• Juana y María José, dos personas receptoras de los alimentos de Virgen de Valvanuz, cuentan su lucha diaria para sobrevivir en tiempos de pandemia

  • La primera perdió su casa cuando rozaba los 70 años tras hipotecarla para ayudar a sus hijos

Las colas del hambre en Cádiz “¿Hasta cuando voy a estar sufriendo?”

María Jesús Almazo aparece con el carro que acaba de llenar en Virgen de Valvanuz. María Jesús Almazo aparece con el carro que acaba de llenar en Virgen de Valvanuz.

María Jesús Almazo aparece con el carro que acaba de llenar en Virgen de Valvanuz.

Julio González

Escrito por

· Melchor Mateo

Redactor jefe

“Estoy llorando desde que era chica”. A Juana Candón Utrera le brotan las lágrimas apenas unos segundos después de contar a este periodista su historia en un habitáculo de la sede la Fundación Virgen de Valvanuz en la calle Santiago. Ella forma parte de una de las más de 400 familias a las que se atiende en esta fundación religiosa desde que se decretó el estado de alarma. Desde que se inició la pandemia han triplicado el número de núcleos familiares usuarios.

Hoy toca recoger los alimentos que una vez al mes le entrega esta institución hacia la que se deshace en elogios, en especial hacia Manoli. Juana Candón se mueve con dificultad. Tiene 73 años y debería estar viviendo una jubilación plácida disfrutando de los hijos y los nietos pero ahí está hecha un mar de lágrimas luchando por sobrevivir cada día: “¿Hasta cuándo voy a estar sufriendo? Llevo sufriendo mucho en la vida y yo no me lo merezco”.

Lágrimas porque hace años tenía un piso en la barriada de La Paz en la que había convivido con su marido, un operario de astilleros que fue prejubilado hasta que falleció, y criado a cinco hijos, “de los cuales tengo a dos malitos”.

Cuando enviudó se quedó con una pensión “que para mí sola está bien pero no para todas las personas que tenemos que vivir de ella”. Hipotecó el piso de la Barriada para tratar de ayudar a sus hijos en plena crisis económica y los problemas se fueron acumulando hasta que los impagos hicieron que el banco se quedara con el piso y tuviera que abandonar el que había sido su hogar durante muchos años.

Si desde hace muchos años viene luchando contra viento y marea por su situación personal, ahora pasaba encima a ser una mujer mayor que no tenía ni siquiera hogar. A través de los servicios sociales del Ayuntamiento consiguió una vivienda en la calle san Roque en el barrio de Santa María.

Uno de sus hijos ya había sido usuario de Virgen de Valvanuz y Juana, justo unos días antes de la pandemia, entró en la rueda de la caridad y la recepción de alimentos para poder tirar.

“Hay veces que no tengo ni para comprar el pan”. Los meses son muy largos y más cuando recibe la pensión que tiene y empieza a pagar los gastos de la vivienda y todo lo que tiene fiado. Todos sus hijos, menos uno, se encuentran desempleados y además estos tienen sus propios hijos, por lo que la pensión se tiene que estirar a un extremo que no aguanta.

Siente una carga demasiado grande sobre sus espaldas: “Soy el pilar de mi casa. El día que yo falte se viene todo abajo”.

Juana asegura que es la única ayuda que reciben en forma de alimentos y echa de menos otros productos que son necesarios en una casa como son los de limpieza e higiene personal.

Sin dejar de llorar afirma que le cuesta tener esperanza con el futuro.Le preocupa muchísimo que le puedan cortar el agua y pregunta que qué puede hacer para solucionar el tema porque tampoco está al día.

María José Almazo también es viuda pero sobrepasa por muy poco los 50 años. Minutos antes de recibir los alimentos cuenta su historia, la de una mujer que enviudó hace siete años y que tiene como único ingreso una paga de 517 euros a la que sólo en el alquiler se le van 380 euros.

Sin embargo, María José lleva con resignación su situación “porque mis hijos ya son mayores pero se me cae el alma cuando veo a familias que tienen a sus niños aún pequeños”.

Asegura que desde que se inició la pandemia la situación ha ido aún a peor. Por ejemplo, a ella le afecta directamente a la hora de encontrar trabajo “porque a veces he estado cuidando a personas mayores y con lo que tenemos lo complica todo. También he trabajado en la hostelería pero ahora ya nada más que quieren jóvenes”.

Sus únicas ayudas que recibe es la de los alimentos una vez al mes en Virgen de Valvanuz y lo que recibe un mes sí y un mes no en los servicios sociales municipales”.

María José Almazo se muestra muy agradecida por todo lo que recibe en Virgen de Valvanuz: “La labor que hacen aquí es tremenda”. Lleva tres años como usuaria de esta institución “y la verdad es que siempre son muy agradables con nosotros. Me pongo en el lugar de ellos y están sobrepasados”.

Reciben alimentos básicos como arroz, legumbres y otros muchos pero señala que en las ayudas que tienen no hay productos de limpieza o higiene personal, que también son básicos. Ahora también se está tratando desde muchas organizaciones asistenciales tratar de cubrir los productos perecederos: “Está claro que para nosotros es imposible hacer una dieta equilibrada y vuelvo a repetir que estoy muy agradecida por lo que recibimos”.

Almazo asegura que los meses se le hacen muy largos y conforme va pasando el tiempo le cuesta más trabajo pensar que va a poder salir de la situación en la que lleva instalada desde hace años: “hay gente que me dice que soy negativa pero yo les contesto que lo que soy es realista. Lo que está pasando en Cádiz no es normal. Somos los últimos en todo. ¿Qué futuro van a tener nuestros hijos?”.

Y los que reciben solidaridad también la aportan cuando pueden. De hecho ella ha ido entregando cuando ha podido ropa para el servicio que tiene también Virgen de Valvanuz, aunque éste se encuentra ahora suspendido por motivos del Covid.

A María José Almazo se le parte el corazón cuando ve cada vez a más familias que antes no iban por allí y que ahora se ven obligadas a recibir alimentos para salir adelante. Al igual que le parece a Juana Candón y a casi todos los que acuden a la calle Santiago, los meses se les hacen muy largos “y tengo que hacer piruetas para poder llegar al final”.

Ellas dos son sólo una muestra de lo que en Virgen de Valvanuz reciben a diario. Como dicen las propias personas que hacen allí su labor, es muy duro porque cada vez que conocen la situación de una persona. Hay otra que la supera aún más. De hecho, sobre sus hombros queda no sólo la responsabilidad de que tengan alimentos en muchas familias de la ciudad, sino también un lugar en el que poder desahogarse con la esperanza de que el futuro sea mejor que el presente.

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