informe | la capital, ante un año vital para su desarrollo

Cádiz, al límite

  • La ciudad necesita de forma urgente un plan, negociado entre todos, que deje claras las líneas de desarrollo que debe seguir para las próximas décadas.

Cádiz inicia un año, 2017, que debería ser esencial para aclarar su futuro más inmediato. Es cierto que acumulamos años trascendentales, tantos como años decepcionantes. Pero Cádiz afronta tiempos muy convulsos en su política local que afectan de manera notable a su propio día a día, y la ciudad no está para más vaivenes pues ha salido especialmente malherida de la crisis económica, social y laboral iniciada hace una década. Aunque no se reconozca desde el ámbito político, marcha sin un rumbo claro, ausente de un necesario "modelo de ciudad" como algunos denominan lo que es, ni más ni menos, que tener claro el rumbo a seguir.

Sería ir en contra de la realidad decir que en las décadas que acumula ya la democracia, Cádiz no ha cambiado. Lo ha hecho y de forma notable en el plano urbanístico, y también en la mejora de la calidad de vida de buena parte de sus vecinos, antiguos inquilinos de infraviviendas. Y se han aumentado los espacios culturales y deportivos. Y se ha mejorado la oferta turística. Y se cuida más el patrimonio, sobre todo viniendo del abandono de los años de la dictadura. Pero a pesar de todo ello, el avance de la ciudad ha sido a veces de impulsos momentáneos, aprovechando proyectos puntuales (soterramiento, segundo puente, bicentenario...) sin un plan de visión para las próximas décadas.

Llegamos así a 2017 . A nuestro alrededor, más bien fuera de la provincia, hay ciudades que también han vivido mal y que ahora afrontan el futuro con mejores perspectivas que la muestra, esta ciudad de 13 kilómetros cuadrados que se ha dejado por el camino a cerca de 40.000 habitantes.

Por eso este 2017 es, debería de ser, trascendental para los 119.000 vecinos de la capital. Porque no debería de terminar sin tener claro qué queremos ser y cómo podemos conseguir ese objetivo.

En más de una ocasión hemos dejado dicho que Cádiz depende como pocas grandes ciudades de su Ayuntamiento. Las grandes empresas, casi todas públicas, han desaparecido, y no han sido sustituidas por otras; la sociedad civil como tal no existe, pues no hay colectivo ciudadano capaz de tirar con fuerza de sus vecinos. Opciones como los colectivos que han salido en defensa del patrimonio o han buscado modelos específicos de la ciudad, como el Plan C, han tenido un seguimiento extremadamente limitado.

Junto a ello, no contamos con políticos capaces de aunar al conjunto de la ciudad. Todo lo contrario, nunca en estos cuarenta años de democracia local las fuerzas políticas locales han estado tan enfrentadas entre sí e incapaces de buscar acuerdos comunes por el bien de Cádiz. El espectáculo dado por todos el año recién concluido albergas escasas esperanzas en el futuro más inmediato. Aún formando parte de una alternativa considerada por una parte de la ciudadanía como radical, el alcalde José María González podía haber aprovechado el mensaje de nuevos tiempos liderando al conjunto de la sociedad con una nueva forma de hacer política. Frente a ello, lo visto por ahora apenas se aleja de la vieja política.

Si se sigue así, Cádiz está abocada a convertirse en una ciudad sin sustancia. Una ciudad que pudo ser pero que no será y que irá perdiendo año tras año su pulso hasta quedar en nada.

Ya no vale aprovechar fechas que nos sirvan de tirón. Fracasó, y de forma estrepitosa, el 2012 del Bicentenario. Tenemos este 2017 la celebración del tricentenario de la llegada a Cádiz de la Casa de la Contratación, época del mayor esplendor como ciudad en nuestros tres mil años de existencia. Pero tenemos que ir más allá de un acontecimiento puntual y diseñar la ciudad de las próximas generaciones.

Bajo esta óptica hay varios Cádiz que definir. Estas pueden ser algunas claves para empezar a trabajar

Es prioritario implicar a la sociedad en el propio desarrollo de la ciudad. La escasa participación de ésta en debates abiertos en los últimos meses debería de alertarnos. Las asociaciones que en defensa del patrimonio se han organizado en estos años son un buen camino que hace ver que no todo en Cádiz es carnaval, fútbol o cofradías. El desmantelamiento municipal de la Fundación de la Mujer (cuyo vacío no han sabido aprovechar otras administración en un claro ejemplo de incompetencia política) deja fuera la apuesta integradora y de formación que ofrecía este área municipal para un colectivo muy desprotegido. A la vez, los grupos más jóvenes muestran un despegue cada vez más lógico de su ciudad, tanto por la falta de expectativas laborales como por la limitada oferta de ocio que ésta ofrece.

Es cierto que en esta decadencia de la sociedad tiene también mucho que ver la falta de trabajo que sufren miles de vecinos y la ausencia para muchos de una vivienda digna. Nada de ello ayuda a la hora de pretender implicarnos en otras cuestiones pues bastante tienen estos ciudadanos en sobrevivir cada día. Este nuevo modelo de ciudad deberá de tomar las medidas necesarias para, en la medida de lo posible (dada la falta de suelo del término urbano), reducir esta problemática.

