Crisis del coronavirus

La vida en los balcones

  • Los vecindarios, esos lugares repletos de desconocidos, empiezan a conocerse las caras y sus hábitos

Gaditanos aplaudiendo a las ocho de la tarde la pasada semana.

Gaditanos aplaudiendo a las ocho de la tarde la pasada semana. / Jesús Marín

Durante los pasados días de lluvia la única persona que se veía a lo largo del día desde mi balcón era a un joven autista que daba vuelta a los patios que hay entre mis bloques y, de vez en cuando, se detenía y miraba hacia arriba, antes de reiniciar su estrategia circular. Él está hipnotizado y me hipnotiza. Pienso en su desconcierto. ¿Por qué la vida se ha detenido? ¿Por qué no hay nadie? ¿Qué hay en la cabeza de un joven que lleva toda su vida protegiéndose de los estímulos exteriores y ahora no observa estímulo alguno? Toda su cabeza es un murmullo, sin poda alguna de sus millones de conexiones. Y ahora en ese murmullo, todo el exterior es silencio. La vida se ha convertido en una novela de Cormac McCarthy. El chico levanta la mirada y me ve. Se queda mirándome muy fijamente. ¿Quién es ese hombre?Ese hombre comparte con él su desconcierto y en el salón repite atónito sus movimientos circulares. El silencio exterior es un murmullo en mi cabeza.

Vivo en un piso 11. Desde mi terraza veo la playa sin una pisada, como un desierto, el chiringuito Bebo, siempre bullicioso, cerrado, sereno como un animal tumbado. En la calle, cada mucho tiempo, pasa alguien con un perro, alguien con una bolsa o un coche de la policía avanzando muy lentamente. En el interior de las casas, reflejos de televisores encendidos. Y desde aquí veo, a mi derecha y a mi izquierda, decenas de balcones. Es mi Rue del Percebe particular. Nunca me había fijado en que detrás de todos esos balcones también pasaba la vida. Ahora se ha convertido en algo de mi mayor interés, como las viejas cotillas, James Stewart o los agentes vecinales de la Stasi.

Con la llegada del sol vecinos que no sabía ni que existían salen. Creo que en el ático, a mi derecha, vive una madre sola con su hijo de unos diez años. Al menos nunca sale nadie más. Están jugando al tragabolas, ese juego con el que sólo se juega el día de Reyes. Al chico parece entusiasmarle y celebra su victoria. En el balcón de al lado, otra madre sola con su hijo, mucho más pequeño, de unos dos años, ha montado en su terraza con cerramiento una nueva habitación en la que ha instalado un tipi indio donde de vez en cuando se mete con su niño a esconderse. Él se ríe mucho cuando está escondido. Justo en el que está debajo vive un hombre de pelo largo y con pulseras en las muñecas. Una tiene los colores de Jamaica. No sé cómo es su cara porque lo único que vi de él fueron sus manos y un cucharón y un cazo cuando el otro día se montó la cacerolada contra Felipe VI. Aquí no lo siguió mucha gente, pero de los pocos que sacaron sus cazos, me llamó la atención el vigor con el que este hombre golpeaba el cacharro, con verdadera rabia.

A estas alturas todos tenemos un poco de rabia, pero principalmente contra ese bicho que está demostrando una cruel inteligencia vírica. Matando lo justo para seguir multiplicándose y extendiendo por cada rincón, con gran eficacia, miedo y estupor. En una de las azoteas, todas las mañanas, metódicamente, una mujer de unos 60 años sale y camina de un lado a otro, en traje de deporte, la azotea de un lado a otro. Creo que es un ejercicio programado y me canso de contar cuando va por la vuelta treinta. Al rato se va, con lo que calculo que serán cincuenta idas y venidas. Si multiplico 50 por unos veinte metros que mide la terraza, es un kilómetro. Ese es el ejercicio. Ella ve que la observo y levanta la mano. Yo la saludo igualmente con una sonrisa. Es la primera vez que saludo a un vecino (todos son desconocidos para mí, ya que los vecinos que conozco son los míos, viven debajo mía y, por tanto, no los veo desde mi balcón).

