Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. LIII)

  • Resumen capítulo anterior: Fray Damián está enfermo y le toca a Diego llevar a un preso fugado hacía el pasadizo de la ermita de Santa Ana. Embelesado por los colores y sonidos de los ejércitos franceses, no se percata de que es observado por los soldados polacos que no entienden que hace en la ermita si no hay misa. La vida de Diego corre peligro.

Que faites-vous ici avec la porte fermée?, fue el grito que pude oír al abrir la puerta y ser empujado hacia el suelo. Nadie me conocía de nada, quizás alguno de aquellos soldados me había visto alguna vez por el lugar, pero ¿qué hacía yo con la puerta cerrada, sin abrir a los golpes insistentes de aquellos hombres, cuando sabían que el fraile estaba enfermo?

Pude levantarme mientras aquellos hombres, con el mosquete en mano, tiraban todo lo que era posible desde los estantes, volcaban los bancos y los cestos, atravesaban con sus bayonetas caladas los jergones y mochilas y gritaban una y otra vez, chien espagnol, faites-vous ici?, ¿Qué haces aquí, perro español? Mis ojos buscaban aquel muchacho irlandés que, instantes antes, sintió sobre sus sienes el sueño de la liberación, pero no lograba encontrarlo y mientras yo no le viera creí que no lo vería nadie.

La búsqueda pareció resultar infructuosa y, por más que intentará explicarles , sin querer hablar en francés, que estaba allí para limpiar la ermita mientras señalaba la escoba que tristemente reposaba sobre una esquina, no parecían querer escucharme. Entendí entonces que mis días estaban contados, que era una de esas mañanas en las que la tibieza de una luz hermosa, una de esas mañanas donde las ráfagas frescas iluminan todo el día, avisan de algo maligno. Mis ropas de preso me delataban, era para ellos un prófugo, un huido del campamento del pinar, y no había forma de arreglarlo.

Entonces la puerta trasera de la sacristía se abrió y logré ver a una mujer fresca y hermosa, Carmela, que con una soltura implacable entró en la ermita.

- Gachón, qu'est-ce qui se passe ici? Jamás pensé que de aquella hermosísima boca saliera aquella frase exigiendo a los soldados saber qué pasaba aquí, mientras con un movimiento indecente y ardoroso se aproximaba hacia el teniente de los gabachos que me tenían tumbado sobre el pavimento. Sus brazos, medio desnudos, se lanzaron al aire en un revuelo implacable de soberbia; haciendo ademán de bailar alrededor del francés movió las enaguas y dejó al descubierto aquellas piernas delgadas y morenas. Una infinita sinfonía de colores desparramaron el vaivén de su cintura. Todos los hombres que allí estábamos no pudimos más que mirarla, mirar su esbelto cuello que en una de aquellas vueltas rozaba su larga y rizada melena sobre el uniforme impecable del francés obnubilado.

Gachón, ceci est mon beau, mon ami, et nettoye l'église pour Fray Damian. Y mientras explicaba que yo era su galán, el amor de su vida, su novio me levantaba del suelo a besos, en tanto que los crédulos franchutes se reían de la chica y el paleto español que, asustado, la tomaba por la cintura hasta la puerta, aunque no estaban dispuestos a permitirlo.

Pedían más y más, querían verla bailar, cantar, estirar hasta el cielo sus frágiles brazos, sus valientes brazos de los que tiraban hacía el centro de la ermita con el propósito de que danzara. Y la ermita se convirtió en un momento en una taberna improvisada, los hombres llamaron a otros hombres que habían quedado en la entrada de la sacristía junto a la mula y al carro. Pidieron vino y jalearon a Carmela con unas palmas torpes y desentonadas ante las que no tembló y a las que supo sacar partido.

Ya eran más de quince soldados en aquel minúsculo recinto, y mi muchacho de pelo rubio y ojos claros no aparecía. Era imposible entender dónde había podido meterse: además de la puerta principal y la de la sacristía, no había más salida. El túnel había permanecido cerrado todo momento y las mochilas y jergones donde podía haberse escondido habían sido movidos e incluso destrozados por los intrusos.

Entró Esteban, nunca le había visto, su corpulencia, sus grandes patillas y una cojera pronunciada, parecida a la mía, me hubieran obligado a recordarle. Parecía haber estado atento a las intenciones de estos hombres, porque llegó con su guitarra salido de la nada . Todo parecía resuelto. Carmela bailaba mientras Esteban tocaba por alegrías.

Ya no importó qué estuviera haciendo yo allí, que agarrado a la escoba intentaba componer tanto desorden. La música amansó a las fieras águilas y los labios rojos y brillantes en la tez oscura de Carmela despertaron los deseos más sucios de estos hombres sin piedad. Bailaba y entregaba con cada vuelta que daba sobre sus pequeños pies descalzos toda la valentía que había demostrado al entrar en aquel lugar de muerte. Sin ella, sin el valor que mostró entrando sin dilación ante el problema, no habría salvado la vida y hasta el momento también lo había hecho con la del soldado irlandés.

¡Era tan de mañana, tan pronto para esta juerga frenética, para este beber por beber hasta emborracharse!¿ Dónde están los superiores, dónde los que puedan poner orden ante tanta infamia ? Solo Carmela y ellos, en un rito extraño y espeluznante que repugnaba, ella bailaba en un intento de calmar su ira, de alejarlos de allí cuanto antes, y ellos, babosos animales que tocaban el cuerpo menudo de una mujer muy grande, se entregaban a los pensamientos lujuriosos sin entender el enorme valor de los airosos pasos de Carmela, sin apreciar el espectáculo de color de su falda azafrán moviéndose al aire.

Mientras que el son del cante y la guitarra tranquilizaba el ambiente Carmela logró salir al exterior de la ermita, donde se amontonaban junto al carro otros soldados, que atraídos por la juerga acompañaban con palmas el contoneo y el airado movimiento de las piernas de Carmela, de sus brazos, de sus caderas, mientras que sus ojos radiantes de oscuridad no dejaban de mirarme a mí, a este preso cojo que, apoyado en el dintel de la puerta, intentaba recomponerse.

Cerré la puerta trasera mientras que la algarabía aún descomponía la rutina del aire, y allí estaba el muchacho, saliendo de debajo de las maderas que maltrechas rodean el pequeño altar. Decidí no esperar un momento más, abrir la puerta del túnel y lanzarle hacia la libertad, indicándole que esperará dentro hasta que alguien fuese a buscarlo.

Fue todo muy rápido, lo justo para salir airoso de la ermita. Ya no estaba Carmela, dos oficiales intentaban poner orden ante tanto estrépito. La busqué entre la gente, pero comprendí que su misión había terminado y ya estaría en aquel pasadizo donde alguien la esperaba impaciente.

Diego de Uztariz.

Continuará

03153017

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