Historias de Cádiz

1898: Seis mil gaditanos acudieron a la ejecución pública del renegado Adbalá

  • Rotunda negativa de los carpinteros de Cádiz a levantar el patíbulo

  • El alcalde Guerra Jiménez reclamó el indulto

Espacio entre la cárcel y el matadero, donde se levantó en 1898 el patíbulo

Espacio entre la cárcel y el matadero, donde se levantó en 1898 el patíbulo / Archivo

En mayo de 1898 la ciudad de Cádiz estaba pendiente de la guerra declarada entre España y Estados Unidos. Los castillos de Santa Catalina y San Sebastián y las defensas de la Bahía habían sido reforzadas ante un posible ataque de la marina norteamericana y los ciudadanos seguían con avidez las noticias de la escuadra de Cervera enviada a defender Cuba.

En estas circunstancias a todos los gaditanos sorprendió que el Gobierno de Sagasta hubiera rechazado el indulto y ordenada la ejecución del conocido como ‘renegado Abdalá’, preso en la cárcel de Cádiz. 

Francisco Pérez Gallego, Abdalá, era un delincuente español que había huido de la prisión de Ceuta y pasado al servicio de los moros tras haber renegado de la religión cristiana. En Tánger, junto a otros dos moros, robó y asesinó a un comerciante alemán. Entregado a la justicia española,  la Audiencia de Cádiz  lo condenó a muerte tras el correspondiente juicio. 

En la mañana del 29 de mayo comenzó a circular por la ciudad la noticia de que el 1 de junio se procedería a la ejecución pública de Abdalá y que en el tren del mediodía iba a llegar el verdugo de Sevilla, ya que en Cádiz no había ejecutor de la justicia. En efecto, a las once de la mañana llegaba el tren de Sevilla y cientos de curiosos aguardaban en la estación la llegada del verdugo. Se trataba de José Quintana, antiguo sargento de Caballería y verdugo titular de la Audiencia de Sevilla. En realidad se llamaba José Caballero Quintana, pero Diario de Cádiz, como era costumbre en la época, alteró los apellidos para no facilitar su identificación. 

 El verdugo llegó escoltado por la Guardia Civil y de inmediato se trasladó a la cárcel situada en el Campo del Sur. A su paso por las calles del barrio de Santa María, los vecinos  lo miraban curiosos,  guardando algo de distancia. La crónica de Diario de Cádiz señala que vestía traje negro y sombrero de ala ancha y que no tenía aspecto de verdugo, sino más bien de ‘picador de toros por su aspecto algo flamenco’. El siniestro personaje llevaba en su mano un saco, también de color negro, con las herramientas de su oficio.

La llegada del ejecutor hizo que se redoblaran las peticiones de indulto. Diario de Cádiz, al dar la noticia, instaba a las autoridades a pedir el perdón para el condenado a muerte y evitar a los gaditanos una tristísima jornada, máxime cuando el crimen por el que se ajusticiaba a Abdalá no había sido aquí cometido.

En pocas horas todas las instituciones y sociedades particulares enviaron telegramas a la Reina Regente y al Gobierno solicitando el indulto. Ese mismo día, 29 de mayo, diputados y senadores de la provincia de Cádiz ofrecían un banquete en Lhardy  a dos gaditanos que recientemente habían sido nombrado ministros, Auñon y el duque de Almodóvar.  Además de los telegramas antes citados, el alcalde Guerra Jiménez encabezó la firma de otro dirigido al famoso restaurante madrileño en el que se pedía el indulto para evitar una ‘triste y dolorosa jornada a los gaditanos’. 

Durante el 30 de mayo se redoblaron los esfuerzos para la solicitud del perdón para Abdalá. A media mañana se recibió telegrama en el Ayuntamiento enviado desde el Palacio Real informando que la Reina Regente había dado traslado al Gobierno de las peticiones de indulto con el ruego de que se buscara posibilidad para otorgar el perdón. Este telegrama hizo concebir algunas esperanzas. 

