Los primeros pasos del cine en Cádiz

El clasismo gaditano y el cinematógrafo

  • La apertura de las primeras salas de proyecciones se topó con la extendida costumbre de la diferenciación social en los locales destinados al entretenimiento y el ocio cultural

El Gran Teatro. Hacia 1920.

El Gran Teatro. Hacia 1920.

En las primeras décadas del XX la sociedad gaditana, como la de toda España, era enormemente clasista, con unas desigualdades económicas y culturales que marcaban la vida social en su conjunto. Los miembros de una u otra clase social vivían en zonas diferentes, vestían de forma diferente, comían de forma diferente, se divertían de forma diferente. La burguesía y la clase obrera, aunque vivieran en la misma ciudad, hacían vidas paralelas que se cruzaban en el interior de las viviendas, por necesidades del servicio doméstico.

Este aspecto, aun siendo determinante para entender la vida de la ciudad, en muchas ocasiones se olvida, viéndose los acontecimientos del pasado sin perspectiva de clase, como si todos los gaditanos y las gaditanas que poblaban la ciudad en aquellos años vivieran de igual modo los acontecimientos que históricamente se narran. Como ejemplo, cuando se comentan los paseos por la Alameda a principios del siglo XX, hay que recordar que a ellos (aun estando abiertos a todos los ciudadanos sin restricción alguna) únicamente acudían los que tenían el estatus, los vestidos, la educación y el ‘saber estar’ de la clase burguesa, quedando para los miembros de la clase trabajadora, la gran mayoría de la población, la función de mirones (si no molestaban).

Algo similar sucede cuando se hace historia del cine, que se habla de los locales de proyección, del negocio cinematográfico, de la programación de las películas, etc., como si los espectadores, en su conjunto, fuesen un colectivo homogéneo y no miembros de una clase social, con una peculiar perspectiva del espectáculo y de las imágenes que se proyectaban. Ciertamente es un asunto complejo y su investigación no es fácil, entre otras causas porque la información generalmente procede de los periódicos y estos solían estar mediatizados por los intereses y la mentalidad de la burguesía. Lo que no significa que la clase burguesa fuese un colectivo enteramente homogéneo, siendo diversos sus intereses particulares, planteamientos ideológicos y opciones políticas.

Cuando llegó el cinematógrafo a Cádiz, el 6 de octubre de 1896, lo hizo al Teatro Principal, un local cotidianamente frecuentado por la burguesía donde, como en todos los teatros, la gente también iba para ver y ser vista en la localidad que ‘le correspondía’ según su estatus. Pero el cinematógrafo trajo la exigencia técnica de que la sala estuviese a oscuras y los espectadores se situaran frontalmente ante a la pantalla. Una oscuridad igualitarista que no agradó a la burguesía, pero que, como se produjo en ‘un feudo’ ya burguesamente estructurado, con butacas, palcos, plateas, anfiteatro y grada, el asunto quedó desactivado. A lo que hay que añadir que la clase burguesa acogió muy favorablemente aquella “novedad científica” que le ofrecía “fotografías animadas que hacen llegar hasta nosotros escenas de la vida real”. Unas peliculitas mudas de menos de 5 minutos que, para llenar el tiempo de programación, se combinaban con breves representaciones teatrales o números de variedades. Eran aquellos momentos originales del cinematógrafo en que algunos creyeron que visto una vez, pues…ya estaba visto, y cuando sus propios inventores, los hermanos Lumière (muy listos, pero tan atados a su tiempo como cualquier hijo de vecino), se negaron a vender la patente por considerar que aquello simplemente sería una pasajera atracción de feria.

Pero solo dos años después, empezó a haber ‘empresarios cinematográficos’ (por llamar de alguna forma a aquellos que adquirían un proyector y una colección de peliculitas) con suficientes medios como para construir pabellones de madera donde realizar sus proyecciones y no tener que estar pendientes de los ‘huecos de programación’ en los teatros (en Cádiz, D. Francisco Sanchís, D. Antonio de la Rosa y D. Francisco Escudero). Aunque aún no hubiese películas suficientes para cubrir una programación de forma continuada y se vieran obligados a ir con su barracón de ciudad en ciudad (por temporada, feria del frío o celebraciones del verano), y recurrir a espectáculos mixtos de cine y variedades.

Pero estos pabellones fueron nuevos escenarios para el ‘desencuentro social’. Por una parte, el cinematógrafo, en general, era un espectáculo sorprendente y moderno, pero por otra, en estos recintos con localidades baratas, con la luz apagada, con sillas o bancos corridos, llenos de gente modesta, con sus modos, olores y comentarios…Quizá mejor esperar a que se volvieran a contratar proyecciones en el Teatro Principal o incluso en el más modesto Teatro Cómico. Una circunstancia que los empresarios cinematográficos intentaban superar atrayendo al público burgués con invitaciones a personas cualificadas (autoridades, clérigos, ‘familias conocidas’, niños de colegios), celebrando veladas caritativas (a favor de los pobres, el asilo o los repatriados de Cuba) o con ‘días de moda’ en los que se proyectaban peliculitas ‘de su gusto’.

