la tribuna cofrade

Apatía sacramental

  • La organización, los exornos, los pocos altares, las ausencias en el cortejo... la procesión del domingo reafirmó que el Corpus necesita un revulsivo

  • Apenas hubo ambiente en las vísperas

Foto: Fito Carreto Foto: Fito Carreto

Foto: Fito Carreto

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Al Corpus le acompaña cierta sensación de orfandad, de desapego; de vivir una celebración que es de todos y al mismo tiempo de nadie, por la que realmente apenas nadie trabaja y que absolutamente nadie recuerda durante el año. Posiblemente todo eso es lo que, un año más, se evidenció el pasado fin de semana en las calles del casco histórico. La fiesta del Corpus necesita un revulsivo, un volver a ilusionar, una implicación mayor de todos los estamentos religosos si la ciudad quiere seguir aferrada a la historia de lo que un día fue y que hoy se refleja en la imponente custodia que saca a las calles.

El obispo dio el aviso hace semanas con su inédito llamamiento a la participación y la implicación en el Corpus. El Consejo ha mostrado ya su disposición a poner en marcha esa comisión de trabajo. Y la celebración del domingo puso de manifiesto que la fiesta del Corpus necesita un impulso.

Con diferencia ha podido ser la jornada sabatina más floja de los últimos años. Pasear por la carrera del Corpus una vez finalizaron los traslados de la Patrona y el Beato era de una tristeza mayúscula; sin público, sin altares, sin nada de nada, apenas se percibía que la ciudad viviría al día siguiente la que fue una de sus fiestas más señaladas en el calendario. Las vísperas necesitan ambiente, reclamos, fuerza como la que tenía hasta no hace muchos años, cuando pasar por Nueva o Pelota era todo un reto por la gran cantidad de público que se agolpaban en los altares.

Pasada la celebración del domingo, queda constatado que no se entiende muy bien por qué el pontifical pierde peso en la jornada a consecuencia de la procesión. ¿Qué imposibilita que se celebre la eucaristía, y a su término salga la procesión? Eso ayudaría a una mayor participación, entre ellos de los cofrades actualmente 'relegados' al patio del Seminario o hacinados en el callejón del Padre Ventura este año. También sigue sin comprenderse qué estorbaban en Santa Cruz las parihuelas de los Patronos y la del Dulce Nombre. La Catedral Vieja tenía espacio suficiente para acoger a los asistentes al pontifical y a los pasos participantes en el cortejo.

Como era de esperar, el acontecimiento extraordinario del transitar de la procesión eucarística por el barrio de El Pópulo y el Arco de la Rosa no estuvo acompañado de ningún signo visible. Ni uno solo. Ni un gallardete, ni un repostero, ni romero, ni colgaduras en balcones... absolutamente nada de exorno en El Pópulo. Tampoco es que el resto del recorrido fuera una explosión de símbolos alusivos a la celebración; apenas se aprecian balcones engalanados para este día (el del Seminario, algunos en Candelaria, el de los Molina en Pelota y poco más). Lo más llamativo es que las dos iglesias por las que pasa el Santísimo (Santiago y San Agustín) no luzcan el más mínimo exorno ese día. Cerradas a cal y canto además, como si la procesión molestara o al menos no tuviera nada que ver con ello. Increíble. Mientras, el Ayuntamiento sí exornó su balcón principal y la fachada del edificio Amaya. Ver para creer. De la alfombra infernal (ese negro, esos bordes como en llamas...) mejor ni hablamos, porque para colocar eso en el centro de San Juan de Dios igual era mejor no haber puesto nada.

Otra muestra del desapego generalizado de esta gran celebración tiempo atrás. Sólo cinco hermandades dispusieron altares, al que se sumó un paso con una Inmaculada apostado en Candelaria (acción de Sebastián Pérez) y el que la fundación Virgen de Valvanuz dispuso en su sede de Santiago. Incógnita sobre el altar anunciado y no instalado de Humildad. Buen gusto en el del Beato y La Cena; muy reseñable la presencia siempre en el Corpus de la Santa Caridad con su altar. Pero una gran pena, en términos generales, la ausencia de más altares que ayudan a engrandecer la celebración.

Más que de lo que se vio, hay que hacer mención de lo que no se vio. Llama la atención la ausencia constante, año tras año, de corporaciones y entidades invitadas a la procesión; como es el caso de la hermandad de la Santa Caridad, o del Secretariado de Hermandades (cuyos miembros sí se vieron por la calle). Ausencia llamativa fue también la de la inmensa mayoría de la Corporación Municipal, con la única representación política del Partido Popular (con la mitad de sus concejales, también sea dicho), lo que provocó que hubiera más maceros que concejales; ridículo. Curioso el 'adelanto' de Caballeros Hospitalarios, que antes iban tras la Custodia. Y una pena que se hayan perdido las casullas bordadas que lucían los sacerdotes maniguetas de la Custodia (otro paso atrás).

Se salvó, en parte, el final de la procesión, aunque esa exposición de pasos a los pies de la escalinata de la Catedral, ese cortejo llegando sin saber qué tenía que hacer y desapareciendo por Arquitecto Acero, San Juan o Compañía, y el obispo accediendo a la Catedral con el Santísimo por una puerta lateral no parece lo más adecuado. La procesión debería haber empezado (en su totalidad) y terminado en Santa Cruz.

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