Coronavirus en Cádiz Los cancerberos del confinamiento

  • El de portero de finca ha pasado de ser un empleo casi en extinción a convertirse con la crisis sanitaria y el encierro en ángeles de la guarda para muchos vecinos

Manuel Suárez, el Lolo, estos días, sacándole brillo y desinfectando el portero automático para evitar contagios.

Manuel Suárez, el Lolo, estos días, sacándole brillo y desinfectando el portero automático para evitar contagios. / Julio González (Cádiz)

Hasta que llegó el confinamiento, los buenos días o las buenas tardes eran sus expresiones más usadas. Ahora, los vecinos de las viviendas en las que ejercen de portero ya no salen apenas.

Ellos siguen ejerciendo sus funciones, el limpiadito de la entradita, el ascensor, el reparto de cartas, la retirada de la basura... Siguen siendo esenciales por mucho que algunos lo duden, y más en edificios en los que la edad media de sus vecinos está por encima de los 65 años.

Para ellos, para esos mayores que ahora toca cuidar más que nunca, los porteros o conserjes se han hecho más imprescindibles que nunca. Ellos miman y cuidan a sus convecinos como si fueran parte de su familia.

Pero Manuel Suárez, posiblemente uno de los porteros de Cádiz con más historias, no por su edad, porque tiene sólo 50 años, sino porque sobre sus espaldas lleva una vida que él comparte con este Diario con mucho gusto.

No antes de confesar que se siente muy querido por las ochenta familias que cuentan con sus servicios desde hace ya 16 años, hace una apreciación. "No soy portero. Soy conserje. Hay una gran diferencia. Yo, gracias a Dios tengo mi casita en la calle Botica".

Es importante el detalle semántico pero lo importante es que Manuel, el Lolo, es para muchos de sus jefes todo un héroe que ha tenido que sacarle brillo a su capa con la crisis sanitaria. "Reconozco que me llevo bien con el 99% de los vecinos. Siempre tiene que haber un malaje pero me llevo bien con casi todos". Y es que el Lolo, como prefiere que le llamen (advierte que muchos de los vecinos le llaman Manolo o Manuel, "pero no voy a discutir con nadie por esa tontería"), afirma que en esos 16 años que lleva ejerciendo de portero en Ana de Viya, 32, le ha dado tiempo de ver casarse a muchos de los niños que habitaban en el edificio cuando él llegó. "Yo cojo cariño a mis vecinos y ellos a mí y me lo demuestran cada día".

A él no le gusta que lo califiquen ahora de héroe "porque yo hago lo que me dicta el corazón. Y si no lo hago así, no soy feliz". Dice que ellos saben que "cuando ha habido algún problema, aquí me tienen". Reconoce que la mayoría de los mayores que viven en este edificio están muy bien atendidos por sus familias y que recientemente ha llegado una nueva hornada de familias jóvenes que son "todos una maravilla de personas". "Yo sólo les digo eso: si necesitáis algo aquí me tenéis".

De todas maneras, a pesar de su oratoria, se considera una persona vergonzosa. "Y, además, con esto ahora del coronavirus lo estoy pasando fatal porque intento atenderlos pero me da miedo llamar a las puertas porque sé que están todos confinados y no quisiera yo pegarles nada". El Lolo se mueve por la vivienda con mascarilla y con guantes y relata que una de sus tareas de cada día es, entre otras muchas, la desinfección del pasamanos de la escalera y del ascensor.

El covid-19 "ha demostrado que muchos de los empleos que muchos pensaban ahora prescindibles, se han convertido en imprescindibles". "Ahora mismo un vecino, Ildefonso, me ha llamado para recoger un pastel que tenía para mí y le he dicho que me lo tuviera preparado en la puerta para no tener más contacto de la cuenta. Me da miedo por ellos. Ellos sí que son auténticos héroes de toda esta historia".

Entre sus cientos de experiencias cuenta que hace unos días pasó mucha pena con Angelita, una de las vecinas, según cuenta, porque "me dijo que cada tarde salía a aplaudir a la ventana y veía esos balcones llenos de familia, y yo tan solita...". El Lolo no lo dudó y le respondió: "No digas eso Angelita, si quieres me vengo contigo cada tarde a aplaudir contigo. Nunca dejaré que te sientas sola".

Esa misma señora, Angelita, tuvo su primera experiencia de compra online en Hipercor. "A ella se le hizo un mundo", pero de nuevo superlolo acudió en su ayuda. "No te preocupes. Cuando llegue el señor de la tienda usted se mete en el salón y yo me ocupo de él y le limpio con lejía los productos y así no tiene por qué preocuparse".

Son decenas de historias las que guarda ese medio siglo de vida de este conserje, que no portero. Su vida daría para un libro o incluso para dos. Después de una mili que le tocó vivir en Melilla decidió tirar par Barcelona. Su vocación eran las Bellas Artes y optó por descubrir nuevo mundo. Pero su experiencia en tierras catalanas no fue precisamente buena. "Allí pensaban que era sudamericano; me pedían papeles allá por donde iba. Allí me robaron mi identidad".

Otro gallo cantó cuando decidió cambiar Barcelona por Madrid. "Allí sí. Allí, nada más llegar, y nada más escucharme me soltaron aquello de que se notaba que era andaluz y que seguro que era de Cádiz".

