Sueños de los días de verano

Comida para el kraken

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Comida para el krakenSueños de los días de verano

A los ojos del antropólogo camuflado, seguimos siendo insistentemente tribales. Nuestro consenso social aumenta el valor de las cosas más inverosímiles. Un vaso de café de color verde con una sirena estampada vale su peso en oro -que es lo que te cobran-. Subir a Instagram un, digamos, bodegón de gazpachuelo yódico te da 45.897 'Me gusta' en el mundo de Nosedive. Todos sabemos que colgar el modelito que nos hemos comprado, el último recorte de barba, las últimas deportivas molonas, va a quedar bien -todos lo sabemos tantísimo que las cuentas que nos mueven realmente el corazoncito son las de parodia-.

Hay molonerías que han muerto merecidamente de saturación, o que están a punto. Las piernas-salchicha y los selfie-pies sobre, en, ante, bajo la arena consiguieron, en un par de años, acaparar todo el odio que guardamos envasado para aquellos que se largan mientras nosotros seguimos, de verdad, aquí, sufriendo.

Llega un momento, además -llámenme Morticia-, en el que no puedo evitar asociar los selfie-pies con el plano a ras de un cadáver en la morgue. Es inevitable: por muchas uñas pintadas y mucho fondo de piscina que me luzcan, mi mente enferma endosa a los felices deditos estivales una etiqueta de identificación. Y para muchos -y todos hemos pecado- eso suponen, justo, las vacaciones. ¿Quién no ha creído que iba a derrumbarse, en cualquier momento, a mitad de un domingo playero de familia extensa? ¿Quién no ha creído contar el fin de sus días tras haber paseado tres horas por Riga y cuatro por Tallin en el mismo día? ¿Quién no ha visto el vacío de su existencia tras perder la cuenta de los castillos que había recorrido en todas las Lowlands y Highlands?

La necesidad de romper las rutinas tiene casi fuerza de instinto, y de eso se aprovechan con impudicia touroperadores, compañías aéreas y afortunados (o desesperados) propietarios de pisos en lugares emblemáticos. Pero todos sabemos, también, el daño que produce el turismo hecho kraken.

El turismo kraken nos inocula el afán de viajar como el que se marca una gymkana. Y se alimenta, también, de obligaciones: de esa inercia de lo que hay que hacer, de las convenciones, de los débitos ineludibles. Así, acudimos a sitios que nos dan igual o que, directamente, detestamos, pero que es lo quieren -o lo que, nos decimos, les conviene- los padres, los hijos, la pareja, los amigos: y ahí vamos, enfrentando en no pocas ocasiones la tarjeta de embarque -o el registro del hotel, o los kilómetros por delante- como el que mira un plato de espinacas sin aliñar.

Está el mito de que cambiar de coordenadas geográficas enriquece a la fuerza, de que viajar te aporta y te conforma. Depende, como siempre. Nadie imagina que se pueda sucumbir a una experiencia iniciática en dos semanas pasando de puntillas por diversos puertos del Meditarráneo, pero oye, todo es posible. Y, más allá del tiempo y el espacio, está la pequeña persona, tan cansada, tierna, volandera -"Alma mía, pequeñita, tierna, flotante, ¿adónde irás ahora?": podríamos murmurar, pobre Adriano emperador, antes de proseguir con la siguiente jornada tourfagocitadora-: recordemos al protagonista de Perdidos en Brujas, que veía desfilar (inane) toda la belleza de la ciudad flamenca ante sus ojos de pobre merluzo. Al fin y al cabo, uno se enamora de improviso o con el tiempo, no a atragantones.

Las patrias emocionales pueden consolar el ansia de ruptura y burlar un poco la asfixia de la piovra: acudimos a ellas con mimo y, en cierta manera, nunca terminamos de dejarlas atrás. A fuerza de volver a un sitio, además, uno termina cogiéndole el pulso: no podremos creernos la falacia de que somos viajeros siempre, ni de que conocemos medio planeta, pero lo mismo sí un par de rincones.

Dan cierto escalofrío esos mapamundis llenos de alfileres, destinados a marcar los dominios que hemos pisado. He estado en, he estado en. El cuánto no es más que comida para el kraken. Y anda desatado.

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