no hacía falta foto –dijo al verla luego Juan Faraco–. Me inspiré con la mar porque el baile está ahí también, el bueno. No en el meneo del agua que se ve, sino más abajo. Ahí está el baile”.

La escena del relato de Quiñones –“Aquí en el rinconcito del escalón de arriba” (1995), publicado en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, cuando Félix Grande era su director–transcurre así: “Aunque blanco y nochero, el fulgor de la luna embalsando en el compás de Santa María lo remitía en ese momento a un fulgor muy distinto, al de la mañana de pinares y playa de La Barrosa, en mayo, con Juan, Quico Rebull, el cajista del Diario, y Paco Mateo, y la gran foto que Paco le tiró al gitano cuando se echó a bailar por la arena dura y lisa junto al oleaje, en la larga playa sin nadie, toda pulcra como uno de sus guijarros, no sentenciada aún a irse emporcando y corrompiendo de urbanizaciones y coches y plásticos y ruina. La foto, en blanco y negro, mostraba a Faraco en su acostumbrado traje negro y en una enérgica vuelta de soleá delante de la marea, pelo al viento, en alto los brazos y el cuerpo en escorzo como favoreciendo un revoloteo de la chaqueta abierta, serios los ojos puestos en la punta de la bota bien lustrada”.Sí, en esa “larga playa sin nadie, toda pulcra como uno de sus guijarros”, me vino entonces a la memoria Juan Núñez, el Cojo Farina, el gran bailaor chiclanero, del que Juan Faraco fue su trasunto en la narrativa de Quiñones. A Farina lo ha descrito y revivido Alejando Luque en una biografía que le encargó Dionisio Montero: “Que me quiten lo bailao. Vida y Arte de Juan Farina” (2000).

Luque conoció a Farina una noche en un bar de La Viña en la que el bailaor iba, precisamente, con Quiñones. “A Farina no le hacía falta escribir, porque él mismo era literatura ambulante. Personaje de varias novelas, pero sobre todo de dos –‘El coro a dos voces’, de Fernando Quiñones, y ‘Marea escorada’, de Luis Berenguer— de él me hablaron con admiración Félix Grande, Carmiña Martín Gaite, Manolo Ríos Ruiz. Llegó a bailar para Cocteau. Solía decir que lo suyo era ‘andar cojo y bailar sano’, y cuando Pemán le recomendó un cirujano para arreglarle la cadera, hizo cuernos y replicó: ‘¿Y si luego me se olvida el baile?’”, señala Luque.

Y sería las corrientes marinas y antiguas que inspiraron a Faraco las que entonces me llevaron a Manuel Rodríguez de Alba, Brillantina, chiclanero olvidado, arte y compás, gracia y más gracia todavía, fallecido en 1970 en un accidente de tráfico con solo cincuenta años.Fue en La Línea, donde residía desde los años 40. “Para los flamencos —escribió el crítico Francis Mármol— era de sobra conocido que algunas cosas de Chiquito de la Calzada, que en paz descanse, procedían del Brillantina, un auténtico creador en las chuflas y la guasa”. A José María Velázquez-Gaztelu le escuché lo que contaba Carrete de Málaga de Brillantina, creador de la perfomance flamenca: “Una noche en El Jaleo se presentó ante el público y les avisó de que iba a hacer un solo de pies. Sin más, se quitó las botas, las dejó en medio del escenario y regresó a los camerinos. Ni cabe decir que el público rio hasta más no poder la genialidad y el gesto fue aplaudido durante largo rato”.

Como las olas de La Barrosa, son infinitas las anécdotas, las citas, los chascarrillos que se narran de Brillantina, humorista y flamenco, espejo también en el que se miraba la cháchara de Pericón y el Beni. “Estaban Frank Sinatra y Ava Gardner en un sarao madrileño cuando se les acerco´ Brillantina, digno antecesor de Chiquito de la Calzada, y sin pedir permiso empezó a hacer compás con los nudillos sobre la mesa y a cantarles Strangers in the night en su inglés terruñero y calorrón, o sea Pastis in teflais. La Voz de voces alucino´ hasta confesar que era la mejor versión que jamás había oído y que no había dólares en el mundo para pagar aquel espectáculo”, recuerda el periodista Xabi Larrañaga.

Trabajó con Manolo Caracol y con Lola Flores, en todos los tablaos desde Madrid a La Línea, desde Los Canasteros a La Berrenchina. “Le conocí muy bien –cuenta Flores el Gaditano–. Era una persona buenísima y noble hasta lo más puro que se puede ser. Y su gracia creativa iba en línea con su condición singular”. Como la orilla de La Barrosa.

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