En la capital del Reino ejerció de cocinero, de relaciones públicas en alguna discoteca y algún restaurante. Hizo hasta de payaso en una pizzería. "Todo se me daba bien. Yo hago lo que haga falta". Pero el Lolo no podía quedarse quieto, y desde Madrid, tras una corta estancia en su Cádiz natal, saltó a Reino Unido sin tener "ni papa de inglés". "Yo aprendí I'm looking for a job y listo. Ya todos pensaban que sabía inglés".

Llegó allí con 27 años y allí empezó de washing up fregando platos en algunos restaurantes hasta que terminó en uno en el que dio el salto a la cocina. "El dueño era un gallego y el cocinero era un polaco que hacía unas paellas que daban asco. Era arroz cocido con sabor a calamares". Un día se pelearon el gallego y el polaco y el Lolo le echó cara y terminó en la cocina haciendo paella".

"Siempre me quitaré el sombrero porque Inglaterra me dio más oportunidades que España. Los ingleses, a pesar de que son unos borrachos y unos siesos para muchas cosas, son buenos para otras".

Pero su madre se quedó sola en Cádiz tras fallecer su padre y ya "le pedí a Dios que me trajera para Cádiz". Fue su hermana la que le avisó del puesto de conserje, que no de portero, que se quedó en Ana de Viya , 32, donde ahora sigue y donde, para muchos, es y seguirá siendo un héroe llamado Lolo.

José Manuel, un conserje capillita

No es Lolo ni tampoco tiene su edad. Aclara también que es conserje y no portero porque comenta que cada vez es más raro que los propietarios del edificio te alquilen o te cedan una vivienda. "Hasta hace diez años sí era una práctica más habitual y te daban a elegir entre ocupar una vivienda en el edificio o bien recibir una ayuda para alquilar tu propio piso".

José Manuel Campuzano, con su mascarilla, dándole lustre a la entradita. José Manuel Campuzano, con su mascarilla, dándole lustre a la entradita.

José Manuel Campuzano, con su mascarilla, dándole lustre a la entradita.

José Manuel Campuzano tiene 31 años y lleva siete ejerciendo de conserje en el edificio de Cayetano del Toro, 46. Allí empezó con una empresa de limpieza tirando sólo la basura, pero pronto se ganó la confianza de las 72 familias que se alojan en las once plantas de este edificio.

Sus tareas habituales son "un repaso al portal cada mañana y cada día hace tres plantas, reparte las cartas, limpia los ascensores... Tú sabes, con tantos vecinos hay que estar atento siempre a lo que requiere el edificio".

José Manuel concilia sus deberes de conserje con su vocación de cargador. "Es del todo compatible porque lo que hago es que me guardo algún día libre para el día que tengo que salir". Pero este año se ha quedado sin poder cargar, aunque guarda un gran recuerdo de su paso por Afligidos, por la Oración del Huerto o la Virgen de la Salud.

El confinamiento le ha llevado ahora a un recorte de horarios. Han sido, según él mismo relata, los propios vecinos los que me han ofrecido esta posibilidad sin tocarle el sueldo. "Reconozco que he dado con una buena comunidad de vecinos".

Cuenta que lo primero que hizo en cuanto se anunció el confinamiento fue poner un cartel junto a los buzones ofreciéndome a los vecinos para todo lo que necesitaran. "La verdad es que me han llamado sólo dos vecinos para hacerles algunos mandaíllos. Son personas de más de 70 años y necesitan ese cable con el que me siento totalmente satisfecho".

Miguel Garrido y sus 108 vecinos

Miguel sí es portero. Reconoce a mucha honra que vive en el ático del edificio ubicado en el número 1 de la calle García Agulló. Son 11 plantas y 108 vecinos, a nueve familias por planta. Casi nada.

Entre tanto propietario habla de que muchos de ellos son personas mayores y "que necesitan tener a alguien pendiente de ellos".

Miguel Garrido se cuida de que a sus 108 vecinos no les falte de nada. Miguel Garrido se cuida de que a sus 108 vecinos no les falte de nada.

Miguel Garrido se cuida de que a sus 108 vecinos no les falte de nada.

Eso no va en el sueldo sino en la persona. "¿Y el hecho de vivir aquí en el edificio te convierte en portero de 24 horas?"; le preguntó este Diario. "No, hombre yo tengo un horario estipulado en contrato pero es evidente que, por humanidad, si una persona necesita ayuda, ¿a quíén van acudir mejor que a mí que me tienen cerca y confían en mí?".

De hecho cuenta Miguel que muchos vecinos han dado su teléfono personal en teleasistencia por si algún día les pasa algo "o se caen o lo que sea, puedan acudir directamente a mí". La confianza que esos 108 vecinos tienen depositada en Miguel se nota en su llavero en el que porta llaves de casi todas las viviendas y de cada uno de los rincones del edificio.

Muchos de los propietarios son personas enfermas que, ahora con la crisis, se sienten aún más solos. "Me piden que les baje a la farmacia o a cualquier recado y lo hago gustosamente".

Con el confinamiento prefiere guardar las distancias y lo que hace es que en vez de visitar a los vecinos puerta por puerta usa el telefonillo para preguntar por cómo están a aquellos que más le necesitan , "no vaya a ser que se vean apurados en algún momento".

Miguel reconoce que no lleva nada bien eso del confinamiento y que le da "gracias a Dios por poder seguir trabajando". Está casado con una chica auxiliar de clínica del Puerta del Mar, "así que ya se puede usted imaginar el riesgo que corre ella cada día por culpa del coronavirus. Aún así, el prefiere seguir en su puesto al frente de sus 108 vecinos.

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