Historias de Cádiz Piedras y mojones contra el obispo

  • l Calvo y Valero y un grupo de fieles fueron agredidos en la calle Plocia en 1895 durante la celebración de un Rosario  l El Gobierno exigió responsabilidades a las autoridades locales 

Obispo Calvo y Valero Obispo Calvo y Valero

Obispo Calvo y Valero

En octubre de 1895 el obispo de Cádiz, Vicente Calvo y Valero, junto a un grupo de fieles católicos, fue agredido en la calle Plocia durante la celebración de un Rosario público. El suceso motivó la intervención del Gobierno, entonces presidido por Cánovas del Castillo, y fue objeto de intenso debate en la prensa nacional.   

En aquellos años de fin de siglo existía una campaña contra las manifestaciones públicas de la Religión, encabezada por los entonces incipientes partidos republicanos. El mismo obispo Calvo y Valero había sido agredido el año anterior en el puerto de Valencia cuando se dirigía a Roma para la Peregrinación Nacional Obrera.  El Papa León XIII había pedido expresamente a los católicos españoles que no cesaran en sus manifestaciones públicas de fe, cosa que, por otra parte, estaba garantizada por la Constitución vigente.

Calvo y Valero, en octubre de 1895, anunció que todos los domingos de ese mes habría Rosario  por las calles de Cádiz partiendo del convento de Santo Domingo. Nada hacía sospechar que pudiera ocurrir algún incidente y las autoridades no tomaron precaución alguna. El Rosario celebrado el día 6 de octubre transcurrió con absoluta tranquilidad y la presencia de numerosos  devotos.

Los incidentes ocurrieron en la tarde del domingo 13 de ese mismo mes. El cortejo estaba encabezado por señoras, seguidas de los  niños de las Escuelas Católicas, Seminaristas, seises, caballeros, dominicos, clero secular y Cabildo Catedral. Cerraba la procesión el obispo vestido de morado y con solideo.

Los incidentes comenzaron al entrar el cortejo en la calle Pelota. Un numeroso grupo de manifestantes comenzó a gritar para interrumpir los rezos y cánticos. Los gritos e insultos continuaron hasta la plaza de Candelaria, sin que los participantes en el Rosario dejaran de cantar sin responder a las provocaciones.

En Candelaria pareció llegar la calma con la retirada del grupo  alborotador. Sin embargo, cuando el cortejo llegó a la calle Nueva, ese grupo ya estaba reforzado y eran más de cien personas las que comenzaron a acosar a los participantes en la procesión. El obispo ordenaba a todos que mantuvieran la calma y que siguieran rezando.

En Plocia, junto a la puerta de la Fábrica de Tabacos, los alborotadores atravesaron un carruaje y encerraron a los participantes impidiendo que pudieran llegar a Santo Domingo o regresar a San Juan de Dios.

Una lluvia de piedras, tomates, hortalizas  y mojones  de caballos cayó sobre los fieles. Varios sacerdotes resultaron heridos, mientras los hombres participantes en la procesión rodeaban y protegían al obispo, que continuaba ordenando que no se contestara a las agresiones y que siguieran los cánticos.

Un municipal que allí se encontraba acudió al Gobierno Civil para dar cuenta de lo que ocurría. El gobernador, Abril, acababa de llegar a Cádiz y, confundido, ordenó a la Guardia Civil que acudiera a la parroquia de San Lorenzo.

Por fin, a duras penas pudieron los fieles llegar a la iglesia. Cuando aparecieron  los primeros  agentes de policía en el Compás de Santo Domingo, los alborotadores se dispersaron, no sin antes propinar un cantazo en la frente al jefe de Seguridad, Sabino. 

Mientras los heridos recibían curación en el Hospital de San Juan de Dios, el obispo se retiró al Palacio Episcopal donde recibió la visita de las autoridades que acudieron a excusarse y a garantizar su seguridad.

Cánovas del Castillo telegrafió ese misma noche ordenado una investigación y exigiendo responsabilidades al gobernador civil. 

A la mañana siguiente, el juez comenzó  la instrucción del oportuno procedimiento judicial ordenando el ingreso en prisión de destacados republicanos de la ciudad, que habían tomado parte en los incidentes.

Seis años más tarde, en 1901 tendría lugar un sonado juicio sobre estos  hechos. Ninguno de los 104 testigos reconoció con seguridad a los agresores, que fueron absueltos.

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