Bienal

Los límites de José Valencia

Directo. Cante: José Valencia. Guitarra: Manuel Parrilla, Juan Requena. Palmas: Bobote, Manuel Valencia, Juan Diego Valencia. Hacedor: Miguel Ángel Vargas. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Martes, 30 de septiembre. Aforo: Lleno.

Valencia se la ha jugado sin red y le ha salido redondo. Él es dionisíaco, barroco, excesivo, porque tiene un dominio técnico brutal. Y ése es el peligro de los dionisíacos, caer embriagados de sí mismos. De ahí la necesidad de una regla, una guía, un corsé. Los que no tienen límites, como es su caso, necesitan uno que los pegue a la tierra. Hoy el límite ha sido muy claro: una puesta en escena sencilla pero a la que se han atenido estrictamente los intérpretes. No hay saludos, no hay jaleos, no hay comentarios entre cante y cante, ni agua.... la ilusión de la cuarta pared ha sido el límite en el que Valencia ha podido dar rienda suelta a toda su creatividad melódica, su facultad de alargar la frase un compás más allá. La gracia de este cantaor es que su dominio rítmico no rompe el fraseo, o viceversa. Este límite ha creado algunos conflictos, obviamente, ya que, en ocasiones, los movimientos escénicos se superponían a la interpretación musical. Y los intérpretes, incluso los más bregados en asuntos teatrales, estaban tiesos. Pero ha merecido la pena. Valencia no se ha salido ni un ápice del guión y por eso ha triunfado. Ha seguido estrictamente las leyes teatrales, a su forma, naturalmente, y por eso ha triunfado. También la responsabilidad extra de grabar el concierto para un disco ha debido contribuir a la rigidez. Pero todo ha merecido la pena.

Valencia es un cantaor que se conoce. Lo que en el pasado era un insufrible clímax, un darlo todo, una pasión sin tregua, hoy es un concierto que cuenta una historia, una voz con valles y clímax. Valles maravillosos como la granaína, la malagueña o la liviana. Y clímax como la canción por bulerías o el romance final. Hubo un conato de de bis, de fin de fiesta. Pero Valencia lo cortó con buen criterio, porque sabía que era la noche de controlarse, de ser apolíneo, de asumir empresas mayores, de mostrar que, además de unas condiciones innatas, de unos conocimientos extraordinarios, tanto técnicos como de repertorio, tiene otra cosa. Inteligencia, saber estar, templanza. El flamenco, como la vida, es un instante. El instante en el que hay que darlo todo, como lo dio en la bulería por soleá, en las alegrías y el instante de controlarse. Si la liviana es un descubrimiento, las cantiñas suenan también recién paridas porque, pese a cantar las formas que hoy llamamos clásicas, aunque sean las más recientes del repertorio, el brillante arreglo rítmico las traslada a otra dimensión.

Igualmente brillantes han sido las guitarras. Parrilla es el sabor y la gracia cómplice y Requena un seguro de vida, un soporte, esa red que no necesita Valencia, que aporta además creatividad armónica. También el compás ha sido exacto. Valencia ha encontrado sus límites, se ha aferrado a ellos con la fe de un converso. Y de un artista grande ha nacido un cantaor descomunal. De sus límites han nacido todas las posibilidades para crear un universo propio, asentado sobre el legado. Así que hágase un favor y, tanto si estuvo como si no, cómprese el disco.

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