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Opinión

Del Guggenheim a la nada

EL castillo de San Sebastián iba a convertirse en el Guggenheim de Cádiz. El gran referente de la cultura y el ocio de la ciudad. El motor de la expansión de Cádiz como capital turística.

Hace quince años ya, porque en esta ciudad los grandes proyectos se miden por décadas, la entonces alcaldesa, Teófila Martínez, comenzó a moverse para conseguir dinero del Estado para rehabilitar la antigua fortificación militar, con un coste que entonces se fijaba en 30 millones de euros. A partir de ese momento Martínez será la única persona que luchará por recuperar este edificio, topándose siempre el silencio como respuesta por parte del resto de las administraciones.

Es cierto que el PSOE, pensando en los fastos del Bicentenario de la Constitución de 1812, puso los ojos en el Castillo como edificio referente para el evento, incluso más que el Oratorio y su entorno. La Junta llegó a presentar un ambicioso plan de reforma con la instalación en la vieja torre de comunicación y vigilancia del Faro de las Libertades, además de un complejo de ocio y cultura, un amarre para las embarcaciones y la duplicación del espacio peatonal en el paseo de Quiñones.

En el Doce, como es sabido, el castillo no fue el referente. Sólo hubo dinero, que no ganas, para rehabilitar las casamatas y el paseo superior. Se tiraron algunas estructuras y poco más. El castillo siguió su proceso de deterioro, y en menor medida la avanzada.

La Junta aprovechó el final del Bicentenario para olvidarse del castillo y su recuperación. El Ayuntamiento de Teófila Martínez se planteó seguir adelante con las obras, pero la deuda acumulada hacía difícil encontrar financiación. Se intentó que el Ministerio de Medio Ambiente cediese la gestión de la fortificación el tiempo suficiente para hacer viable una gestión privada de las actividades de hostelería en el interior del edificio, pero las elecciones municipales congelaron estas conversaciones. El gobierno de 2015, entre Podemos y Ganar Cádiz, planteó otras prioridades en el gasto público. Así, el castillo dejó de cuidarse. Ni unos ni otros. Ni los que tenían la obligación de hacerlo ni los que tenían la obligación de atender al mantenimiento del patrimonio histórico. Los destrozos que el temporal ocasionó en el acceso al castillo este año, que aún siguen reparándose, ha impedido la apertura de este equipamiento este verano. Tal vez haya sido mejor. Mejor esconder las vergüenzas de la ciudad a nuestros visitantes. Que se queden con la visión lejana del inmenso castillo confiando, ingenuamente, en una próxima visita.

Lo que iba a ser el Guggenheim se ha integrado ya de pleno derecho dentro del amplio listado de edificios históricos de la ciudad que o bien están abandonados o se encuentran en mal estado de conservación. Y no parece que vaya a dejar pronto a este club.

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