OBITUARIOmúsica

Fallece el profesor universitario Adolfo González Martínez

Adolfo González Martínez. Adolfo González Martínez.

Adolfo González Martínez.

Tras luchar con serenidad y con fortaleza durante escasas semanas contra las complicaciones de una insospechada dolencia, ha fallecido Adolfo González Martínez, ese hombre amable y ese profesor paciente que había hecho del servicio a sus alumnos su irrenunciable tarea. Romántico y sensible, Adolfo poseía una visión esperanzada de la vida; por eso trazaba su itinerario en diálogo y en colaboración con las personas a las que amaba y con los grupos con los que trabajaba; por eso reflexionaba, compartía y actuaba -manteniendo una actitud receptiva- con el fin de valorar con precisión sus tareas y de vivir con intensidad el instante. Quizás una de las claves de la admiración, del respeto y del cariño que en muchos ha despertado su figura sea esa modestia secreta y al mismo tiempo jubilosa, del hombre que mide su felicidad por la estatura de las personas que le regalaron su apoyo, su estima y su amistad.

Hombre sosegado y tranquilo, Adolfo poseía una singular habilidad para penetrar en la médula de la vida para administrar los tiempos y para contemplar con cierta distancia los episodios. Era uno de esos escasos seres que poseen una peculiar habilidad extraer las sustancias más nutritivas y paladear los sabores más placenteros. Su lentitud no era, como en otros casos, la manifestación de apatía intelectual -esa que paraliza la imaginación y que conduce irremisiblemente al aburrimiento- sino, todo lo contrario, la consecuencia de su permanente voluntad de interpretar el significado de unos episodios que sólo en apariencias son anodinos. Todos los que lo tratamos de cerca advertimos que Adolfo profesaba una fe inquebrantable en el poder del lenguaje, un amor irrenunciable a la palabra. Observador perspicaz y conversador ameno, era un profesional polifacético de la palabra, un experto que dominaba los diferentes lenguajes.

Dueño de una palabra precisa, directa, cálida y cordial, era un creador de estilos, un renovador de técnicas, un inventor de recursos que estaba comprometido con el respeto a la Lengua y, al mismo tiempo, con defensa de las libertades literarias. Observaba las pautas normativas, pero sin liberándolas de la rigidez estereotipada y de la artificialidad engolada. Por eso las conversaciones que manteníamos con él nos resultaban tan naturales y tan expresivas.

Los que hemos seguido atentamente su ejemplar ejecutoria profesional no tenemos más remedio que afirmar que sus clases siempre se han apoyado, no sólo en la calidad técnica y estética de sus enseñanzas, sino también en la coherencia ética de sus actitudes y de sus comportamientos. Su pasión por la lengua y por la literatura, y su exigencia de autenticidad lo alejaron de las alianzas y de los compromisos, y lo impulsaron a levantar fronteras que separaran nítidamente los ámbitos de la amistad y de la profesión. Si su tranquilidad hemos de interpretarla como una actitud estética, su mirada crítica, su sencillez expresiva, su voluntad investigadora, su serenidad, su ecuanimidad y su cordialidad, constituyen propuestas rigurosas para el ejercicio de la enseñanza lingüística y para el análisis de nuestra compleja realidad universitaria. Expreso mis sentimientos de condolencia a su esposa Pepa, a sus hijos y a su hermano. Que descanse en paz.

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