Historias de náufragos

Marea 23

  • Balandras, pailebotes y falúas pululaban por el archipiélago canario. Centenares de puertos y embarcaderos donde amarrar aquellos barcos que acumulaban en sus bodegas plátanos, cochinillas y guano. Muchos de ellos se perdieron en las profundidades atlánticas sin ser reconocidos como artífices de la incipiente riqueza de las islas

E Arrecifes en Lanzarote a Puerto Cabras en Fuerteventura, Tenerife y Gran Canaria, navegando en pos del sustento. Avituallando los puertos y muelles para poder acoger el cada vez más numeroso tráfico de barcos por la expansión del comercio, era Santa Cruz el lugar elegido para el abastecimiento, donde se instalaban las compañías europeas para tener el control de sus intereses económicos. No eran solo barcos de compañías españolas, belgas, ingleses y franceses usaban las islas como bastión para saltar al Atlántico.

Aquel dique seguro ante los ataques del mar, aquel muelle cuyas escolleras habían sido cortadas por Maffiotte como una defensa perfecta, aparecía altivo y fuerte, capaz de soportar las embestidas continuas de un mar que se asoma a América. Obra de Maffiotte, descendiente de aquel preso francés de la guerra de independencia, que logró zafarse del cabo del pontón y encontrar la libertad en estas islas. Prismas artificiales, piedras cuadriculadas que convirtieron embarcaderos naturales en donde embarcar y desembarcar la producción agrícola e industrial de las islas.

Mirar al Puerto de la Luz, era presenciar la competencia entre los veleros románticos y los modernos vapores. Aquellos vapores negros o correillos que iban de la Gomera a La Palma, Viera y Clavijo. Apenas se usaban bestias que recorrieran cargados los caminos. Y crecieron los faros, en la Isleta, Arinaga y Sardina que vigilaban silenciosos por la vida de los marineros canarios.

Yo cuento la historia de aquellos pescantes colgados de los acantilados sobre el mar embravecido, donde desembarcar era jugarse la vida. La historia de los puertos y muelles, donde los accidentes y las penurias dan muestra de la fragilidad de las embarcaciones, es contar la historia de aquellos hombres que dejaron sus silbidos guanches en el fondo de los mares, sin que nadie de las islas pudiera socorrerlos. Aquellos pescantes como el de Vallehermosa al norte de la Gomera, que golpeados por las olas no soportó el ímpetu del viento y se estremeció sobre las rocas esparciendo la carga de frutas sobre los arrecifes.

Nunca creí que sucumbiría en esta mar femenina que baña las islas que me vieron nacer. Femenina por la belleza de sus formas, mujer por los cuidados de los hombres de mar a cuanto requiera. Morir en mi tierra, entre el azul de las aguas y el dorado de un sol cálido y brillante era un privilegio y morir en estas islas, era el deseo de cualquier marinero canario.

Eran las dos de la madrugada, y el San Antonio un pailebot a los que muchos llamaban la Rosa, fue abordado por el Bella Lucía. Me encontraba en la Rosa haciendo la derrota entre el muelle de La Luz y el Puerto de las Nieves. Y la Bella Lucia, cargado de plátanos y sacos de cochinilla navegaba con destino al Puerto Refugio de La Luz.

Le vimos, creo que nos vimos ambos desde mucho tiempo atrás al choque. Nos vimos y esperamos que el otro maniobrara para evitar la colisión. Pero ni el patrón de La Rosa ni el de la Bella cambio su rumbo, aproximando el navío y su tripulación a una posible muerte.

Recuerdo de aquellos barcos que rompían la insularidad de las tierras canarias, y que evitaron el aislamiento y la soledad que ocasionan los mares. Que prolongaron la tibieza de las arenas hasta América, África y Europa, haciéndola más de todos, más del mundo.

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