Cádiz CF

Un síntoma del cambio

  • Ningún equipo brasileño ha participado en el torneo en el siglo XXI

El Palmeiras, en 1969 con la enorme copa de campeón del Trofeo Carranza, la primera que logró un equipo brasileño. El Palmeiras, en 1969 con la enorme copa de campeón del Trofeo Carranza, la primera que logró un equipo brasileño.

El Palmeiras, en 1969 con la enorme copa de campeón del Trofeo Carranza, la primera que logró un equipo brasileño.

La fisonomía del Trofeo Carranza se ha ido transformando con el paso de los años. Con la de 2018 son ya 64 ediciones, que dan para mucho. Los grandes clubes de España, parte de Europa y Sudamérica se daban cita en un torneo cuyo prestigio no conocía fronteras. Pero todo ha cambiado. Un ejemplo palpable: Hace tiempo que no cruzan el charco equipos brasileños que en su día aportaban un plus de calidad y proyectaban la fama del Trofeo a su país, donde era todo un acontecimiento. Un victoria en Cádiz se traducía en una fiesta a miles de kilómetros.

Entre 1965 y 1999 participaron nueve conjuntos cariocas, que en total sumaron 27 comparecencias y once copas grandes repartidas entre seis clubes: Palmeiras (3), Vasco da Gama (3), Flamengo (2). Atlético Mineiro (1) y Sao Paulo (1). Se marcharon sin títulos El Botafogo, el Santos de Pelé y el Gremio de Porto Alegre. Los brasileños dejaron huella en el Trofeo pero desaparecieron del mapa del torneo en el siglo XXI. El Vasco da Gama fue el último en pisar el césped del Carranza en el anochecer del XX. Ahí se acabó.

En los últimos años frecuentan el Trofeo equipos españoles en detrimento de los extranjeros. En el siglo XXI sólo participaron ocho foráneos: Lazio, Sporting de Braga, Udinese, Sporting de Lisboa, Nacional de Madeira -ganador en 2012-, Atlético Tetuán, Sampdoria y All Stars Nigeria.

El producto nacional es el que abunda en los últimos tiempos en el Trofeo, quizás porque es más barato. Las apreturas económicas han minado las posibilidades de invitar a clubes de otros países y los organizadores se agarran al soporte de los clubes españoles, aunque es una misión casi imposible que acudan los dos más grandes.

La última aparición del Real Madrid fue en el año 2007 -quedo en tercera posición- y la del Barcelona se remonta a 2005 -se llevó la copa de vencedor- con un imberbe Messi poco antes de su explosión como futbolista. El Cádiz, que entonces estaba en Primera -aquel paso efímero en la temporada 2005/06- intentó sin éxito la cesión del argentino.

La presencia de los dos gigantes del fútbol patrio se ha convertido en un sueño imposible debido a sus compromisos en países donde hacen caja por disputar unos bolos veraniegos.

Lejos queda la época en la que Real Macdrid y Barcelona llegaron a ser asiduos al Trofeo con las estrellas del momento. De hecho, el máximo goleador del torneo sigue siendo un ilustre madridista, Paco Gento, con nueve tantos, un honor que comparte con otra figura, el portugués Eusebio. Aunque el jugador con mayor número de participaciones es Chico Linares con 18 partidos como futbolista del Cádiz. El equipo amarillo se estrenó en 1977 como reconocimiento a su primer ascenso a la máxima categoría y fue a partir de 1979 cuando se convirtió en un fijo en el cartel. Desde entonces no se entiende el Trofeo sin el Cádiz.

El equipo amarillo guarda en sus vitrinas ocho copas de campeón, dos menos que el Atlético de Madrid -tiene diez-, el club con más participaciones -22- después del anfitrión y mayor número de títulos. El cuadro gaditano -es la 41ª ocasión que juega el Trofeo- afronta la oportunidad de acercarse al conjunto colchonero en el palmarés. No lo tiene fácil. El Betis, finalista de este año, tiene cinco copas y encara su 17ª presencia, mientras que Las Palmas se estrenó en 2017 como campeón y aterriza por segunda vez.

La final se disputará mañana con un encuentro que si acaba con empate evitará la prórroga -en ningún caso llegará a los 120 minutos- y pasará directamente a la tanda de penaltis. El Trofeo Carranza fue pionero en la resolución de partidos al inventar el modelo de los lanzamientos desde los once metros. Fue una idea de Rafael Ballester que se puso en práctica en 1962 y se extendió a todos los torneos oficiales.

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