Doña Cuaresma

Muestras evidentes

TENGA cuidado. No se deje engañar. Le voy a dar unas cuantas pautas, si van por Cádiz, para descubrir quién pertenece o no a la secta de los carnavaleros, para mantenerse alejado. Son tóxicos.

Si alguien le dice "¡Hola picha!", en lugar de "¡Buenos días!", ese es un chirigotero.

Si se llame como se llame -Chele, Selu, Sema, Gafa, Toti, Churri, Chano, Chani, Chini, Momi, Pirri, Purri, Quiqui o Moi- utiliza como apellido "De Cadi", ese sale en una agrupación.

Si usted ve a un individuo en cuadrilla, litroneándose en un banco junto a una papelera vacía, pero rodeada de desperdicios en el suelo: ese es un autor de comparsa fina.

Señora, ese semoviente que no le ha dejado el asiento en el autobús es un octavilla. Caballero, ese gentleman que se ha dirigido a usted con un "Dame un cigarrito picha", es un postulante.

Ese de los pantalones piratas, chanclas, camisa atirantada y gafas de sol en el pelo, que escupe con entusiasmo cáscaras de pipas en la plaza Mina, además de un primor, es una gloria del Carnaval.

Pero ese que está en cola esperando que le den de balde un erizo, un ostión, un pestiño, una presa de pollo frito, un corruco, una porción de paniza, o un chicharrón, o aquel otro que está en una cola ante la taquilla del Falla de noche con mantas y sillas de playa, esos no son carnavaleros. Esos son lilas.

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