Cádiz

Llegará la muerte, y será de polietilenoSueños de los días de verano

Llegará la muerte, y será de polietilenoSueños de los días de verano Llegará la muerte, y será de polietilenoSueños de los días de verano

Llegará la muerte, y será de polietilenoSueños de los días de verano

De tanto en tanto, salta en temporada playera la alarma por las llamadas carabelas portuguesas: una "falsa medusa" cuya aleta surcando las aguas escarpia tanto como la aleta de un tiburón. Sobre todo, si aparece acompañada por la voz de David Attenborough. Las carabelas, en fin, no son medusas, aunque nos lo parezcan -¿son transparentes, no? ¿tienen filamentos como tentáculos, no?- y tampoco son, en general y para los humanos, mortales -aunque su picadura sea, eso sí, tremendamente dolorosa-. Pero existe una presencia en el agua que ha terminado siendo, a nivel simbólico, igual de devastadora que la de estos organismos: también es amorfa, transparentosa y provoca repulsión. Es, lo han adivinado, la bolsa de plástico.

Las sirenas de alarma respecto a los plásticos llevaban sonando desde años, pero parece que han sido las imágenes de la llamada Gran Isla de Basura del Pacífico -es la más famosa, pero hay otras- las que han conseguido un mayor (y repentino) nivel de concienciación al respecto. Para hacerle justicia a David Attenborough, hay que decir que su tono sentencioso también aterroriza a base de bien cuando lanza las filipicas en torno a los océanos y su lápida -vean, si no lo han hecho, la segunda entrega de Planeta Azul-. El plástico no sólo causa daños tremendos y visibles a la fauna marina -procurando su muerte por ingesta o por asfixia-, sino que los microplásticos llegan, virtudes de la cadena trófica, hasta nuestros platos. Ya se han encontrado trazas de este material, de hecho, hasta en aguas de la Antártida. Llegará la muerte, y será de polietileno.

El nivel de obscenidad ha llegado a tal extremo que, por primera vez, el discurso de que lo mismo no sirve confiarlo todo al reciclaje, sino que también habría que cuidar el consumo, parece haberse hecho predominante -en España, se pretende prohibir la distribución total de bolsas de plástico no compostables en 2020-. No recuerdo cuándo se perdió la costumbre de acudir a la compra básica con las bolsas de rejilla o de tela -que luego se han recuperado en versión estilosa-; o cuándo la fruta se despachó en bolsitas y no en papel de estraza; o cuándo desterramos el botijo por las botellas Fontvella. Sólo sé que tuvo tracción de rodillo.

La bolsa de plástico sobre la superficie del mar ha terminado convirtiéndose, quién lo iba a decir, en la peor de las aguavivas, en una de esas señales que indican nuestra imparable entrada al mundo del Antropoceno: una nueva era o microera geológica para la que revista Nature ha pedido reconocimiento académico. Según muchos científicos, la Revolución Industrial supuso el principio del fin del Holoceno: la época geológica en la que nos creemos instalados y de la que nos hemos esforzado, con afán suicida, en dejar atrás.

Es cierto que el planeta se ha visto alterado por la acción humana desde los inicios de la civilización. La introducción de la azada romana en los cultivos, por ejemplo, marcó una gran diferencia, y del impacto de las minas de Río Tinto en la época del Imperio queda registro -nos enseñó Mary Beard- en las capas de hielo de Groenlandia. Pero nada puede compararse a los niveles de fagocitación de la era contemporánea, sobre todo, a partir de la aceleración que supuso el fin de la II Guerra Mundial. Uno de los datos más palmarios de los últimos tiempos es que la biomasa conjunta de humanos y ganado supera con creces la de todos los animales salvajes.

En Antropoceno (Taurus), Miguel Arias Maldonado cuenta que Chernóbil es ahora una vibrante reserva de vida animal: no es que los efectos de la radiación sean intrascendentes, es que los efectos de la actividad humana son aún peores para la vida salvaje. Tal vez, como asegura Roy Scranton, las únicas preguntas pendientes son cuánto y cuándo. Arias Maldonado también apunta que el Antropoceno nos ha traído grandes logros que no conviene tratar a la ligera: hemos aumentado la esperanza de vida, hemos machacado plagas que nos diezmaban.

Y hemos, desde luego, provocado otras.

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