Cádiz CF

Los efectos de la recesión

  • La escasa cosecha de puntos en las últimas semanas y las limitaciones en el juego cercenan las opciones de éxito de un equipo que se ahoga cuando no aparecen los extremos

Jona y un jugador del Reus estiran la pierna en la disputa del balón en una acción del encuentro disputado el pasado sábado. Jona y un jugador del Reus estiran la pierna en la disputa del balón en una acción del encuentro disputado el pasado sábado.

Jona y un jugador del Reus estiran la pierna en la disputa del balón en una acción del encuentro disputado el pasado sábado.

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El Cádiz sufre una desaceleración que no admite discusión. Va a menos. Es una cuestión de números, fiel reflejo de la parálisis. La producción más reciente es la prueba delatadora: de los últimos 12 puntos que ha disputado sólo ha atrapado tres. Muy pocos. Una cifra impropia de un aspirante a la gloria. Un frenazo en toda regla que no puede ser más inoportuno en pleno sprint hacia el final de la temporada, cuando están en juego nada más y nada menos que las posibilidades de subir a Primera División. Los empates -tres consecutivos frente al Huesca, el Rayo Vallecano y el Almería antes de la derrota en Reus el pasado sábado- acaban por ser buenos si después van acompañados de victorias, pero cuando éstas brillan por su ausencia los pasos se vuelven demasiado cortos y la sombra de las dudas se agiganta. No hay manera de vencer. Las igualadas ante oscenses y madrileños -rivales directos- dejaron sensaciones positivas pero no fueron refrendadas con posterioridad ante los almerienses. Y luego, acuciado por la necesidad, se desinfló en el terreno de un contrincante que pelea por evitar el descenso.

Mientras otros equipos pegan el estirón en el instante adecuado, los gaditanos dan señales de estancamiento. Esa es la realidad del presente. Es cuando sale a flote la diferencia entre las plantillas diseñadas a golpe de talonario, con futbolistas determinantes y con el condimento indispensable del gol, y las confeccionadas con presupuestos más ajustados y el modesto objetivo de la permanencia en la categoría de plata, que no es poco. De pronto parece que los amarillos, ubicados en la parte alta, no están en el lugar que les corresponde aunque se lo han ganado a lo largo de una campaña que ni mucho menos será mala pase lo que pase hasta el primer fin de semana de junio. El equipo se desenvuelve por encima de las expectativas y de sus supuestas capacidades, aunque no es menos cierto que sería una pena emborronar el curso con una dinámica negativa en las últimas jornadas que dejaría un poso de decepción. Ya que ha llegado donde está, hay que intentarlo. Hay que seguir y asumir la presión con la naturalidad del que puja por los objetivos más ambiciosos. Nadie podrá reprochar nunca al Cádiz que no logre el ascenso.

Lo curioso es que pese a haber extraviado nueve puntos en las cuatro compromisos más cercanos en el tiempo, el Cádiz se las arregla para sostenerse entre los seis primeros de la clasificación sin el teórico potencial de otras escuadras que emergen como la espuma en el momento decisivo. Tiene mérito. Y mientras continúe en las alturas, las opciones están abiertas aunque las sensaciones que desprende no son las mejores. Una cosa es competir contra cualquier adversario, como hace por lo general el conjunto de Álvaro Cervera, y otra es transformar esa competitividad en triunfos. Ahí es cuando se produce el atasco del que no es fácil escapar.

El lado negativo de una situación que se enreda es que el margen de error queda reducido a la mínima expresión hasta el extremo de que corre peligro de salir despedido de la zona noble el próximo domingo si no emplea el verbo ganar en el trascendental encuentro en el Carranza contra el Sporting de Gijón.

El varapalo en el campo del Reus es de los que duelen de verdad. Toca la moral. Primero, por la pérdida de tres puntos importantes que de haber capturado hubiese dado un impulso a los amarillos en la tabla antes de afrontar un calendario de vértigo las próximas semanas. Segundo, por la manera de cosechar la derrota, que también cuenta. Nunca dieron la impresión de poder hacer daño a un adversario crecido que impuso su estilo de juego y se mostró superior durante buena parte del encuentro. Ni un tiro a puerta del Cádiz en condiciones, arrastrado por sus carencias en ataque, con las que convive a lo largo de la temporada. Sin un delantero de referencia, y eso que jugaron los tres que estaban disponibles (de entrada Dani Romera y Jona y en la segunda mitad Carrillo).

En la comunidad autónoma de Cataluña no apareció el Cádiz solvente que roba balones y explota su velocidad. Le costó quitarle la pelota a un rival con más posesión y más calidad con el cuero. Y cuando tuvo el esférico sufrió un cortocircuito ya conocido. Cuando los extremos son tapados con eficacia, como sucedió en el Municipal del Reus, la alternativa se ciñe a las acciones a balón parado, de las que tampoco extrajo la rentabilidad deseada. No banda, no party. Salvi y Álvaro García aparecieron a cuentagotas, sin espacios, con dos o tres contrarios al acecho que abortaron su capacidad de maniobra. El equipo depende tanto de ellos que cuando no influyen en el juego la luz se apaga en ataque y el Cádiz se vuelve un conjunto pequeño, superado por sus limitaciones y por el rival. El utrerano hizo autocrítica individual y colectiva después del 1-0 al reconocer que ni él ni el equipo hicieron un buen partido. Eso, sí apeló a la ilusión para ir a por la victoria en las siguientes citas.

LaLiga 1|2|3 no se detiene mientras Cervera y sus jugadores buscan una solución que les pueda otorgar opciones de éxito. El reto inmediato es frenar la sangría de puntos. De ganar se trata cuando llega el momento de hacerlo. Es cuando tienen que demostrar si tienen argumentos para dar el salto a la élite. La tendencia no es buena, pero hay tiempo para revertir la situación. La afición estará al lado de su equipo, como demostró en Reus, como lo hace en cada desplazamiento y en cada envite en casa.

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