Mientras todos esperaban la llegada del perdón, comenzaron  los preparativos de la ejecución, fijada para la mañana del día 1 de junio. Veinticuatro horas antes, a las seis en punto de la mañana del 31 de mayo, acudieron a la cárcel el presidente de la Audiencia, dos magistrados, el secretario y varios alguaciles para notificar la sentencia a Abdalá y ponerlo en capilla. Asistieron a dicha notificación, para acompañar y consolar al reo, el hermano mayor de la Hermandad de la Santa Caridad, Zurita, y varios miembros de su junta de gobierno,  el capellán de la cárcel y los sacerdotes designados por el obispo para acompañar al reo de muerte, el párroco del Sagrario, padre Machorro, y el superior de los dominicos, padre Quirós.

Abdalá escuchó con serenidad asombrosa la sentencia, que fue leída en su integridad por el secretario de la Audiencia, y firmó la notificación. A continuación marchó a la capilla, que había sido instalada en un cuarto del patio de la Cárcel que servía normalmente de escuela para los presos. En un rincón de la habitación estaba dispuesto un pequeño altar con un Crucificado y dos grandes velas. En otro rincón, la cama de hierro, una mesa y varias sillas. Abdalá manifestó a los asistentes que estaba muy tranquilo y que ya no confiaba en la llegada de un indulto, pero que quería morir como un cristiano y demostrar a todos que no era un renegado. El padre Machorro ofició misa ante el pequeño altar del cuarto que servía de capilla a la que también asistieron los magistrados de la Audiencia. Al terminar, Abdalá tomó una infusión de manzanilla, unos bizcochos y una copa de amontillado C.Z. enviado por la Hermandad de la Santa Caridad.

Las peticiones de indulto continuaban mientras tanto. El alcalde llamó a los cónsules acreditados en nuestra ciudad para que intercedieran ante el Gobierno. También les pidió que en corporación telegrafiaran  al embajador de Alemania en Madrid para que solicitara el indulto, ya que la víctima del crimen era de esa nacionalidad.

Por su parte, la Hermandad de la Santa  Caridad, como disponen sus reglas, organizó el turno de hermanos para que fueran relevándose cada dos horas en hacer compañía al reo. Esta hermandad dispuso mesas petitorias en San Juan de Dios e iglesia de San Pablo en favor del condenado y sufragar los gastos de su entierro. También los hermanos, conforme a sus estatutos, recorrieron los distintos barrios de la ciudad con el mismo fin y recogiendo los donativos en unas pequeñas espuertas. 

En la Cárcel comenzaron los preparativos para la ejecución, surgiendo un grave problema ya que los carpinteros de Cádiz se negaron en rotundo a trabajar para levantar el patíbulo y a facilitar las maderas necesarias. Hubo consultas con la Audiencia y el Ayuntamiento, comprobándose que no había carpinteros a los que obligar a tales trabajos. Finalmente se acordó contratar urgentemente  la construcción del patíbulo en un pueblo de la bahía de Cádiz, cuyo nombre no fue facilitado.

Al llegar la noche antes de la ejecución comenzaron los movimientos en las proximidades de la cárcel. La Guardia Civil, a caballo, tomó posiciones en los alrededores del establecimiento penitenciario, mientras grupos de curiosos comenzaban a llegar para presenciar la ejecución. Sobre las diez de la noche, en una barcaza, llegaron las maderas y los carpinteros necesarios para colocar el patíbulo en el lugar designado, en el callejón situado entre la Cárcel y la Casa Matadero. La barcaza atracó en Puntales y el material y los operarios, con capuchas,  fueron llevados hasta el Campo del Sur en un carro con la mayor discreción para evitar incidentes.

