Sueños de los días de verano

Asignaturas pendientes

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Asignaturas pendientes

Había que tener el corazón de piedra pómez -no: hay que tener el corazón de piedra pómez- para comprarle a un niño que lo hubiera aprobado todo un álbum de Vacaciones Santillana. A mí me chiflaban: corazón de piedra pómez, no; pero sobrina nieta de doña Cuaresma, lo soy un rato. Es uno de esos traumas de la infancia. Alguna de mis amiguitas se hubiera revolcado en el suelo como un caniche por tener una Barbie, que su madre consideraba encarnación del mal en plástico, y a mí me hubiera encantado que me compraran un Vacaciones Santillana como premio por haber pasado limpia el curso.

Con el tiempo asumí que, a falta de pan, buenas son tortas. Los meses de verano me daban tiempo para matar la curiosidad a base de tochazos mortales. Qué bonito sería aprender ruso, pensaba. Procesos brujeriles, qué interesantes, y arramblaba con todo lo que pillaba del tema (actualizando a día de hoy, haría lo mismo pero pegada al móvil). Nada que tuviera que ver, por supuesto, con reforzar o preparar las asignaturas que conseguía pasar de milagro a final de curso -incluso cuando para entrar en Periodismo, me da la risa, hacía falta una pértiga-. Qué va. Qué tontería es esa. Donde se ponga el saber inútil, que se quite todo lo demás.

Sería interesante que, llegado el verano, alguien se acercara con nuestro expediente

Mi fascinación por los manuales de Vacaciones Santillana no ha debido ser, ni mucho menos, única: Blackie Books lleva ya la séptima edición de sus Cuadernos de verano, una actualización pop del tema en la que te puedes dedicar a hacer crucigramas y tests literarios, descubrir las faltas de ortografía en un tatuaje de Paquirrín (¿se sigue llamando Paquirrín?) o realizar un juego de anatomía con David Hasselhoff en Meyba como plantilla.

Los deberes pendientes se transforman, siendo adultos, en "Necesita mejorar" genéricos; y en las vacaciones rumiamos todo aquello que haremos mejor en el curso entrante: No pasa sin que ... (rellene los puntos suspensivos con yoga/inglés/crossfit/horticultura urbana/interpretación de sueños). No importan los años que tengas, los años que pasen: en gran medida, el reloj interno está marcado por el curso escolar. A nivel de aprendizaje y de propósitos, el inicio del curso tiene tanto tirón como el año nuevo. Y puede que estos sean algo más consistentes, ya que no van marcados por el optimismo (¡fiesta! ¡serpentinas! ¡campanadas! ¡todo puede pasar, y será bueno!) sino por la obligatoriedad "académica": "Me he apuntado a este curso de centros de ikebana y vive Dios que lo terminaré".

Sería realmente interesante que, llegado junio, o llegado septiembre, un señor o señora, convenientemente trajeado, se nos acercara con nuestro expediente. Un informe de nuestro currículum vital y de las asignaturas pendientes, los grandes pifiazos que hemos insistido en seguir cometiendo a lo largo del año y los puntos que deberíamos reforzar para alejar de nosotros todo aquello que menoscaba nuestra existencia. La sonrisilla helada que pondríamos ante su llegada no se diferenciaría mucho de la que poníamos cuando nos entregaban el boletín de notas.

En la llamada a capítulo de la revisión anual habría momentos como: "En esta curva vemos... que el tiempo de calidad que dedica a sus hijos es apenas significativo comparado con el tiempo que dedica a ver chorradas en YouTube"; o "Veo que continúa con esa relación tóxica que debió cortar hace tiempo. Mmm, ¿sabe el daño que eso le hace a su autoestima?"; o "James Rhodes dice que se puede tocar una sonata de Bach en un par de meses y, ¿quiere saber cuánto tiempo dedicó usted a ver series durante este año? 246 horas. 246, ¿qué le parece?"; o bien, tras el visionado de un morphing truculento en la tableta: "Y... este el aspecto que tendrá su piel dentro de cinco años si no empieza a tomar un zumo de apio y remolacha todas las mañanas. La psoriaris de lepra no está tan lejos, Marta María del Pilar, no está tan lejos".

Aunque, si lo pienso bien, esos inquisidores de lo perfecto ya existen. Y se pasan el día llamando a la puerta.

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