La apuesta por esta sociedad participativa está estrechamente ligada a la mejora de todos los indicadores educativos. Las cifras de abandono escolar siguen siendo muy elevadas ante una falta de cultura general entre los niños y jóvenes, ejemplo de un sistema educativo que ha fracasado y la existencia de un núcleo familiar que considera ajeno a sus obligaciones la formación de los hijos. La recuperación, lenta pero decidida, del Campus de Cádiz de la Universidad es una buena noticia siempre y más con la decidida apuesta por el Ceimar. La ciudad debe defender su Universidad mejorando las infraestructuras relacionadas con este colectivo (accesos, alojamientos, equipamientos de ocio y culturales...) como efecto dinamizador y, sobre todo, debe presionar para que nuevas apuestas como el retorno de Ciencias de la Educación no se dilaten en el tiempo.

Asumiendo la pérdida de un sector industrial que generó empleo y riqueza en los años sesenta y setenta del pasado siglo, resulta incomprensible que el proceso de expansión de la Zona Franca apenas avance. La reordenación del polígono exterior debería de estar ya culminada a la vez que ocupado todo el espacio dejado por Altadis. El diseño de industrias limpias es el adecuado, por su cercanía a la trama urbana, así como su apuesta por convertirse en el centro directivo de las empresas radicadas en otros polígonos de la provincia, por lo que este desarrollo debería de ser prioritario.

Lejos de sus tiempos más gloriosos, el astillero de Navantia en Cádiz se ha convertido en referente en cuanto al mantenimiento y reparación de grandes buques, lo que garantiza su supervivencia.

El comercio tradicional se mantiene a duras penas. Es necesario poner en marcha un plan de apoyo al sector en materia de pago de impuesto, gestión de permisos administrativos, mejoras en el entorno urbano y promoción exterior.

Rodeada por el mar, con las mejores playas urbanas de Europa y con una cultura trimilenaria por descubrir, Cádiz tendría que ser desde hace tiempo un referente turístico. La ciudad sin embargo no se ha sabido vender más allá de nuestras fronteras naturales. Aunque cada año llegan decenas de miles de visitantes a bordo de los grandes cruceros y se cuenta con un turismo nacional de playa muy fiel, no se han sabido dar los pasos necesarios para atraer a familias con mayor capacidad de gasto. Debería de tomar nota el Ayuntamiento de visitantes de alto poder adquisitivo que llegan a Cádiz casi por sorpresa y que aquí mismo se sorprenden de la potencialidad de la ciudad, lamentando que ésta no sea conocida en el exterior.

No debería de extrañar este déficit de gestión cuando la ciudad no sabe aprovechar su legado histórico. El Teatro Romano, la ampliación nunca ejecutada del Museo de Cádiz, la ausencia de un Museo sobre la Historia de Cádiz, el despropósito de un centro dedicado al Títere sin la presencia de su mejor referente gaditano como es la Tía Norica, la ausencia de museos dedicados al Comercio y al Carnaval, el mínimo aprovechamiento turístico y cultural de las fortificaciones, la falta de eventos artísticos de referencia mientras perviven festivales que cada vez tienen menos relevancia entre el público... La elaboración por parte del Ayuntamiento de un Plan Director de Cultura es un buen paso, aunque por lo conocido del mismo se traduce en un proyecto escasamente ambicioso.

Y como parte de nuestra cultura, la gastronomía. Es cierto que en los últimos años el esfuerzo empresarial ha sido evidente con la puesta en marcha de nuevos locales, cuidados y con buen oferta. Pero Cádiz sigue sin saber vender este potencial, cuando además cada vez es más importante el turismo gastronómico.

El puerto ha sido siempre uno de los pilares de nuestra economía y cuando éste ha entrado en decadencia, todo Cádiz lo ha notado. Estamos desde hace años inmersos en un debate sobre la integración del puerto en Cádiz. O mejor, de la ciudad en el puerto. Hay que definir por ello bien qué espacios formarán parte de la trama urbana y qué se deben hacer en ellos. Aprovechemos el ejemplo de otras ciudades para encontrar un modelo efectivo (ocio, cultura, deportes, empresas náuticas), perdurable en el tiempo, que cree riqueza y que, sobre todo, suponga una atracción para un turismo de calidad.

Estrechamente ligada a la cultura y al turismo, la recuperación del patrimonio histórico es un paso esencial que no se debe retrasar en el tiempo. Basta con viajar a otras capitales para ver cómo se aprovecha el legado histórico de cada una de ellas. Mientras tanto, aquí tenemos a viejos conventos cerrados y casi en ruina, murallas medievales ocultas en edificios, templos cerrados a casi todas las horas, restos arqueológico descuidados. Y cuando surge colectivos dispuestos a sacar a la luz este legado o promueven empresas para su visita apenas obtienen el apoyo de las administraciones públicas.

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