Cádiz

Los lasalianos de la generación del 43

  • Paco Poley y los hermanos Julián y Alfonso Roldán regresan por un día a las aulas del colegio La Salle-Viña para rememorar la reconstrucción de este centro hace 75 años

Alfonso Roldán, Paco Poley y Julián Roldán, en una de las aulas del colegio La Salle-Viña. Alfonso Roldán, Paco Poley y Julián Roldán, en una de las aulas del colegio La Salle-Viña.

Alfonso Roldán, Paco Poley y Julián Roldán, en una de las aulas del colegio La Salle-Viña. / Julio González

El 16 de mayo de 1943 fue un día de celebración para la comunidad lasaliana. Tras tres años de obras, las Escuelas Pontificias de Nuestra Señora del Rosario y San Antonio volvían a abrir sus puertas. Al inicio de la Guerra Civil, este edificio fue incendiado. En mayo de 1940, se colocó la primera piedra y tres años más tarde La Salle-Viña estrenó las instalaciones de las que sigue disfrutando en la actualidad gracias a la aportación realizada por María Martínez de Pinillos, viuda de Luciano Bueno, y a la labor decidida del hermano Ignacio Javier. Aquel 16 de mayo fue una jornada de fiesta por lo que suponía para los Hermanos de las Escuelas Cristianas, aunque las clases no se trasladaron desde el Seminario hasta el mes de octubre, momento en el que este inmueble recobró su actividad.

Han pasado ya 75 años y La Salle-Viña sigue siendo uno de los puntos que da vida al barrio viñero. Nada tiene que ver el ambiente que se respira en la actualidad en las aulas del centro con lo que se vivió en 1943. En un día lectivo, Paco Poley y los hermanos Julián y Alfonso Roldán regresan a las clases para recordar las vivencias de aquella época. Unos recuerdos que siguen vivos y que volverán esta tarde cuando los alumnos de aquella generación reciban un homenaje de La Salle-Viña dentro de los actos de conmemoración de la reapertura.

El hermano Ignacio Javier y María Martínez de Pinillos impulsaron su reapertura

Entre vivencias e historias sobre aquellos tiempos, van apareciendo poco a poco algunos detalles que forman parte de la impronta de la familia lasaliana. Los tres vivieron el cambio del Seminario a La Salle-Viña, con lo que aquello supuso. "Veníamos aquí con la cosa que esto era nuevo, pero nada más porque los hermanos eran los mismos", evoca Julián, que añade que, a diferencia del Seminario, "teníamos las ventanas que daban a lo que entonces era el Palacio de Justicia y tenía una claridad enorme. En el Seminario no la teníamos porque nuestras clases daban a Magistral Cabrera y a Obispo Urquinaona".

Dentro de la tertulia, Paco recuerda como uno de los motivos que le llevaron a estudiar en La Salle que "un tío mío, Agustín Calderón Espada, fue el primero que puso dinero para la reconstrucción del colegio. Dio 50 pesetas". Además, también explica que los alumnos que salían de La Salle eran cotizados, por lo que él acabó en el comercio, empezando su trayectoria en La Catalana, en la calle Pelota. De hecho, Alfonso cuenta que en aquella época "se aprovechaban las oportunidades, como a mí me pasó con el banco -desarrolló su carrera en el Banco Español de Crédito, conocido como Banesto- o a otros con un comercio. Venían a hablar con el director -el hermano Ignacio Javier- para decirle que querían a un niño y él se encargaba de buscarlo para que fuéramos".

Por culpa de los tiempos, las relaciones entre los alumnos y los colegios han cambiado, tal y como ellos cuentan. "Era una vida fabulosa. Ahora quizás nos demos más cuenta que entonces. Cuando terminaban las clases nos quedábamos. Nos tenían que echar para que nos fuéramos a casa", relata Julián. Su hermano Alfonso, por su parte, resalta que "llegaba un domingo y no cogíamos y nos íbamos. Lo mismo había una obra de teatro o la bendición el domingo a las cuatro de la tarde". "Siempre había un motivo para estar aquí", resalta Julián.

Si hay un hermano que ha marcado el destino de La Salle-Viña, éste fue el hermano Ignacio Javier, que estuvo al frente de la recuperación de la actividad docente en este centro tras la Guerra Civil. De él afirma Julián que "era severo, muy severo", aunque Alfonso lo rebate al decir que "era hombre muy bueno hasta el punto de que cuando venía a las clases todos los días repartía vales para ir de excursión". Unos viajes que, continúa explicando, "eran o al Campo de la Aviación, donde hoy están los Depósitos de Tabaco que van a ser la Ciudad de la Justicia, o a las cuestas, donde estaba el puente de San Severiano. Allí nos llevaban a disfrutar de un día cuando reuníamos 50 vales".

El hermano Ignacio Javier no es el único que sale en la conversación. Paco señala que la forma de ser de los docentes "variaba según de dónde eran". Así, el primero que se le viene a la mente procedente del norte de España era el hermano Federico, que "era muy bruto y jugaba al frontón". Precisamente, Julián le tiene un especial cariño al hermano Federico, ya que "cuando iba a Madrid con la pastoral de La Salud iba siempre a verlo. Recordaba todo lo que hacía. A mí me quería mucho y conmigo se portaba muy bien". Por su parte, aunque Alfonso recuerda a otros como el hermano Alonso o el hermano Ildefonso, comenta de aquellos maestros que "su forma de enseñar no era particular de cada uno, sino que los hermanos tenían su forma de educar".

Otra persona relevante de la recuperación de La Salle-Viña y que mantuvo una relación permanente del centro fue María Martínez de Pinillos, benefactora para hacer las obras junto a su marido Luciano Bueno. En relación a ella, cuenta Julián que "un día me ofreció mi padre que si sacaba Primero me regalaba una bicicleta. Doña María daba unos recuerdos al que lo sacaba. Había un corte de traje y yo, en vez de coger el corte de traje, cogí una caja de acuarelas". Una decisión que no le gustó a su padre, por lo que se quedó sin bicicleta, aunque su hermano Alfonso sí la tuvo. "A mí me dolió mucho", afirma Julián.

Otra de las características que forjó la personalidad de los lasalianos era el pique que había entre los alumnos de La Viña y los de La Mirandilla. "Cuando jugábamos al fútbol éramos como el Cádiz y el Xerez", sentencia Alfonso, a lo que apunta Paco que "cuando se acababa el partido, empezaban las peleas". Incluso, Paco apela a la diferencia de carácter entre los estudiantes de ambos centros al asegurar que "la gente de La Mirandilla era más sería. No tenía la gracia de La Viña".

Una visita al colegio les sirve para recordar su infancia, pero también para comprobar su situación actual por la falta de vocaciones. "Choca que entras en este colegio y no ves a ningún hermano", opina Alfonso. Julián, por su parte, recalca que "una de las consecuencias de la educación que tuve aquí fue que me ordené diácono en 1989".

Una manera diferente de entender las cosas que, tras 75 años, les hace sentirse muy unidos al colegio que un día estrenaron.

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