Acaba de conectar el del quinto a mi izquierda en una videollamada múltiple familiar. Puedo escuchar perfectamente lo que dice porque todos los que hemos descubierto esa aplicación del móvil gritamos mucho al aparato, como hacían nuestras abuelas con los teléfonos en los años 70. “Pero mamá, cómo se te ocurre, el pan que te lo traiga tu vecina. Tú te tienes que quedar en casa que ese cabrón de bicho te está buscando”. Por lo demás, la llamada, en la que deben intervenir otros miembros de la familia, está cargada de risas y bromas particulares. Él disfruta la llamada porque es animada y hay menciones al confinamiento pero no al bicho. Cuando acaba, se echa el poco pelo hacia atrás, mira al mar y se enciende inquieto un cigarrillo de preocupación. Resoplando.

A partir de las dos de la tarde los balcones y las terrazas se llenan de vecinos que van sacando mesas y preparando cosillas de picar. Es domingo, hace sol y cualquier otro domingo, el primero de primavera, sería la hora de sentarse en el Flamenco, el Woodstock o el Charlotte. O acudir a esa especie de centro vecinal que es La Escalerilla, el bar oficial del estadio, donde ayer sólo estaban Chano y María José de nueve a tres con sus guantes proporcionando productos alimenticios a los contadísimos clientes que se pasaron por allí. La avenida se puede cruzar en rojo sin temor alguno. Un autobús cada cierto rato con un solo pasajero, el coche de la Policía Local en la esquina, un coche de Protección Civil...

Y en el balcón los aperitivos. La pareja joven de ese balcón apuesta por un tercio de Estrella y unos snacks. Él lleva una camiseta de la Universidad de Cincinati y pantalones cortos. Ha llegado la primavera y así hay que recibirla. Más allá, otra pareja con dos niños han montado un festín. Parece un cumpleaños. Con patatas fritas y ganchitos. En días anteriores los niños han elaborado carteles con ceras en los que con coronavirus pintados de colores rodeando la leyenda, se podía leer “Quédate en casa”. Otro vecino desafía su barriga cervecera con unas cuantas birras y una lata de aceitunas con anchoas, otra pareja más sofisticada apuesta por dos copas de vino servidas en elegantes copas que hacen sospechar que el vino es realmente bueno y, en un gesto muy francés, lo acompañan con un plato de queso servido con el mismo exquisito estilo. Ni nos hemos dado cuenta, pero somos un montón de gente compartiendo el aperitivo, como si estuviéramos juntos once pisos abajo, en cualquiera de nuestros bares del barrio, como merece un domingo tan bello como éste.

Nuestro momento de comunión llega a las ocho, cuando nos dejamos las manos por los héroes de esta crisis

Pero nuestro momento de comunión llega a las ocho, aunque hay alguien que siempre empieza a las ocho menos cinco. Ahí nos dejamos las manos por los héroes de esta crisis. El pasado jueves, en un balcón, también salieron a aplaudir dos chicas que llevaban las batas sanitarias. Quizá tenían que entrar de turno o no sé, pero todos las miramos y la ovación fue inmensa, emocionante. Había a quien se le saltaban las lágrimas. “Valientes”. “Con dos cojones”. Y la gente proyecta luces desde los balcones que no sé lo que son porque son más potentes que las pantallas de lo móviles.

Por aquí nadie que yo sepa ha cantado el “Resistiré”, tampoco tenemos, al parecer, músicos en la comunidad. Quizá los balcones estén demasiado distanciados para que juguemos partidas de pádel entre nosotros. Seguimos siendo desconocidos, aunque nos vamos familiarizando poco a poco y cuando esto acabe estoy seguro que nos encontraremos por la calle y nos saludaremos con verdadero cariño. Todos estos desconocidos estamos viviendo esto juntos. Y estoy deseando que llegue la mañana para volver a saludar a la mujer que hace un kilómetro diario en la azotea de la derecha.

Al fin y al cabo es el chiste ese viral que circula en los móviles: “Nos han pedido que salvemos el país rascándonos los huevos”. No es mucho pedir.

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