En el interior de la prisión, el desgraciado Abdalá seguía dando muestras de tranquilidad. El doctor Gieb pudo comprobar que tenía las pulsaciones normales, mientras conversaba con los sacerdotes allí presentes. El reo pidió a los hermanos de la Caridad asesoramiento para hacer testamento y disponer de las cantidades recaudadas en su favor. Dispuso que a cada preso de la cárcel de Cádiz se le entregara un paquete de cigarros y que el resto del dinero fuera dividido en dos partes, una para su hermana y otra para sufragios por su alma. Albacea testamentario designó el doctor Zurita, hermano mayor de la Caridad. 

A las cuatro de la mañana Abdalá escuchó con devoción tres misas que fueron oficiadas en la capilla y dijo estar preparado para que fuera cumplida la sentencia. El verdugo, cumpliendo con la tradición, entró en la capilla para pedir perdón al reo, que lo concedió de inmediato. El ejecutor de la justicia, visiblemente nervioso, comenzó a colocarle la hopa reglamentaria, una especie de túnica negra atada con un cordón a la cintura. Abdalá se dirigió al verdugo para tranquilizarlo: “Calma es lo que se necesita para hacer estas cosas. Tome usted esta copa de vino y fíjese en mi pulso, que no tiembla”.

Relata Diario de Cádiz que más de seis mil vecinos estaban frente a la Cárcel para presenciar la ejecución, estando completamente llenos los balcones de las casas más próximas.  Los guardias civiles trataban de poner orden y contener al público para que no se acercara al patíbulo. 

A las seis menos cuarto de la mañana se abrieron las puertas de la cárcel, saliendo en primer lugar la Hermandad de la Caridad, con la cruz y faroles y los hermanos vistiendo  levita y tohalla.  A continuación marchaba el secretario y alguaciles de la Audiencia, el verdugo, el reo con la hopa y un escapulario sobre el pecho, los funcionarios de la cárcel y la escolta militar. 

Al subir el patíbulo Abdalá solicitó hablar a la población. El momento, señala la crónica del Diario, fue de extraordinaria emoción. Los sacerdotes y hermanos de la Caridad se pusieron de rodillas mientras Abdalá, en tono firme y seguro dijo: “Generosa y noble población de Cádiz. A todos doy las gracias. Sé que se han hecho por mí grandes esfuerzos y se ha trabajado con verdadero empeño para conseguir mi indulto, pero no ha sido posible. Por ello estoy agradecidísimo a todos. Muero como cristiano y desmiento la falsa creencia de que yo había renegado de mi religión. Salud y hasta la eternidad”.

El reo se sentó en el lugar indicado mientras que el ejecutor le colocaba el corbatín de acero y le cubría el rostro con un velo negro. Abdalá dijo al verdugo: “Nada le encargo. Que haga usted las cosas, pero ligeras”. 

Ejecutada la pena, el verdugo descendió del patíbulo y marchó escoltado hacia la cárcel mientras recibía insultos e improperios del público. 

Relata el cronista de este periódico que muchos vecinos abandonaron  su posición para no ver los instantes finales, pero también muchos otros  se acercaron al patíbulo para ver de cerca el cadáver de Abdalá.

Conforme a la ley, el cadáver del ajusticiado quedó expuesto al público hasta las seis de la tarde. Durante este tiempo, sacerdotes y hermanos de la Caridad fueron relevándose a los pies del patíbulo. El desfile de curiosos fue incesante durante todo el tiempo que estuvo el cadáver expuesto.

A las seis de la tarde llegó en procesión la Hermandad de la Santa Caridad. El verdugo, escoltado, salió de nuevo de la cárcel para desatar el cadáver del reo. Varios hermanos de la Caridad recogieron en sus brazos el cadáver de Abdalá y, cubierto con un manto, lo depositaron en unas angarillas para su traslado al cementerio.

Finalmente, las maderas del patíbulo fueron llevadas al interior de la cárcel para ser quemadas a continuación. 

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