En Cádiz, la primera ocasión en que este ‘desencuentro social’ se produjo a la inversa (es decir, por la entrada de la clase trabajadora en un ámbito burgués), ocurrió cuando en el exclusivo Balneario Reina Victoria, en 1907, se instaló un cinematógrafo y se unificaron los precios de las entradas en 15 céntimos, lo que provocó, en palabras del gacetillero, que “en una noche se cambiara por completo el aspecto del Balneario, democratizándolo y haciendo que concurra público de todas clases sociales”.Respecto al otro asunto que ya hemos mencionado, el diferenciado gusto burgués sobre el cine de los primeros tiempos, tenemos en Cádiz breves pero significativas muestras.

En enero de 1905 Diario de Cádiz publicó una nota remitida por un grupo de burgueses, asiduos concurrentes al barracón Cinematógrafo La Rosa, en la que se solicitaba al propietario del mismo que, a ser posible, dividiese las sesiones poniendo en unas cintas reales, del natural, y en otras las de magia o fantasía. Como queriendo separar a los espectadores de una u otra clase social, atendiendo al gusto preferente por los tipos de cintas. Petición a la que el empresario parece que accedió, ya que unos días después se publicaba que se estaban proyectando cintas “tomadas de asuntos reales más que las impresionadas en escenarios, con sus obligados personajes que se descabezan, se convierten en alimañas o salen volando”. Gesto que desde el Diario agradecieron los remitentes de la solicitud. Mostrando así un gusto burgués por las cintas documentales (tipo Lumiére) que, con su potente “sensación de realidad”, ilustraban sobre circunstancias, aspectos y lugares del mundo, y una indiferencia, si no desprecio, por las cintas de ficción (tipo Méliès), campo, al parecer, que consideraban ‘perteneciente’ al teatro.

También en aquel invierno de 1905, se publicó que “el cinematógrafo, a pesar de la fiesta del Casino, estaba concurrido por personas de nuestra buena sociedad. La novedad de exhibirse pocas cintas de fantasía llena cada noche el cómodo Salón, y aunque está por terminar la temporada, aún quedan cintas por estrenar. Asiduos concurrentes desearían volver a ver La entrada de Alfonso XIII en Barcelona”. Aunque se añade: “Uno de los entretenimientos del cinematógrafo lo constituyen los comentarios del público; se oyen buenas ocurrencias (entre otras muchas con bastante poca gracia)”.

Esta preferencia burguesa por la filmación de la realidad frente a la elaboración fílmica de asuntos de fantasía, llegaba a tal extremo que cuando en aquella temporada se proyectó la primera versión de El hombre de la máscara de hierro, el gacetillero llegó a distinguir, en la misma filmación, lo que era y no era real: “Aparte del convencionalismo inevitable de estos asuntos es muy hermoso el espectáculo real de la caída de aguas de las fuentes de Versalles. Están tratados con gran propiedad el atrezo y vestuario. El éxito será mayor conforme el público se entere bien de los efectos de luz y de la naturalidad del medio”. Rematando la crónica con el siguiente comentario: “Parecía día de moda por lo escogido del público que llenó el Salón”.

Hoy ya sabemos que el cinematógrafo creció y se ganó el futuro cuando, definitivamente, pasó a ‘contar historias’ (dejando como producto residual la documentación visual de la realidad), momento en que la burguesía pasó a poner en el primer plano de sus consideraciones la exigencia de ejemplaridad social y moral (según su propia escala de valores) de las historias que se contaban. Aunque, aún en mayo de 1910, la Revista Teatral llamó la atención al señor Martín, propietario del cinematográfico que funcionaba en el Teatro Principal, sobre las películas “con escenas de ficción, de robos, asesinatos y otros desmanes que solo sirven para asustar a niños y espantar a criadas de servicio, cuando acontecimientos reales, viajes, funcionamiento de fábricas, etc., instruyen y deleitan haciendo pasar un rato agradable a los espectadores”.

Pero, tras estas batallas, el colectivo burgués de Cádiz perdió su guerra cultural cuando, trece años después de inaugurado el Gran Teatro (que se pretendió fuese bastión inexpugnable para el cine y la caterva popular que lo acompañaba), se comprobó que este no era comercialmente viable sin complementar el teatro con la proyección de películas. Se dijo en la prensa que serían películas “con un carácter especial y distinto”, “de las que dan esa sensación de realidad vivida que solo produce la verdad”, que “nada tienen que ver con las que se proyectan en otros locales”, etc. El 17 de noviembre de 1923 se iniciaron en el Gran Teatro las primeras ‘Veladas Aristocráticas de Cinematógrafo’. Había que contentar a los opositores de aquella apertura, integrarlos y disimular la derrota.

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