A sangrefría

Echar de menos

ECHAR de menos es una cosa muy seria. Pueden echarse de menos hasta situaciones que nunca llegaron a ocurrir más que en nuestra imaginación, personas con las que te encariñaste sólo de oír hablar de ellas. Sin embargo, el Carnaval tiende a regocijarse poco en los recuerdos. Incluso yo, que tengo memoria de elefante para la mayoría de las cosas que me interesan, posiblemente debido al tamaño del cabezón, soy poco dado a añorar a autores que no cantan en el Falla. Lo de la calle es otro asunto. Yo soy más de Concurso, lo confieso. Me gustan, como a todos, dos o tres ilegales de talento garantizado, pero no, no soy muy dado a aplaudir con media sonrisa aquella letra que de haber oído en el teatro me hubiera parecido cortita. Será uno de mis numerosos defectos. Pero a lo que voy es que en este Concurso no he echado de menos a nadie, francamente. Siempre he pensado que si el Concurso continuó pese a la muerte de Paco Alba, el supremo hacedor de la comparsa; que incluso ha seguido con pasión pese a la deserción del discípulo aventajado, Martínez Ares, será capaz de aguantar lo que le echen. Todos son necesarios, desde Quiñones a Bienvenido, pasando por los hermanos Márquez Mateos o Aragón, del Love al Sheriff, pero si alguien piensa que el Concurso del Falla se va a resentir porque deje de acudir está creyéndose su propia mentira. Este año he visto la misma pasión que siempre, los mismos altibajos, y la misma falta de pelotazos multitudinarios que en los últimos años. La chirigota de Vera Luque es lo más parecido a uno con su pedazo de tipo y de repertorio. Pero ahí ha seguido el Concurso. Con sus buenos datos de audiencias televisivas, sus colas y su ambientazo en algunas funciones. En la vida, nadie se muere por nadie. Puede haber mucha literatura en torno a la necesidad y el tormento, al echar de menos, pero, a la hora de la verdad, la vida sigue.

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