Perfiles. Carmen Pemán Medina

Tacto y sensibilidad como valores de una mujer muy comprometida

  • Sintoniza con todos los episodios de nuestro Cádiz porque posee un corazón y un carácter intensamente gaditanos

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CARMEN PEMÁN, esa señora sobria, discreta y elegante, con la que a veces nos cruzamos por la calle Columela, personifica, a mi juicio, el amplio desarrollo que, durante los últimos decenios, ha experimentado el papel de las mujeres en la Iglesia, sin que hayan perdido los valores que, tradicionalmente, las adornaban. Su densa biografía como catequista y como agente de la pastoral matrimonial en la Parroquia de El Rosario, demuestra cómo los sucesivos pasos que han dando las mujeres en la conquista efectiva de unas tareas eclesiales se ven favorecidas por esas virtudes características que, como la delicadeza y la seriedad, son compatibles con las líneas convergentes de la entrega generosa a su familia y del cultivo esmerado de las relaciones sociales.

Carmen sintoniza con todos los episodios de nuestro Cádiz porque, como dicen sus amigos, ella posee un corazón y un carácter intensamente gaditanos. Si su mirada desprende una singular luz y una intensa serenidad, las líneas vitales de sus actitudes y de sus gestos dibujan el perfil humano de una señora que, contra los vientos de las convenciones machistas y contra las mareas de los intelectuales oficiales, ha sabido saltar las barreras arbitrarias que impedían consumar su crecimiento personal y cumplir con las tareas pastorales exigidas por su delicada conciencia moral. Su calidad humana pone de manifiesto unos valores que, como por ejemplo, la fortaleza y la delicadeza, la agudeza crítica y la capacidad de síntesis, la firmeza y la versatilidad, la finura y la libertad, la hondura y el equilibrio, a primera vista pueden parecernos virtudes contradictorias.

El elevado nivel de estas cualidades se evidencia, a mi juicio, en sus actitudes y en sus comentarios sobre los episodios cotidianos, en sus agudas y sugerentes críticas sobre esos hechos que nos atañen a todos y que, en el fluir continuo de los días, hacen que cada instante de la vida sea toda la vida. La calidad y la claridad de sus conceptos, el rigor de sus modelos estéticos y religiosos, y la sencillez de su lenguaje coloquial, son permanentes invitaciones para que los demás nos decidamos a unir trabajo, oración y vida, y para que busquemos sin desmayo el bienestar posible y optemos con decisión por los auténticos valores. Ella sabe muy bien que, en última instancia, son las actitudes y los gestos humanos los que imprimen las huellas biográficas más profundas y los que dejan los rastros personales más permanentes. Estas marcas vitales, que reflejan sus rasgos personales, son las únicas señales que el tiempo respeta y que el olvido no es capaz de borrar; son los datos que le confieren su verdadera dignidad y que le proporcionan la plena posesión de sí misma.

Su vida nos demuestra que el lenguaje más claro y más persuasivo es el del testimonio, y que el esfuerzo permanente siempre obtiene premio porque, como es sabido, lo que vale cuesta, pero, también, que todo lo que cuesta tiene su recompensa. Con su paciente entrega y con los pequeños detalles de afecto, ha logrado el aprecio de muchos y el respeto de todos. Minuciosa y detallista, María está dotada de un exquisito tacto y de una delicada sensibilidad; posee, sobre todo, un estricto sentido de la realidad y una sorprendente capacidad para modular sus intervenciones. Por eso sabe afrontar las situaciones de tensión y evita que los más próximos sufran a causa de sus propios sufrimientos. Mujer esencialmente moderada y conciliadora, vive la vida con la elegancia que siempre le caracteriza, muestra su sencilla verdad, cultiva la amistad y sigue la senda de la discreción y de la tenacidad dando muestras evidentes de su paciencia, una virtud que, según ella, se aprende con los años, tras llegar a la conclusión de que cada día trae problemas nuevos y soluciones diferentes.

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