Aquiles López Muñoz Sacerdote

Un hombre idealista empeñado en ayudar a sus hermanos

  • Bondadoso, sensible y un poco idealista, se esfuerza por comprender a los hombres con los que convive

EL padre Aquiles es una de esas personas afortunadas que se sienten bien consigo mismo. No afirmamos, ni mucho menos, que "esté encantado de haberse conocido" sino, solamente, que él es consciente de sus cualidades y de sus límites y, además, que asume con serenidad los eventuales rasguños que, en el cuerpo y en el espíritu, produce la lucha por la vida. Contempla el mundo sin alarmismos porque es realista y, también, esperanzado; y observa a los seres humanos con los que convive, con una mirada comprensiva y compasiva. Alegre y, al mismo tiempo, serio, es amante del orden y de las buenas formas, y, fácil de palabra, posee una notable capacidad para escuchar y para preguntar.

Tengo la impresión de que él está firmemente convencido de que su misión como sacerdote consiste en compartir sus experiencias de fe, de esperanza y de amor con personas de toda condición y, por eso, se esfuerza por hacer partícipes de sus profundas vivencias a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los enfermos y a los ancianos de diferentes ideologías y de todas las mentalidades.

Para él la vida cristiana consiste en vivir en plenitud, apoyándose en la confianza en las palabras de Jesús de Nazaret y expresando su alegría cuando, al descubrir las múltiples caras de la realidad, nos muestra el envés y el reverso de muchas cuestiones complicadas de las que él extraer nuevos sentidos. Ahí reside, en mi opinión, su habilidad para iluminar algunos hechos que, a simple vista, nos parecen sombríos. La vida, todas las vidas, como él afirma, giran en torno a una dualidad: la muerte y la resurrección, las sombras y las luces, las noches y los días, los temores y las esperanzas.

Por eso se pregunta permanentemente qué ha de servir, cómo ha de servir y, sobre todo, a quién ha de servir. Por eso él está tan atento para escuchar el latido y la zozobra del sentimiento humano y se ofrece para ayudar a los que le piden apoyo y para contribuir "modestamente" a que los demás, insertos en el mundo de hoy, con sus contrastes, conflictos y desafíos, vivan lo que él experimenta. Por eso evita la tendencia al ensimismamiento, esa "anorexia de la alteridad" y esa especie de "autismo lúcido" en el que, a veces, caen algunos eclesiásticos. El sacerdote es -explica- un cauce anchuroso por el que discurre y se transmite la fe, la esperanza, el amor y la alegría a todos los que, en su vida ministerial, ha de servir.

En sus homilías, en sus reuniones parroquiales e, incluso, en las conversaciones informales, repite una y otra vez que es necesario que los cristianos expresemos nuestra esperanza y nuestro amor en las actividades más cotidianas de la vida, e insiste en que tenemos que llegar a palpar, a vivir, a descubrir a Dios latiendo, con presencia cierta y amor entrañable, en las mil y una cosas y personas que conforman nuestra vida cotidiana: en el aula, en el centro educativo, en el hospital, en la oficina, en la casa, en el barrio, en las diversiones y en los problemas.

Por eso él centra sus diversas actividades pastorales en la Eucaristía, ese refugio que nos protege y nos defiende de la vida dura, conflictiva y deshumanizada, en la que, a veces, nos movemos; esa fuente fecunda, esa cima, ese reconfortante alimento que nos ayuda a pasar de la violencia a la paz, de la confusión a la claridad, de la agitación a la serenidad, del caos a la belleza de la creación. Para ello -explica-, hemos de celebrarla planteándonos y revisando nuestra actitud y nuestra actuación, sobre todo, ante los marginados y ante los excluidos de esta sociedad.

El padre Aquiles, a partir de la lúcida conciencia de sus limitaciones, busca la luz, la paz y la belleza, persuadido del poder de la oración rutinaria de los hombres sencillos, y ahonda, siguiendo su vocación fundamental de creyente, para cultivar los valores radicales del Evangelio con el fin de lograr la irradiación de su fe y el compromiso con esta sociedad que, insatisfecha, en algunos momentos se siente vitalmente desamparada.

Cercano y cordial, Aquiles se empeña, más que en salvar a la humanidad o en redimir el mundo, en ayudar a sus hermanos; bondadoso, sensible y un poco idealista, se esfuerza por comprender a los hombres, por aceptar sus limitaciones y por acoger no sólo a los más "próximos" sino también en ofrecer sus servicios a los que, lejos de nuestras fronteras, necesitan pan y paz.

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