Marta Boto | Gaditana en Milán "No te conciencias hasta que te alarmas"

  • Residentes en la Lombardía, Marta y su familia llevan ya casi tres semanas de reclusión en su casa

Marta Boto y su familia, delante del Duomo de Milán, en el último paseo que dieron por el centro de la ciudad. Marta Boto y su familia, delante del Duomo de Milán, en el último paseo que dieron por el centro de la ciudad.

Marta Boto y su familia, delante del Duomo de Milán, en el último paseo que dieron por el centro de la ciudad. / D.C.

Marta Boto vive en Monza, a veinte minutos de Milán. Gaditana de origen, llegó a la Lombardía hace dos años por un traslado de su marido, que trabaja en una multinacional: “Nos ofrecieron trasladarnos desde Madrid y, como tenemos dos niñas de doce y catorce años, por cosas como el idioma y estudiar en una escuela internacional, pensamos que sería una buena idea”. Y sí, fue una buena idea: se adaptaron pronto, se apuntaron a clases de italiano, hicieron piña con familias españolas, “mi idea era empezar a buscar trabajo ahora”.

Marta está ya desde hace semanas aislada en su casa. Sus hijas llevan ya tres semanas sin clase –con aula virtual– y creen que no volverán hasta finales de abril. Justo mañana (hoy, para el lector) es su cumpleaños: “Tendré un cumpleaños virtual, un vídeoconferencia con amigas. Será un recuerdo bonito: mira, un cumpleaños distinto, que no se me olvidará en la vida”, comenta.

Vosotros –insiste– sois nosotros hace dos semanas, ese es mi mensaje a mi gente y amigas de Madrid”. El primer lunes de Carnaval, el 24 de febrero, fue el primer día sin clases. Coincidió con los días de vacaciones de la “semana blanca”, e incluso se llegó a pensar que “se intentaba aprovechar un poco”. La escuela de italiano también cerró por vacaciones. No le dieron ninguna importancia. Ese domingo –recuerda– fue el día en que “todo el mundo entró en pánico: echándose a las tiendas, como en España. La mitad de los españoles que conocemos cogieron los bártulos y se fueron a España; otros, directamente de vacaciones. Los que nos quedamos pensábamos: qué exagerado todo, ¿no?”.

Después –la escaleta es idéntica que en España– se empezó a decir que aquello era más serio que una gripe: “El colegio virtual empezó a funcionar muy bien desde el principio, incluso con clases de gimnasia –prosigue Marta–. La pequeña se quejaba de que hasta le hacían ponerse el chándal. Pero está muy bien conseguida la pauta: el horario es clavado y les hace mantener una constancia. Pero claro, llegaban las cuatro y querían ir al centro. Pobres, pensabas. Pues a la calle. Aun así –continúa–, sólo hemos salido una vez, que no sea a lo estrictamente necesario, durante estas tres semanas”. En la urbanización en la que viven, les han mandado un mensaje pidiéndoles no salir siquiera al jardín común: “Es difícil tomar conciencia cuando no tienes síntomas ni eres población de riesgo. Cuesta encontrar la medida exacta: no puedes alarmar a la sociedad, pero no te conciencias hasta que no te alarmas, hasta que te para un policía en la calle”.

“Vosotros –continúa– al menos tenéis nuestra experiencia previa. Los consejos que empecé a dar a mi familia eran los que me daban a mí: no vayáis al cine, no vayáis a Pilates, no hay necesidad... Nosotros no hemos tenido ni ese reflejo porque vemos a China como algo lejano, ¿verdad?”. Pues sí. Quien esté libre de etnocentrismo, que tire la primera piedra.

La charla con Marta Boto se produce recién conocerse que en Italia sólo permanecerán abiertos supermercados y farmacias: “No es tanto eso –indica–, también están abiertas las oficinas de Correos y los puntos de prensa, por ejemplo, y algunos buses siguen funcionando. Pero todo lo demás, cerrado. Nunca me hubiera imaginado que iba a ver las tiendas de moda de Milán cerradas, o La Scala cerrada, que sólo ha cerrado tres veces en su historia”.

Piensa que en Madrid terminará decretándose también el aislamiento:“Salir no es imposible, sin embargo: puedes obtener un permiso laboral, por ejemplo. Pero supuestamente, la prohibición es que no puedas salir normal por la calle, dos personas dando un paseo, te llaman la atención”.

Psicológicamente, el encierro no es “tan duro como pudiera parecer –explica–: cambias tu rutina, la segunda semana es más pesada, tienes que ir pensando en cosas para no aburrirte, pero se te ocurren manualidades, hacemos la compra online, mis hijas y yo nos hemos hecho la manicura, la pedicura, hasta hablamos más que antes... te adaptas”.

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