Cádiz

La oferta de rendición que rechazó la ciudad de Cádiz en febrero de 1810

  • El mariscal Víctor, comandante del Primer Cuerpo del Ejército Imperial en España dirigió una carta a las autoridades gaditanas, invitándolas a entregarse “imitando el ejemplo de sabiduría” del resto del país

A finales de enero de 1810, la situación en Jerez de la Frontera fue de una incertidumbre y confusión enormes. En la reunión del Cabildo municipal del día 22, se leyó la orden comunicada por la Junta Superior de la Provincia para rechazar al ejército enemigo, en la que se había asignado a esta población una cuota de novecientos veintisiete hombres, cuyo alistamiento debería efectuarse de inmediato. En la jornada siguiente, se leyó una Orden de la Junta Superior de Sevilla sobre las críticas circunstancias del momento, por lo que se mandó la inmediata formación en la ciudad de la Milicia Honrada, y la constitución de Compañías armadas de a lo más de cien hombres, con todas las demás personas capaces de portar armas. El día 29, el mismo Cabildo se ocupó en dotar los medios para incrementar el Escuadrón de lanceros. Un giro substancial se dio el día 30, cuando se deliberó sobre las disposiciones a adoptar “para la defensa y seguridad del pueblo en las actuales circunstancias”, planteándose si hacer, o no, frente al enemigo cuando entrase en el término de la ciudad; para lo cual se efectuaría una consulta general a todos los vecinos.

En aquellos momentos, había alcanzado Jerez el Ejército de Extremadura –en realidad, una División– al mando del XIV Duque de Alburquerque, que se dirigía hacia la Isla de León a marchas forzadas, con la intención de encerrarse en ella y defender Cádiz. En su retirada, estas tropas habían tomado por la fuerza todas las subsistencias que encontraron, asaltando violentamente cortijos, casas particulares e, incluso, el Monasterio de la Cartuja. El Corregidor de la ciudad mantuvo una larga conferencia con Alburquerque, quien le reclamó el suministro de auxilios, bajo la amenaza de llevarse delante de su columna a los miembros de la Corporación municipal, en el caso de que no le fueran facilitados los aprovisionamientos exigidos. El general terminó apoderándose de todos los fondos existentes en la Tesorería de la ciudad, y sus hombres requisaron por la fuerza cuanto ganado pudieron, caballos, bueyes y carretas; destruyendo, además, las barcas existentes en El Portal. De ahí que Jerez no cumpliera con la orden comunicada por el Marqués de las Hormazas, Superintendente General de la Real Hacienda, fechada el 1.º de febrero, para que se recogiera y enviara a la villa de la Real Isla de León, por mar o por tierra, cuanta harina, trigo, cebada, paja, menestras, vino, aceite y tocino hubiera en la ciudad y sus dependientes, embargándose para su conducción las bestias y embarcaciones que fuesen necesarias.

En la reunión de Cabildo del 31 de enero y ante la imposibilidad absoluta de defender la ciudad, se decidió no oponerse al enemigo y nombrar una Diputación compuesta por varios de sus miembros y dos párrocos, quienes precedidos por el Corregidor saldrían al encuentro de las tropas napoleónicas, al menos a una legua de distancia, para cumplimentar a su general, oficiales y demás fuerza. Asimismo, se acordó disponer lo conveniente para su alojamiento y provisión, conjeturándose que los primeros en llegar podrían ser unos tres mil soldados de Caballería.

El 4 de febrero de 1810, un domingo desapacible de viento y lluvia, buena parte del prestigioso 1er. Cuerpo del Ejército Imperial en España, con su Estado Mayor al frente, se concentró en Jerez. Su Comandante en Jefe, el mariscal Claude Perrin, “Victor”, Duque de Belluno, tuvo aquí conocimiento de que el Ejército de Extremadura había pasado días atrás; que había continuado su movimiento hacia la Isla de León por El Puerto de Santa María; y que sus fuerzas habían quedado reducidas a unos siete u ocho mil hombres, de los dieciocho mil preexistentes. No obstante la gran disminución de sus efectivos, el veterano soldado, curtido en campañas y batallas memorables, pensó entonces que su arribada podría determinar a la ciudad de Cádiz a resistir.

En conformidad con las instrucciones que había recibido de José I Bonaparte,  Victor envió a las autoridades civiles y militares de Cádiz a dos de sus edecanes, portadores de una carta que él mismo redactó, en la que invitaba a no oponer una resistencia que consideraba inútil, y que no haría sino prolongar las desgracias de la guerra. El documento es muy relevante, por tratarse del primero de los remitidos a las autoridades de Cádiz por los franceses y por los españoles que se hallaron al servicio del “Rey intruso”. El mariscal consideraba que su contenido se hallaba conforme con las disposiciones bienintencionadas del nuevo monarca, quien en modo alguno deseaba aparecer como un conquistador militar, sino como un rey pacífico y benefactor. De ahí que deseara entrar en Cádiz sin violencia, y ser recibido con las mismas muestras de regocijo y respeto de las que había gozado, tan recientemente, en Córdoba y Sevilla. Su viaje por Andalucía significó la época de mayor felicidad de su aciago reinado. 

La carta fue entregada a los puestos avanzados que los españoles habían situado delante de la Isla de León, y trasladada por uno de sus ayudantes de campo al Duque de Alburquerque, quien firmó una respuesta negativa y señaló que la ciudad se preparaba para la defensa. Entonces, el Duque de Belluno, que no poseía ni artillería de sitio, ni aprovisionamientos para una operación de tal naturaleza, ni fuerzas navales, se decidió a efectuar las aproximaciones y realizar un bloqueo por tierra, con la esperanza puesta en que su presión tuviera efecto, dadas la sorpresa y la confusión de los primeros momentos. El mariscal francés abandonó Jerez el 8 de febrero para reconocer el territorio y preparar un ataque vigoroso sobre la Isla de León. Su Estado Mayor quedó establecido en Chiclana de la Frontera. 

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios